Recordar los tiempos cuando cursar la escuela primaria pública allá por los ’40 significaba una alegría porque inició a la niñez ingenua, humilde y cariñosa, en una etapa argentina patriótica conducida por una generación de hombres y mujeres trabajadores, responsables, honestos, comprometidos con su palabra en la actividad política partidaria, en los negocios, con la comunidad y, fundamentalmente, en el seno familiar, que infundía confianza y el mejor ejemplo a los niños y a la ciudadanía en general.
En cuanto a los maestros varones, vestían de saco y corbata y trataban a los niños con igual respeto y paciencia. Maestros y maestras de aquellos tiempos, mis tiempos, no faltaban más que por razones de salud o un serio imprevisto.
La mayoría recorría largas distancias y el servicio de ómnibus de pasajeros recorría las calles principales entrando a muy pocos barrios. En los caminos “hacían dedo” a los vehículos que ocasionalmente transitaban y la mayoría los trasladaban generosamente porque, afortunadamente, la inseguridad no era un problema en aquellos tiempos.
Su preocupación primaria era mantener la atención del alumno en la explicación de cada materia, responder preguntas y aclarar cualquier duda, todo en un ambiente de respetuosa disciplina instructiva.
Las tareas de corrección de deberes y exámenes, plan de trabajo para el día siguiente, etc. lo hacían en su domicilio, del que también disponían generosamente para ayudar a niños que tenían dificultades en el aprendizaje o debían levantar un aplazo; lo hacían sin cargo, en su domicilio y en sus horas de descanso.
Es digno destacar que eran maestros “sarmientinos” que por vocación se dedicaban únicamente a atender a los alumnos de su grado y a participar de las tareas especiales que le asignaba la Dirección de la Escuela en planes de estudios, problemas e inquietudes generales y muy especialmente la puntual asistencia y disciplina del alumnado en general.
Todo esto era posible porque los maestros no actuaban en política de comité, no estaban sindicalizados, no había huelgas ni asambleas en horas de clase, los gobiernos no les obligaban a participar de actos políticos ni les controlaban el voto en cada elección.
Jamás a un funcionario se le hubiera ocurrido comprometer a un maestro porque sabían del respeto y simpatía de que gozaban por parte de las familias y vecinos de los barrios. Cuando circulaban por las calles o pasaban frente a niños jugando, éstos paraban el juego y saludaban a “la señorita” cariñosa y respetuosamente.
Esos mismos maestros participaban activamente en el funcionamiento de la Comisión Cooperadora de la escuela, que era integrada por padres y vecinos del establecimiento escolar y se ocupaban activamente de las necesidades más urgentes. Para recaudar fondos, la señorita de cada grado se ocupaba de colocar rifas y conseguir contribuciones.
Cuando un compañerito de grado tenía una enfermedad que le impedía caminar o había sufrido un accidente que le obligara el uso de una silla de ruedas, los alumnos que pasaban por su domicilio se encargaban de llevarlo a la escuela y reintegrarlo a su domicilio al finalizar la jornada. Lo hacían felices, y muchas veces se disputaban la tarea de empujar la silla mientras el enfermo compartía la alegría durante todo el trayecto.
Para fomentar el hábito del ahorro, los maestros diariamente ofrecían la compra de estampillas de la Caja Nacional de Ahorro Postal, que dependía del Correo Oficial Argentino.
Para tal fin, cada alumno contaba con una libreta de ahorro a su nombre, donde adhería las estampillas de diferentes valores que adquiría, que podían ser de cinco centavos a un peso, lo que acostumbraba llevar diariamente el niño; periódicamente se premiaba a los que ahorraban con más regularidad. Además hacía reuniones para fomentar el ahorro.
Dentro del programa de estudio, además de las materias básicas, se impartían algunas especiales que estaban relacionadas con el trato familiar, el trabajo manual y la doctrina para formarlos en la fe religiosa.
Cuando había niños faltadores que no cumplían con sus deberes, distraídos y de mala conducta, los maestros mandaban una notita que el alumno llevaba a casa, en la que invitaban a los padres a concurrir a la escuela.
Éstos -o hermanos mayores- concurrían puntualmente, escuchaban silenciosamente sobre el comportamiento del alumno, pedían disculpas, se comprometían a corregir y a ayudar al niño para que no se repitiera la falta, pero jamás levantaban la voz o faltaban al respeto al maestro, al contrario, la mayoría de ellos salía avergonzado por lo ocurrido y se ocupaban de reprender al hijo, quien difícilmente reincidía.
Los maestros estudiosos tenían presente la obra de Domingo Faustino Sarmiento en favor de la enseñanza pública desde la traída de un grupo de prestigiosos maestros del extranjero para que atendieran las numerosas escuelas, que se construyeron a lo largo y ancho del país, hasta la creación de la primera Escuela Normal Nacional de la Argentina.
Destacaban siempre entre diversas obras inspiradas por el gran maestro Sarmiento en su período presidencial, como la creación del Banco de la Nación Argentina, el comercio exterior, el funcionamiento del Ferrocarril Argentino, la creación del Correo Oficial Argentino, El Telégrafo y la organización del servicio de salud pública, con preferente atención a la enseñanza pública.
Se difundía que mientras estuvo refugiado en Chile, promovió en el país hermano la educación pública, la construcción de escuelas y asesoró en la solución de problemas de servicios elementales.
La Conferencia Interamericana de educación, celebrada en 1947 en Panamá, recomendó fijar el 11 de setiembre, fecha del fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento, como el Día del Maestro. Ojalá hoy tuviéramos en la Argentina miles de maestros como el gran Sarmiento.
Las clases se cumplían puntualmente de lunes a sábado, los únicos feriados eran los días patrios, que se festejaban con respeto y alegría, en los que los alumnos de los últimos tres años encabezaban los desfiles cívicomilitares. Se respetaba el día puntual de cada fecha patria y los actos se realizaban en la escuela frente a la Bandera y demás símbolos.
Años gloriosos para la Argentina porque la calidad educativa de nuestro país estaba considerada entre las primeras en todo el mundo. Nivel que permitió que miles de argentinos fueran grandes profesionales y hombres probos; y, como ejemplo, el actual papa Francisco, quien egresó con el certificado de sexto grado como Jorge Mario Bergoglio, alumno de la escuela pública Pedro Antonio Cerviño, del barrio de Flores, Capital Federal, que le dio sólidas bases para sus estudios secundarios, universitarios y doctorados.
La responsabilidad de los padres para que los niños concurrieran diariamente a la escuela permitía que en cada grado la señorita organizara concursos de asistencia todos los meses para premiar a los niños con “asistencia perfecta”, apareciendo mensualmente en un cuadro de honor; al finalizar el año escolar, los dos primeros recibían un premio.
Cada hora de entrada los chicos se esforzaban por llegar temprano, además de mantener buena conducta, cumplir con los deberes diarios y dar buenos exámenes y cuidar la disciplina, cultura al trabajo y al ahorro. Esperaban ansiosos la hora del recreo, que era disfrutado por chicos y chicas, quienes compartían alegremente divertidos juegos en sana camaradería.