Es una foto extraña. La bebé que aparece tendrá dos años, va rapada, viste un vestido simplón, tiene algo parecido a una pelota en una mano y no mira a quien la retrata. Mira a otro lado y la imagen parece haberse detenido en el segundo exacto antes de que ella se largara a llorar.
Una tristeza en blanco y negro impregna todo, y a través del papel y de los años (la foto fue tomada a fines del siglo XIX) se puede ver que ésa no ha sido una niña feliz. Quizá no haya en su mundo algo a lo que valga la pena sonreírle.
Es otra foto extraña. Muestra a una chica -¿doce? ¿trece años?- peinada con raya al medio, desnuda y dándole la espalda a una pared blanca. Tampoco ella sonríe; apenas se para y mira sin mirar. Entre una y otra foto mediaron doce años. La irrealidad en germinación en la bebé de la primera imagen ya es algo tangible en la foto de la chica sin ropa. Está más allá de todo, incluida su propia desnudez.
Entre una y otra foto media una historia silenciada por casi un siglo: la de una familia de la tribu aché (su nombre significa, irónicamente, "los que hablan"), masacrada a finales del siglo XIX en Paraguay. Al final de la carnicería, ocurrida en el Día de San Damián, los asesinos decidieron llevarse a la bebé. Y llamarla, por obra y gracia del santoral y del mal gusto, Damiana.
Terminó en manos de la familia Korn y, con el tiempo, se volvió mucama. Con el tiempo, también, algo pasó con ella. Damiana, al compás de las hormonas, se volvió un escándalo de entrecasa. Se enamoró y recibía a su enamorado en su habitación. No hubo reto ni cuarto que la aprisionara del todo, ni impulso al que no sucumbiera.
Terminó recluida en el Instituto Melchor Romero -fundando por el psiquiatra Alejandro Korn-, donde un antropólogo alemán, Adolf Lehmann-Nistchele, tomó la segunda foto y anotó lo siguiente: "La libido sexual se manifestó de una manera tan alarmante que toda educación y todo amonestamiento por parte de la familia resultó ineficaz. Ausentábase la india de la casa a veces hasta tres días, en compañía de un galán". En su breve vida -murió de tisis-, Damiana parece haber sido cualquier cosa, menos lo que debía. Menos donde debía.
Por estos días de chicos en vacaciones y apoderándose de la ciudad a los empujones, a los gritos y a las carcajadas, y aunque en un siglo se hayan instalado los derechos de los niños al menos como parámetro, el fantasma de Damiana -su tragedia en dos fotos, su incurable condición de niña cosa- regresa en silencio. Conviven en las calles, en el subte, niños y Damianas. Chicos paseados con chicos silvestres. El ejército de nenes y nenas a la deriva.
Son casi las nueve de la noche del martes, y el vagón del subte rebalsa de chicos. Los niños van sentados; las Damianas, de a pie. Son tres (cinco, siete, nueve años), cada una con su cajita de cartón llena de cosas que podrían ser grillos o caramelos. La más chica reparte sus estampitas con seriedad de croupier. Se rasca, se saca un moco. No está del todo aquí. La del medio tiene los ojos como estrellas. La más grande -"grande", otra mentira- tiene ya ese gesto desconfiado que trae el tiempo pasado arriba de los trenes.
En las tres, sin embargo, sopla la misma lejanía que irradian las fotos de la chica aché. También ellas están en el sitio incorrecto, a la hora equivocada. Sólo los modos de herir han cambiado. El resto (las víctimas, las condenas, los destinos) permanece intacto. Quieto, como Damiana detrás de los cristales.