2 de noviembre de 2013 - 22:11

Ficción y realidad en la historia

Con algunas referencias sobre lo verdadero, lo falso y lo ficticio.

La gran cantidad de personas que prefieren los relatos imaginarios a los verdaderos es un ingrediente difícil de eliminar de la historia humana, que esconde cierto temor a lo que llamamos “la áspera verdad”.

Huir de la realidad tiene en la ficción un campo tranquilo. Cuando buscamos la ficción decimos, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Valoramos mucho el mundo ficcional, pero no nos alienta a realizar el esfuerzo de descifrar complejidades propias del mundo real.

Sin embargo la realidad es irreductible a los sueños y a los deseos, porque tiene sus propias limitaciones difíciles de evitar, la realidad requiere largo tiempo para modificarse y suele ser más cruel que las novelas y más difícil de soportar.

Esa realidad en el pasado es el campo de estudio de la historiografía; claro que hay que saber que dentro de esa disciplina hay que dar muchas batallas, porque como dice el historiador brasileño Eduardo de Menezes, “dudo en afirmar que el pensamiento mítico haya sido abolido, y más que en cualquier otra parte, ese pensamiento sobrevive en la historiografía”.

La etapa comprendida entre las guerras mundiales (1914-1918; 1939-1945) y la década del ’90 (1989/1991) es fundamental porque los hechos históricos de la Segunda Guerra y sus secuelas provocaron un gran desencanto en quienes creyeron que se cumplirían las predicciones que habían anunciado los paradigmas tradicionales, tanto el de la Ilustración con sus palabras claves de razón y progreso, o el Marxista, que anunciaba el triunfo del socialismo con el mismo fin: habían pronosticado un desarrollo histórico que llevaría al bienestar de la humanidad.

Si los paradigmas anteriores no habían resistido el “efecto realidad” de los acontecimientos históricos, había que negarlos de manera absoluta. Contra el endiosamiento de la razón, la entronización de la creencia y del mito. Aquellos absolutos son reemplazados por otros que también tomaron un valor absoluto, como la interpretación, la percepción, la representación, la ficción.

El desencanto de la realidad provocaba la necesidad de evadirla o negarla o por lo menos destruir el concepto de realidad histórica, suplantada por “la representación”, porque se entenderá que la realidad es como cada uno la ve, ésta no existe de manera objetiva, lo que provocó que se cuestionara la posibilidad de conocer el mundo real.

Pero también se produce la reacción de muchos investigadores de la historia que pondrán el máximo detente a estos avances porque afectaba el objeto disciplinar de la historia -el conocimiento del mundo real-, sometiendo la disciplina a la confusión de dar igual tratamiento al mito y las creencias, como a los hechos comprobables del pasado. La creencia y el relativismo se presentaban como verdaderos poderes.

Fueron muchos e importantes historiadores los que combatieron estas tendencias posmodernas, entre ellos Eric Hobsbawm, quien escribió que “sin la distinción entre lo que es y lo que no es, no puede haber historia”. Hay que enseñar la historia como un sistema de investigación. Cuando se trata de explicar problemáticas históricas, hay que tomar en cuenta todos los factores recurrentes en la temática seleccionada para su estudio.

Lo histórico es también un ingrediente de la realidad social, pero no se identifica con cada uno de ellos, sean las instituciones, los comportamientos o las construcciones mentales. Lo histórico se refiere a la relación que todos esos ingredientes de lo social tienen con el proceso que llamamos tiempo. A esto llamamos explicar lo histórico, que necesita para lograr su cometido de un pensamiento científico del historiador que demuestre que la diferencia entre la verdad y la falsedad no es una cuestión ideológica ni tampoco cultural.

La diferencia entre el relato histórico y el ficcional es el contenido de verdad. Pero de la selva de las relaciones entre ficción y verdad hemos visto despuntar un tercer término para el trabajo actual y futuro de los historiadores: lo ficticio.

Historiadores ubicados en concepciones distintas de la historia, coinciden en definir lo ficticio como aquello que la gente cree que ocurrió y lo hace pasar por verdadero.

Carlo Ginzburg expresa con mucha sabiduría que la ficción es materia de reflexión histórica, pero establece claramente: “Nadie pensará que sea inútil estudiar leyendas falsas, acontecimientos falsos, documentos falsos. Pero una toma de posición preliminar sobre su falsedad o autenticidad es cada vez más indispensable”.

Y esta es la tarea del historiador. Es lo que también Eric Hobsbawm delimita al explicar que “cuando reunimos e interpretamos nuestra muestra elegida de datos verificables, ésta puede incluir no solo lo que pasó, sino lo que la gente pensó de ello, pero eso es otra cosa y hay que diferenciarlo”.

En conclusión nos queda que los historiadores hacen, por oficio y como mandato de su profesión, la tarea de diferenciar lo ficticio de lo verdadero. Esta tarea es algo propio de la vida de todos: desenredar el entramado de lo falso, lo verdadero y lo ficticio, porque ese es el modo humano o “nuestra manera de estar en el mundo”.

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