27 de mayo de 2013 - 10:53

Ya sin excusas, brota la idea destituyente

Como los problemas se acumulan y las respuestas brillan por su ausencia, el cristinismo recurre a su excusa preferida: echar la culpa a los otros, acusando a todos de golpistas.

Si hay algo en lo que la Presidenta Cristina Fernández está limitada, es en que a diez años de la llegada de Néstor Kirchner a la Casa Rosada ya no puede responsabilizar a gobiernos anteriores de los problemas que hoy padece su gestión. Una década es mucho tiempo: son hechos concretos, aciertos y errores que fueron conformando un proceso político al que todavía, y de acuerdo con los términos constitucionales, le quedan al menos dos años y meses de vigencia.

Aquella limitación es la que lleva a los núcleos más duros del kirchnerismo que dirigen a la militancia, o le dan sostén intelectual a ese proceso, a imaginar que las dificultades actuales son provocadas por fuerzas opositoras de cualquier origen que se han propuesto ejecutar un golpe de Estado.

La idea destituyente, a la que el oficialismo siempre recurrió para victimizarse en los momentos difíciles, ha vuelto a ser mencionada. La diferencia con otras oportunidades es que el Gobierno sólo encuentra ahora respuestas superficiales para sus propios seguidores, pero no logra ser creíble para el conjunto de la sociedad que debe emitir su voto en pocos meses.

Las sospechas

Esa situación es la que reflejan las encuestas que la Casa Rosada posee pero niega conocer. Los últimos sondeos ubican en más del 60 por ciento de los consultados a quienes admiten que las denuncias de corrupción "deben ser ciertas". A ese porcentaje contribuyó el propio Gobierno, cuando pretendió subalternizar el tema como una cuestión de la farándula y lo extendió a otros segmentos televisivos y por consiguiente a nuevas audiencias. Lo mismo sucede con la programación del fútbol los domingos por la noche para que ese público no vea el espacio del periodista Jorge Lanata.

Pero hay una tercera acción equivocada que es aún más contraproducente para el Gobierno: el silencio. Salvo algunas escasas voces que se limitan a atacar a los denunciantes, desde el oficialismo no ha habido una sola respuesta que desmienta de manera contundente los vínculos del kirchnerismo con los ilícitos investigados. Ni hablar de la propia Presidenta que, en cada aparición pública, simula ignorar que la sociedad está esperando una palabra suya sobre el tema.

En el oficialismo sostienen que "es un tema menor que no debe ocupar la preocupación presidencial". En la oposición, en cambio, dicen que Cristina se ampara en el derecho que tiene a "no declarar contra sí misma". Lo que nadie puede negar es el impacto que las investigaciones periodísticas y judiciales tienen sobre la actualidad política.

Una parte significativa de ese impacto puede advertirse dentro de los sectores peronistas que ocupan distintos espacios en el propio Gobierno. El constante crecimiento del protagonismo de la agrupación La Cámpora y la progresiva radicalización de las políticas oficiales, los ha ido desplazando de los ejes a través de los cuales compartían alguna cuota de poder. En el peronismo disidente que integra las filas de la oposición, afirman que cada día son más los funcionarios que prometen que en poco tiempo dejarán sus puestos en la administración de Cristina.

Eso ocurriría apenas se conformen las listas de candidatos que deben presentarse a la Justicia Electoral el 22 de junio próximo. Esos peronistas que cada día aumentan un poco más su enojo, afirman que en los primeros borradores de esas listas no hay lugares atractivos para ellos y que por eso se irían. Dados los antecedentes históricos, no hay razones para creerles pero el síntoma sobrevuela.

Los temores

Más de un argentino adulto habrá sentido un particular escozor en la semana que pasó. Las razones fueron básicamente dos: el anuncio de la Presidenta sobre la instrumentación de brigadas juveniles para vigilar los precios y de ese modo contener la inflación, y las palabras de Andrés Larroque, uno de los principales referentes de La Cámpora, convocando a los jóvenes a organizarse ante el "clima destituyente" que él observa. Ambas manifestaciones remitieron a otras épocas de triste recuerdo en el país.

Por un lado, la inflación es el emergente de un problema estructural de la economía y no sólo el capricho de comerciantes que se aprovechan de los consumidores. Por el otro, la Presidenta debería evitar que a su valiosa militancia juvenil se la adoctrine con fanatismos y consignas de ruptura.

Tanto al oficialismo como a la oposición se los ve inmersos en una escalada verbal que nada construye. La historia nos dice que siempre la violencia comienza siendo dialéctica y crece en los hechos, desde donde es muy difícil volver sin lamentos. A eso ya lo vivimos y con mucho dolor.

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