En tiempos difíciles, como los que estamos transitando, mucho se conversa, se dice y se escribe, en distintos ámbitos, sobre la ausencia de valores o de ética o de códigos.
En tiempos difíciles, como los que estamos transitando, mucho se conversa, se dice y se escribe, en distintos ámbitos, sobre la ausencia de valores o de ética o de códigos.
Incluso se aplican o se proponen códigos de convivencia para regular nuestro accionar con los otros/as a fin de facilitar y mejorar la convivencia en sociedad.
Tener valores, ética o códigos es el desafío que se impone una persona a fin de "controlarse internamente" para realizar una vida buena y en paz hacia sí misma y hacia los demás; "comprender y aceptar en su conciencia" lo que es bueno y lo que no lo es, tanto para su existencia como para la vida de sus prójimos; "elegir criterios de conducta" que nos hagan cada día mejores, individual y colectivamente; saber en qué invertimos nuestra fuerza e inteligencia y "qué mundo estamos contribuyendo a construir" desde nuestro lugar y nuestras expectativas.
Todo ello, ¿por qué? Porque, a diferencia de otros seres vivos que nos acompañan y viven entre nosotros -cuyo instinto innato los guía- el ser humano debe "elegir" su modo de actuar, y debe "hacerlo suyo". Grandeza y gran responsabilidad ésta, porque pone en juego nuestra inteligencia, nuestros sentimientos, nuestra voluntad y -sobre todo- nuestra libertad. Para hacer esto o lo otro, tomar esta o aquella decisión, hemos de lanzarnos a un camino y dejar de lado todos los demás. Tarea de cada día: "caminante, no hay camino; se hace camino al andar", nos recuerda Machado.
Los grandes "sabios de la vida" -mujeres y hombres- que nos han precedido en el devenir de la historia humana y han ido captando y realizando, desde tiempos inmemoriales, lo que era mejor no solo para subsistir sino para ir mejorando y hacer más "vivible" la existencia del ser humano en el mundo, acuñaron el celebre proverbio: "si deseas una vida feliz, debes hacer a otros lo que deseas que ellos hagan por ti".
Proverbio cuyo contenido ha sido receptado y practicado por, prácticamente, todas las culturas y todas las religiones. Jesús de Nazaret, en el llamado sermón de la montaña, resume los mandatos de la Ley de Moisés diciendo -afirmativamente-: "todo lo que deseas de bueno para ti, hazlo también para los demás", o negativamente: "no hagas a otros lo que no deseas que te hagan". Si nos detenemos un instante en estas simples palabras, descubriremos que, si las llevamos a cabo, nuestro mundo podría ser casi un paraíso.
Toda conducta humana, individual o social, se encuentra resumida allí: la igualdad entre personas con distintas capacidades, o diferentes en raza o sexo; el aborto; la eutanasia; los derechos de los animales; el trato que reciben los refugiados; la violencia política y la desobediencia civil; el cuidado del medio ambiente… La ética no es un conjunto de prohibiciones particularmente relacionadas con la sexualidad; abarca todas las decisiones que toma cada persona en lo referido a sí misma, a su relación con la naturaleza y al respeto a los derechos de otros/as.
La ética no es un sistema ideal y noble en teoría, pero sin validez en la práctica.
Más bien sería lo contrario: un juicio ético que no sea válido en la práctica debe padecer, a la vez, de un defecto teórico ya que la razón principal de todo juicio ético es "servir de guía a la práctica". A modo de simples ejemplos: ¿cuáles son nuestras responsabilidades personales respecto de los pobres? ¿Tenemos justificación al tratar a los animales como meras máquinas productoras de carne para alimentarnos? ¿Deberíamos usar papel no reciclado? ¿Debemos atenernos a leyes que favorecen a algunos en detrimento de otros?
La ética es independiente de cualquier religión, es universal (mis intereses no pueden contar más que los de las otras personas por el simple motivo de que son míos); además, la ética no puede ser relativa o subjetiva en los grandes asuntos que atañen a la vida, a los derechos esenciales de toda persona, a la ecología y al cuidado de nuestra casa común (la Tierra).
Con un compromiso mayor para quienes nos consideramos cristianos seguidores del testimonio vital de Jesús: el perdón para quienes nos destratan corporal o anímicamente, el incesante esfuerzo por la paz y la justicia (tanto dentro de nuestra Nación como hacia el concierto de las naciones), la protección de los más débiles y necesitados, el no hacer del dinero el 'ídolo' ante el que todos los valores éticos deben rendirse.
Seremos felices y bienaventurados si, además de entender la importancia de los valores éticos, los ponemos en práctica aunque otros/as no lo hagan.