25 de septiembre de 2013 - 23:17

La existencia de Dios

Hay temas de siempre en la vida humana. Uno, ineludible, es el de la existencia de Dios y la religión en general. En una obra clásica en su tiempo, The Varieties of Religion (1900/1901), el filósofo norteamericano William James, afirmó que "no se conoce la naturaleza humana si se prescinde del hecho religioso".

Por su parte, el historiador y teólogo protestante francés Pierre Chaunu, afirmaba que, cuando aparecía la sepultura, es que había hombre, es decir, cuando el ser humano atisbaba un "más allá de la muerte", es que había hecho su aparición el hombre. Porque, como dice W. James, se conoce la naturaleza humana por el hecho religioso.

Conozco el caso de un eminente intelectual argentino, de familia sin ninguna tradición religiosa y él mismo ateo. Leyendo un día por curiosidad el Evangelio, se encontró con estas palabras de Cristo: "Yo estaré con vosotros hasta el final de los siglos". Esto lo conmovió tanto que creyó en Dios, se convirtió al catolicismo, se hizo bautizar y actuó luego en consecuencia.

Obviamente, hay muchas otras formas de llegar a Dios. Un caso corriente es el del que cree desde niño en Él, por lo que su existencia le parece la cosa más natural del mundo. Asimismo, uno puede llegar a Dios por un proceso racional, porque su mente se ha ido abriendo a Él.

Tomás de Aquino, el gran filósofo y teólogo medieval, sostenía que la existencia de Dios es racionalmente demostrable. Él mismo se tomó el trabajo de proponer cinco pruebas (o "vías" como las llamaba) para demostrarlo. Al contrario, los teólogos de su tiempo afirmaban que la existencia de Dios era una verdad evidente en sí misma que no necesitaba ser probada, pero el Aquino no aceptó esta opinión.

Hoy, si nosotros miramos a nuestro alrededor, nos hallamos con que las opiniones sobre el tema son variadas. En América Latina parece que hay un porcentaje relativamente alto de personas que creen en un Ser Supremo. En los países europeos (sobre todo los europeos del norte) la proporción debe ser mucho menor.

Un caso particular lo constituyen los EEUU, donde, al menos por la información que se tiene, son muchos más los creyentes, al menos si juzgamos por el hecho de que la idea de Dios está muy presente en su vida institucional pública y privada. Está presente hasta en sus dólares, con su lema In God We Trust, "en Dios confiamos". Es impresionante que la gran fiesta nacional de ese país sea el Día de Acción de Gracias. ¿Gracias a quién sino a Dios?

Pero en términos generales hay que reconocer que en el mundo de hoy hay una creciente tendencia a la incredulidad, que va de la simple indiferencia, o la duda, a la militancia atea, como parece que es el caso de la ministra de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Carmen Argibay, que se declara "atea militante". ¿Cómo se puede militar contra algo que no existe?

El ateísmo en todas sus formas (antiteísmo, agnosticismo, indiferentismo, etc.) era considerado por el Papa Pablo VI como el fenómeno más grave del mundo contemporáneo.

Por otra parte, las consecuencias prácticas de estas posiciones son muchas. Como lo advirtió el gran escritor ruso Dostoievsky, "Si Dios no existe, todo está permitido".

Para ejemplificar el tema de la creencia en Dios, he elegido los casos de dos grandes intelectuales franceses contemporáneos.

Uno, André Frossard, incrédulo total hasta su conversión. En un precioso librito, Dios existe, yo lo he encontrado, relata su asombrosa experiencia. Cuenta que, esperando en la calle a un amigo católico que había entrado en una capilla, como se demoraba, entró él también en ella. Al instante tuvo la certeza de que Dios existía. El era un incrédulo absoluto, él y toda su familia. Su padre era el presidente del Partido Comunista Francés. Una luz maravillosa -cuenta Frossard- lo envolvió de pronto y desde aquel momento jamás dudó de la existencia de Dios. Es interesante cómo describe su experiencia:

"Éramos ateos perfectos (en su familia), de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión? nos parecían patéticos y un poco ridículos, igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita Roja? Pues el ateísmo perfecto no era ya el que niega la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema".

Por mi parte he leído, durante tres años, una pequeña columna que escribía Frossard con el título de Cavalier seule, en el Figaro de París, y jamás noté el menor resquebrajamiento de esa fe que había tan misteriosamente adquirido. Se transformó súbitamente en un católico romano hecho y derecho y nunca dejó de serlo.

En el polo opuesto recordaré al gran filósofo e historiador Etienne Gilson (contemporáneo de Frossard), que afirma que nunca tuvo dudas de la existencia de Dios, que siempre estuvo seguro de esa verdad. Tanto que para él son los incrédulos los que deben dar pruebas en contrario, o sea de probar que Dios no existe. Para él siempre fue obvio que sí, según relata en un pequeño libro titulado L'atheísme difficile. Él estuvo siempre seguro de que lo difícil no es creer en algo a su parecer tan evidente, si no en no creer.

El creyente Gilson no abrigaba ninguna duda, pero para el ateo Frossard, la cuestión carecía totalmente de sentido. Ambos personajes poseyeron un talento de primer nivel, pero su derrotero espiritual no dependió solo de sus inteligencias. Jugaron, psicológica y espiritualmente, otros factores. Para Frossard, una misteriosa iluminación.

Como este artículo quizá lo lean creyentes e incrédulos, he tratado de hacerlo con el máximo respeto hacia unos y otros. Algunos estarán tan ajenos al tema, que hasta se extrañarán de que alguien se ocupe, a esta altura, de estas cosas. Sin embargo, yo persisto en hacerlo porque a pesar de tanta (aparente) indiferencia, se intuye que hay mucha necesidad de hablar de Dios.

La cuestión de Dios es la clave de bóveda de la vida religiosa. Hasta el siglo XVIII, en Occidente, no aparece una clara militancia atea. Los propios iluministas y volterianos no eran ateos, eran anticristianos. En realidad hay que esperar hasta Nietzsche, en la segunda mitad del siglo XIX, para que se oiga el grito de rebeldía:

"Dios ha muerto", con el aditamento triunfalista de "nosotros lo hemos matado". Su autor es un personaje demasiado complejo como para ocuparnos de él en una breve nota periodística. Así lo ha mostrado Gustave Thibon en su obra Nietzsche o el declinar del Espíritu. En Nietzsche, autor de gran complejidad, hay un punto sobre el que nunca varió -dice Thibon-, el rechazo y el odio contra Dios.

Estoy convencido de que, para no pocos, si Dios no existiera, eso les causaría una gran nostalgia. Alguna vez, en una de estas notas, hablé de "la nostalgia de Dios". Nietzsche, en cambio, no soportó que Dios existiera y prefirió optar por su muerte. Este ser extraño y trágico terminó refugiándose él mismo en la locura. Y esto quizá, de alguna manera, porque la inexistencia de Dios le fuera también a él insoportable.

Hay otro aspecto en este tema en el que vale la pena insistir. La paulatina pérdida de la fe ha traído desacralización y hasta cierto desencantamiento de la vida, como apunta el autor chileno Bernardino Piñera. Pero este desencantamiento quitó poesía a la vida. Lo cual nos conduce a aquella nostalgia de Dios que mencionamos.

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de diario Los Andes.

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