"Aquí pensaban seguir
jugando a la democracia
y el pueblo que en su desgracia
se acabara de morir."
Carlos Puebla, Y en eso llegó Fidel
"Aquí pensaban seguir
jugando a la democracia
y el pueblo que en su desgracia
se acabara de morir."
Carlos Puebla, Y en eso llegó Fidel
Con la muerte de Fidel el mundo pareció dividirse en dos: quienes lloraron al héroe, al gran libertador de los pueblos, y quienes se alegraron por la desaparición del monstruo, del tirano sediento de poder y sangre.
Al principio me costó creer que aún pudiera despertar tales pasiones, alineadas en formas simétricas y opuestas de infantilismo histórico e ideológico. ¿Es que el medio siglo del régimen, el progresivo retiro de Castro del escenario principal no movían a un balance más medido, una perspectiva menos visceral?
Evidentemente no. En política mundial vamos de sorpresa en sorpresa.
Con Fidel se cierra la generación de grandes líderes nacidos entre el último cuarto del s. XIX y el primero del s. XX, que debieron actuar en un contexto de violencia y conflicto. Configuraron el mundo tal como lo conocemos hoy. Los hubo revolucionarios, pero también reformistas y hasta conservadores: Lenin, Stalin, Mao, Ho Chi Minh, Kim Il Sung, Mussolini, Hitler, Franco, Gandhi, Churchill, Roosevelt, Ben Gurion, Golda Meir, De Gaulle, Eisenhower, Kennedy, Khomeini, Mandela. La lista no es exhaustiva.
Fidel fue un deslumbrante talento político, con una enorme inteligencia y una voluntad de hierro. Hizo frente a dificultades inimaginables; debió sobreponerse a más de una debacle del mundo que permitía la continuidad del régimen. Prevaleció sobre sus enemigos: su capacidad de confrontación y de negociación, de manejo de los tiempos, las crisis y las oportunidades, han contribuido decisivamente a consolidar la Cuba de hoy.
Vistos en conjunto, es decir, superando tal o cual aspecto puntual, los logros de la Revolución son bastante modestos, por no decir discutibles. No se distinguen en lo esencial de otros países de América Latina.
Cuba, no obstante, se destaca claramente en una sola cosa. Sin ignorar las miserias del régimen y de los propios cubanos, ni los aparatos ideológicos y represivos del Estado, ha probado que en política es posible aspirar y sostener principios diferentes al bienestar material individual.
Persiste en Cuba un modo de comprender y practicar el interés público casi olvidado, diferente al cuasi universal modelo democrático-liberal-capitalista: el de la lógica colectiva, ésa de los pueblos antiguos. Eso es lo que ha hecho de Cuba un pueblo de soldados. El cubano está orgulloso de pertenecer a un pueblo que ha confrontado a la mayor potencia mundial, independientemente de que tenga que rebuscárselas duramente para sobrevivir. No sabemos si esto es un sello indeleble o desaparecerá con el régimen.
Pero el apasionamiento de las facciones puede explicarse. La figura de Fidel tiene un potencial catalizador que trasciende su muerte. El fervor militante de uno y otro bandos adquiere, por la coyuntura político-ideológica internacional en la que se produjo su muerte, una significación especial.
Mientras que su deceso pareció ser auspicioso para una democracia liberal cada vez más asediada por la amenaza populista, incluso en el Primer Mundo, los simpatizantes de Fidel lo vivieron como reivindicación en tiempos en que la izquierda parece estar en retirada en América Latina.
Ese cúmulo de reacciones pasionales tiene un interés diverso de un lado y del otro. Si el anticastrismo responde básicamente a una configuración ideológica en la que se combina tanto la aversión al comunismo como la incapacidad para concebir una forma económico-política diversa al combinado democracia liberal-capitalismo, entre los simpatizantes de Fidel se encuentra un panorama bastante más complejo.
La Revolución Cubana pertenece a una fase de praxis revolucionaria que se cerró hace varias décadas. El esquema clásico del marxismo leninismo violento e insurreccional se abre con la Revolución Rusa y se cierra con procesos tardíos del khmer rojo y el sandinismo.
Desde la década de 1960 se produjo una reelaboración crítica del marxismo, en la que la vieja preceptiva revolucionaria armada y conspirativa sucumbió como praxis principal, así como también el esquema de interpretación clasista, centrado en el concepto de contradicción principal.
Las corrientes principales de la izquierda que existen en la actualidad son casi en su totalidad herederas de esta mutación: posmarxistas-leninistas, ideológicamente sincréticas y básicamente integradas en el sistema democrático liberal.
¿Qué actitud debería asumir la izquierda democrática en sus diversas formas frente a la Revolución Cubana?
En su libro Silencio Cuba, Claudia Hilb explica por qué la izquierda democrática debería afinar su análisis crítico sobre el castrismo y abstenerse de simpatizar con él. Lo que lamentablemente no explica es por qué razón esa izquierda en su mayoría persiste en hacer justo lo contrario. Hace falta un abordaje psicoanalítico.
Cuando estalló la Revolución bolchevique, el socialismo internacional vio con esperanza y asombro el alumbrar de la aurora definitiva de los pueblos. Pero el vasto espectáculo de guerra, violencia, miseria y devastación que supuso, sumado al Estado totalitario que le sucedió, dio lugar a una reflexión más distanciada.
Desde entonces, los marxistas del mundo occidental intentaron definir una perspectiva y una praxis adaptadas a sus propias circunstancias: democracia liberal y capitalismo más o menos avanzado. Explicaron que la guerra revolucionaria era apropiada para contextos social y económicamente atrasados, “feudales”, como la Rusia zarista, pero resultaba inconcebible en Europa Occidental.
Desde Lukács y los críticos alemanes hasta los teóricos italianos, Althusser y los demás franceses, el pensamiento marxista buscó una forma alternativa de revolución que evitara la guerra y el régimen policial represivo similar al de la URSS.
El resultado fue que la “vía occidental de la revolución” nunca tuvo lugar. Los marxistas occidentales admiraban a la Unión Soviética, defendían y promovían sus conquistas, pero ninguno de ellos concebía algo similar para sus países ni estaba dispuesto a poner los medios para llevarlo a cabo.
En América Latina el lugar de la URSS fue ocupado por Cuba. Hace muchos años, en una visita a la isla, me sorprendió la cantidad de turistas argentinos y de otros países vecinos que se emocionaban hasta las lágrimas cuando escuchaban “Hasta siempre comandante”, mientras levantaban el puño al modo de los viejos comunistas.
Yo me preguntaba qué diferencia existía entre estos turistas y los que visitaban Disneyworld, a pocos kilómetros de distancia. La diferencia era que unos eran más lúcidos y sinceros que otros: si los de Disney sabían que era imposible vivir en un mundo así, los heroicos turistas revolucionarios pensaban que Cuba era un mundo ideal pero no tenían ninguna intención de vivir en él ni luchar por él.
El vicio dominante de la izquierda occidental siempre ha sido la hipocresía.
En un documental de 1997, Envar el Kadri, fundador de las Fuerzas Armadas Peronistas, explicaba que las condiciones sociales que justificaron la insurrección armada en los sesenta y setenta no habían hecho más que agravarse.
Mientras tanto, la izquierda latinoamericana sueña con Cuba y juega a la democracia. Tan cerca y, a la vez, tan lejos.