El fútbol ha superado los límites como encuadramiento de un deporte propiamente dicho, hasta transformarse progresivamente en un fenómeno sociocultural que se ha expandido en toda la extensión de los cinco continentes.
El fútbol ha superado los límites como encuadramiento de un deporte propiamente dicho, hasta transformarse progresivamente en un fenómeno sociocultural que se ha expandido en toda la extensión de los cinco continentes.
Lejos de resultar meramente un hecho estadístico, lo cierto es que la propagación de esta actividad también trajo consigo un resultado indeseado: la proliferación de grupos organizados a partir de vínculos ligados a la xenofobia, el chauvinismo y la segregación racial.
El flagelo del racismo -explícito y/o simbólico- ha encontrado un caldo de cultivo en este tipo de manifestaciones para expandirse y reinventarse, sin solución a la vista en este tiempo que nos toca.
Lo llamativo es que el origen y consolidación de estos agrupamientos de choque surgen desde las entrañas europeas hasta como si fuera una afrenta a los esfuerzos para erradicarlos que han realizado generaciones surgidas en la misma región.
Ya a principios de la década del ´60, en plena consolidación del proceso de posguerra y en los inicios de la Guerra Fría, buena parte de los clubes futbolísticos más tradicionales se vieron penetrados por estas agrupaciones que reivindicaban el ideario del fascismo y del nazismo. Cánticos, banderas y métodos asociados con la violencia fueron su respectiva carta de presentación.
Las reacciones tardaron en llegar y, cuando se quisieron aplicar métodos de control, ya era tarde.
Más cerca en el tiempo, a partir de los '90, las expresiones del neofascismo y neonazismo se convirtieron en habituales y persisten en nuestros días.
Las transmisiones televisivas que surgen desde la Premier League inglesa, la Bundesliga alemana, Le Championnat francés, el Calcio italiano y la Liga Española -por citar las más conocidas del mundo- evitan hacer foco en la escena a la búsqueda de un producto políticamente correcto.
La mirada etnocentrista suele tomar la variable del pensamiento único para el análisis de otras culturas y lo convierte en la medida para valorar a las demás.
Así, los fanáticos del fútbol organizados en patotas radicalizan su visión desde la cohesión con sus pares y a estos -de tal manera- los hacen sentir con un aire de superioridad respecto del otro.
La falta de comprensión respecto de quien no es miembro de este colectivo de ideas, normas, hábitos y costumbres es una de sus marcas registradas.
De ahí a la imposición hay un solo paso. Y al paternalismo, también. Todo bajo la máscara de querer preservar la identidad, entendiendo a ésta sólo la que les da control sobre el colectivo social.
Con esta amalgama de matices, el afán de la preservación del rasgo intacto cultural se transforma en un eufemismo.
La fanatización del neonazifascista que asola los estadios -predominantemente ocupando el centro de la tribuna- instiga in situ y de manera permanente a otros habitantes del mismo espacio físico aplicando el consignismo para provocar el odio al foráneo y el rechazo a grupos étnicos predeterminados.
El modus operandi aplicado es el de agitar el patrioterismo o la identificación regional y barrial en modo chauvinista, cuando no la hostilidad hacia el extranjero y máxime si éste pertenece a zonas en donde el nivel de vulnerabilidad es notorio.
Frecuentemente se cae en el error de creer en la antinomia hooligan inglés - barrabrava argentino como si ésta hubiese adquirido un relieve paradigmático a la hora de resolver un flagelo a escala planetaria.
Quienes así lo sostienen, suponen que una política de Estado bastaría para inocular rápidamente el problema, tal como sucedió con los británicos para dispersar el hooliganismo hasta desarticularlo.
Sin embargo, no hay equivalencia alguna con el problema medular del racismo y sencillamente porque no son equivalentes: el hooligan nació con la pauperización de los sectores medios tras la fase del thatcherismo y se trataba de jóvenes que se aglutinaban en pubs con el fin de invitarse a pelear con otros, sin armas de por medio. El prototipo de este tipo de hincha era el de auto reivindicarse como un antisistema.
El barrabrava de nuestras tierras, en cambio, se sirve del sistema a partir de los negocios colaterales que afloran desde el fútbol: estacionamiento, merchandising, puestos de comida, zonas liberadas, etc.
El fanático neonazifascista va más allá. Se cree superior y no igual ante otro ser humano y ése es su documento de identidad.