Una gran cantidad de jóvenes ingresa cada año a la universidad y las dos terceras partes de estos ingresantes deserta más o menos pronto, o permanece en una situación intermedia de lentificación del cursado de las carreras hasta duplicar el tiempo estimado o, peor aún, permaneciendo como estudiantes crónicos que alguna vez intentarán concluir sus estudios universitarios.
Datos estadísticos expresan que sólo 19% de los estudiantes universitarios llega a graduarse en la República Argentina. En la UNCuyo, de acuerdo a datos relevados en los medios, el porcentaje de deserción es aún mayor.
Tan altas cifras de deserción universitaria constituyen en sí mismas una penosa suma de tiempo, esfuerzos y dinero perdidos o limitadamente aprovechados, tanto desde la perspectiva institucional de nuestras universidades, cuanto del punto de vista humano del estudiante, que abandona lo que inició con esperanzas, y del grupo familiar que lo acompaña. Hay aquí el riesgo de muchas frustraciones potenciales que incidirán en el futuro.
Muchas veces, frente a las dificultades que presentan los estudiantes, nos interrogamos sobre el porqué de sus éxitos y fracasos. De hecho, para responder a este tipo de problemática se requiere de un análisis multifactorial de suma complejidad.
Entre los muchos factores o causas intervinientes, podemos referir los "trastornos de ansiedad" y en particular las "fobias a los exámenes".
Estudios epidemiológicos indican que entre 10% y 15% de la población padece trastornos de ansiedad. Las fobias son en la actualidad muy frecuentes, y a pesar de no ser una patología psiquiátrica grave, dificultan la vida a muchísimas personas que viven en una especie de jaula sin ver una posible vía de salida.
El sufrimiento psicológico, el inducido en el medio familiar y el costo social de esta patología son muy elevados y aumentan continuamente.
Respecto de las llamadas "fobias a los exámenes", a título ilustrativo podemos citar el caso de dos estudiantes. Ambos esperan el turno para ser entrevistados por el profesor. El primero se encuentra bastante tranquilo, si bien está muy atento a las preguntas y totalmente concentrado preparando sus respuestas, es decir, hace "calentamiento". En cambio, el segundo estudiante está aterrorizado y pálido, suda muchísimo, tiembla y balbucea de modo llamativo, no consigue estar quieto y va continuamente al baño. Ciertamente no se encuentra en las mejores condiciones para enfrentar el examen. A veces, llegado a cierto punto, no soporta más la tensión, huye y renuncia a realizarlo.
¿Dónde está la diferencia entre los dos? De hecho no en la menor preparación del segundo; incluso podemos pensar, a juzgar por la importancia que atribuye al examen, que estaba mejor preparado que el primero.
La verdadera diferencia entre los dos estudiantes está en los pensamientos que tienen mientras esperan ser examinados y en las valoraciones que más o menos conscientemente hacen. El primero probablemente dice para sí: "Esperemos que el examen vaya bien, de lo contrario habré desperdiciado dos meses de estudio y será un verdadero rollo, porque este verano tendré que sacrificar mis vacaciones para recuperar la asignatura".
Este estudiante, en el peor de los casos, se imagina que tendrá que afrontar un "rollo", y está sólo ligeramente preocupado por evitarlo. En cambio, el segundo está pensando: "Debo aprobar absolutamente, de lo contrario esto querrá decir que no soy bueno para nada y será inútil que continúe los estudios. Mis padres, que han hecho tantos esfuerzos por mí, sufrirán terriblemente por mi culpa y mi novia me dejará. Todo lo que he construido hasta ahora se irá a pique y mi vida será una desgracia".
Es evidente que el joven vive este examen como una prueba decisiva e inapelable de su valor y de su propia vida, y, por lo tanto, es comprensible que esté aterrorizado como si se encontrara frente a una ruleta rusa. En el caso de resultar desaprobado, su sentimiento de confianza y seguridad suele quedar seriamente comprometido para continuar con sus estudios. Cuando renuncia a ser examinado, frecuentemente omite o miente a sus allegados íntimos, dado que se encuentra desbordado por un profundo sentimiento de vergüenza y su autoestima colapsada. Esto puede generar mayores inhibiciones y producir un círculo vicioso de retroalimentación negativa.
Cuando el miedo es muy intenso, las sensaciones subjetivas que se experimentan son violentas y múltiples, de modo que afectan a casi todo el organismo. Entre las manifestaciones somáticas podemos citar: opresión en el pecho, dificultades para respirar, o sensación de ahogo, sensación de mareo, inestabilidad o desmayo, palpitaciones o ritmo cardíaco acelerado, sensación de vértigo, náuseas, calambres o dolor abdominal, cefaleas, sensación de hormigueo, entumecimiento o adormecimiento de alguna parte del cuerpo (parestesias), sudoración, hiperventilación, inspiraciones forzadas, aumento de la presión arterial sistólica, temblores, frecuencia exagerada de la micción, diarrea, aumento de la caída del cabello, etc.
Resulta paradójico el hecho de que frecuentemente los estudiantes que consultan por este tipo de problemática suelen obtener al examen psicotécnico de cociente intelectual un nivel superior al promedio. Son jóvenes con excelente performance, pero sus temores, miedos o fobias, hacen que se produzcan lagunas que inhiben su desempeño.
Muchas veces, las consultas son por crisis vocacionales o estados depresivos que se manifiestan con desgano o falta de motivación. Frecuentemente estos motivos ocultan o son secundarios a problemáticas de carácter fóbico.
Muchos docentes se sorprenderían si realizaran una evaluación informal con estos estudiantes, por el nivel de conocimiento, análisis y elaboración de su asignatura. Frecuentemente se paralizan frente al olvido de un término o una definición, luego viene al autorreproche: "pero si yo lo sabía, como puedo ser tan...".
Cuando un alumno resulta desaprobado en una segunda o tercera instancia, debiera ser razón suficiente para considerar su situación y prestarle apoyo y orientación, e incluso atención profesional especializada con el objeto de alcanzar una resolución definitiva a su problemática.
Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.