2 de septiembre de 2013 - 22:45

El estrecho margen del discurso electoral

Frente al discurso ideológico del kirchnerismo, que dice cosas absolutamente distintas a las que hace, algunos proponen una alternativa opositora que proponga una ideología “verdadera”, pero el autor sostiene que no se trata de cambiar de ideología, puest

Todo discurso debe respetar leyes de equilibrio: énfasis, intensidad, economía de recursos, lógica. Si no lo hace, pierde capacidades de comunicabilidad, de receptividad o de retroalimentación: no es eficaz. No se lo escucha, no se lo lee o no se lo ve. El discurso electoral tiene su propia lógica de equilibrio. Uno de esos equilibrios está dado entre lo que el político (emisor) entiende que está en la agenda de gobierno y lo que cree que el electorado (receptor) quiere o está dispuesto a escuchar.

Nadie gana elecciones prometiendo sufrimientos y ajustes. Las preferencias del electorado actual están en una sintonía más parecida a la del consumidor que a la del abnegado ciudadano. Churchill (que no estaba peleando unas elecciones) sólo pudo prometer sangre, sudor y lágrimas a una nación conscientemente enfrentada a una amenaza radical, ante la cual no tenía alternativas.

A la vez, nadie gana las elecciones con un discurso puramente conformista, diciendo que todo está bien como está y no hay nada que cambiar. En este sentido, hasta el discurso oficialista tiene que impostar una propuesta renovadora, que frecuentemente lleva a electorado a preguntarse por qué habría que votarlos nuevamente si lo que están proponiendo no lo han llevado a cabo ya.

En cualquier caso, un discurso electoral difícilmente discurre (valga la redundancia) sobre los puntos más álgidos de la agenda política o los problemas sustanciales de la sociedad. Se trata de un reclamo masivo de voluntades, no de un comité académico ni de una asamblea de expertos. Se decide sobre personas, no sobre ideas ni sobre problemas, o más bien, sobre ideas y proyectos encarnados en personas: y eso es algo que se debe tener muy en cuenta.

Hay diferentes maneras de promocionar un candidato. Se deben buscar formas equilibradas que muestren una imagen coherente y creíble de dirigente político: sus ideas políticas, sus propuestas o convicciones ideológicas sólo son una parte de un perfil personal, no necesariamente la más importante. También debe mostrar experiencia de gobierno, atractivo personal, vida familiar y éxito profesional.

Por esa razón, quienes demandan exclusivamente un debate de propuestas o de formulaciones de proyectos caen en la más cándida (la más antigua y la más previsible) de las ilusiones de la democracia: la ilusión de la ciudadanía ilustrada.

Es el caso de Beatriz Sarlo, que parece vivir su momento de fama como intelectual crítica. Sarlo califica la tendencia a ajustar el discurso a lo que el electorado está demandando o quiere escuchar con un término que emplea como original pero que proviene del léxico político italiano: "cualquierismo". Cualquieristas serían candidatos como Massa, Michetti, Cobos o Del Sel.

Contrariamente, pretende que la campaña electoral se centre en lo que llama, significativamente, "lo ideológico"

¿Qué entiende Sarlo por "lo ideológico"?

Supuestamente, la ideología vendría a definir en este caso aquello que forma parte del proyecto de gobierno o de gestión de un candidato o un partido: "construcción teórica que sirve como orientación o determinación para la acción política".

Así, si Sarlo reclama un mayor protagonismo de lo ideológico, debería sentirse particularmente cómoda entre las hiperideologizadas organizaciones de extrema izquierda (con excepción de nuestro simpático Nicolás del Caño), esas a las que perteneció en su juventud y cuya mentalidad no parece haber trascendido del todo.

Pero esa es sólo una forma de comprender lo ideológico. Ideología -lo saben bien los cientistas sociales- es un término polisémico, muy problemático.

Actualmente, por ideología se entiende "todo sistema de ideas, creencias, símbolos, representaciones y expectativas de un grupo social". De ese modo, lo que en principio se oponía a las ideas y creencias comunes de la gente, también se puede considerar ideología. Y entonces, el "cualquierismo" definido por Sarlo, también es, según los criterios de la ciencia social actual, ideológico. Un problema.

Pero hay un tercera acepción de ideología que es preciso analizar. Marx empleó el concepto como "falsa conciencia", es decir como una "construcción teórica que oculta o falsea la realidad". Ideología, según esta definición, sería la idea que tenía el proletariado, de que las relaciones de opresión y alienación a la que estaba sometido eran naturales o inmodificables, o la de los grupos ultraizquierdistas pequeñoburgueses, que creían poder hacer la revolución por sus propias fuerzas.

Esta es su forma más degradada, y es precisamente la que viene imponiendo el kirchnerismo, progresivamente y como parte de su estrategia de persuasión, desde su arribo al poder.

La ideología kirchnerista no es proyecto transformador de la realidad (primera acepción) ni tampoco concepción socialmente compartida (segunda acepción) sino estrategia de ocultamiento de la realidad (tercera acepción).

En ese contexto, el discurso político en sí mismo se halla invalidado, la palabra deja de tener sentido, no vale nada porque deja de tener relación con las cosas. No dice la verdad.

¿Cómo se planea una campaña para enfrentar a un gobierno que está machacando todo el tiempo con que está haciendo la revolución pero en el fondo es simulacro, como ha explicado Alejandro Katz?

No hay alternativa en la ideología, porque ya el gobierno la ha falseado como argumento.

¿Qué queda, asumiendo la sensibilidad de la democracia de consumo?

Sarlo no se da cuenta de que "de eso no se habla" sencillamente porque no se puede hablar, porque es un discurso invalidado por la hipocresía de la ideología de Estado.

Lo que queda es buscar canales de comunicación alternativos que apuntan a los gestos, a las actitudes, a formas no verbales: a todo aquello que no "dice" la ideología.

Eso que Sarlo desde su altura intelectual califica con desprecio de cualquierismo, de "buentipismo" u oportunismo electoral, es el único recurso para oponer al falseamiento del discurso político operado por el kirchnerismo.

Nada más queda, sino la práctica de un "verismo" reactivo. Lo que se denomina massismo, por poner un ejemplo, no es más que la reacción de sectores desplazados del kirchnerismo primigenio y del peronismo tradicional, apoyados por el hartazgo de un porcentaje creciente del electorado. Pura reacción, protoplasma peronista. Pedirle ahora mismo otra cosa sería demasiado. Calificarlo de movimiento de renovación del peronismo es puro pensamiento desiderativo.

Y es que existe un vicio de fondo en la perspectiva de Sarlo y otros intelectuales de moda. Formados en la crítica literaria, les cuesta trascender los límites del análisis del discurso.

Para Sarlo el universo al que se refiere en sus columnas de opinión está compuesto por lo discursivo: lo que no es electoral, es ideológico. Pero ni lo electoral ni lo ideológico agotan el campo al que pertenecen, que es el universo político.

Sarlo y otros transitan por este campo con un instrumentario pobre, que apenas alcanza para analizar los enunciados.

Pero aún desde su propia perspectiva, incluso sus conclusiones son deficientes, porque a diferencia de la literatura, la clásica distinción entre texto y contexto, en este ámbito, es mucho más difusa.

Su incomprensión es casi total: al someter a crítica las precarias estrategias que cabe oponer a la invalidación radical de lo ideológico, Sarlo y los críticos literarios liquidan los restos del debate político. Por impugnar los discursos se desentienden de la realidad que los sustenta.

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

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