El pasado 17 de julio se cumplieron 176 años del nacimiento de Julio Argentino Roca. Entonces, su irreverente y constructivo paso por la historia nacional eran insospechados. ¿Cómo imaginar que entre aquel rollo de pañales, mantillas y faldones se escondía un presidente? Imposible.
El hogar tucumano dónde creció estaba encabezado por Segundo Roca y Agustina Paz, hermana del vicepresidente Marcos Paz. Fue el quinto de sus ocho hijos. Tras la caída de Rosas, Segundo -militar reconocido- decidió apoyar a Urquiza y se trasladó a Entre Ríos junto a Julio. Allí, nuestro futuro primer mandatario estudió en el Colegio Nacional de Concepción y hacia 1858 ingresó a las milicias.
Desde entonces no hizo más que combatir. Participó en las luchas entre la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires (1859 -1861). Poco después en la Guerra de la Triple Alianza, dónde falleció su padre. Al servicio del presidente Domingo Faustino Sarmiento acabó con muchos levantamientos en el interior, incluyendo a Felipe Varela. Sus victorias se acumularon rápidamente. Esto le permitió acceder al cargo de Ministro de Guerra de Nicolás Avellaneda, desde donde llevó a cabo la famosa Conquista del Desierto.
Con esta acción prácticamente duplicó el territorio nacional y otorgó seguridad a los pueblos de frontera. Su popularidad aumentó notablemente y acceder a la máxima magistratura fue más sencillo. “El nuevo presidente -escribió Horace Humboldt, refiriéndose a Roca- es un hombre de apariencia juvenil, de talla mediana y contextura fina y descarnada, prematuramente calvo, con ralos y rubios cabellos en las sienes, y barba y bigotes débiles. A primera vista, su rostro expresa más refinamiento que energía; muestra sin embargo, el inequívoco sello de resolución, y tiene en los ojos, de frío azul grisáceo, un brillo como de acero. Lo que acaso nos impresiona más en él es su aire de gran lasitud y su palidez mortal”.
Al asumir, el 12 de octubre de 1880, Julio Argentino señaló: “Nada grande, nada estable y duradero se conquista en el mundo cuando se trata de la libertad de los hombres y del engrandecimiento de los pueblos, si no es a costa de supremos esfuerzos y dolorosos sacrificios (… ) Vivimos muy a prisa, y en nuestra febril impaciencia por alcanzar en un día el nivel a que han llegado otros pueblos, mediante siglos de trabajos y sangrientos ensayos, nos sorprenden desprevenidos la mayor parte de los problemas de nuestra organización política y social”.
Sus palabras no deben sorprendernos. Aquél tucumano perteneció a una estirpe política sembrada de estadistas, conscientes de que nada se consigue desde la mediocridad y de que no alcanzarían a ver todo por lo que trabajaban, pero que igual lo realizarían.
Con la llegada de los populismos este concepto cambió drásticamente y los argentinos comenzamos a creen en soluciones mágicas para problemas estructurales. Consiguiendo todo lo contrario. Tal es así que aun “cargamos cruces” propias del siglo XX, con dificultades que ya fueron solucionadas en países vecinos.
Recordar y comprender a hombres como Roca, nos lleva a entender que en nuestro ADN nacional también hay un modo distinto de enfrentar al mundo. Otra manera de ser argentino.