23 de enero de 2018 - 00:00

“Estoy joya, si hasta volví a los asados” - Por Javier Hernández

El chofer es Carlos, un petiso que pasó los 55 años y que volvió al taxi después de un problema de salud.

Siesta de verano en la ruta 7 y el sol que gobierna un cielo sin nubes. Afuera del Corsa hacen 36º pero adentro del taxi, superan los 40. Viajamos incendiados, como sentados en una sartén ardiente: las chapas del auto, el tapizado, el torpedo y los ánimos -especialmente los ánimos- a temperaturas de infierno. El calor hace que me duela la cabeza. Son las tres de la tarde y quedan 45 kilómetros de camino.

- Vos te quejás pero en un rato te bajás; yo, en cambio, todo el día acá arriba -dice el chofer como para justificar, mientras se seca con el brazo el sudor en los ojos y achina la vista sobre la ruta.

No me convence, no habrá argumento que me convenza y voy de mal humor; soy un tipo pacífico pero ahora mismo, sofocado y con la ropa pegoteada a la piel, podría trompearme por la excusa más idiota. Afuera el calor aumenta, las ventanillas traseras llevan meses rotas y no bajan; el aire caliente no circula y parece que estamos en la garganta de un dragón furioso.

El chofer es Carlos, un petiso que pasó los 55 años y que volvió al taxi después de un problema de salud que lo tuvo internado. En el hospital Perrupato lo abrieron, le pusieron media docena de bypass y lo cerraron.

Para el médico que lo operó fue un milagro que hubiese llegado caminando a la guardia, sintiendo apenas “una molestia en el pecho” y se lo hizo saber: “Hay que cuidarse. No joda con la suerte porque la próxima, no la cuenta”, le dijo y hasta le propuso dar testimonio para un documental que se estaba armando.

Carlos preguntó si cobraría algo por figurar y como el médico le dijo que no, que era “una colaboración para la ciencia”, el remisero no aceptó aparecer gratis.

Después de la operación estuvo un tiempo conectado a una máquina y a los pocos días le dieron el alta y también recomendaciones: la más importante, volver cada mes al control; la segunda, no hacerse mala sangre y evitar el estrés. De todo eso ya pasó un año, Carlos nunca volvió a los controles y apenas pudo, se subió otra vez a un taxi

- Puta madre, a este auto hace rato que el Ruso le tendría que haber dado la baja -se queja Carlos sin quitar la vista del camino, aunque en el fondo está agradecido con el Ruso, que es el patrón y que lo reincorporó a la empresa pese al "problemita" de salud. Carlos conduce el vehículo más viejo de la flota: un Corsa sin aire acondicionado, con las ventanillas traseras trabadas y con el kilometraje suficiente para completar dos viajes a la luna. En ese Corsa viajamos en esta siesta apocalíptica.

- El tipo que puso el gancho para que este taxi pase la revisión técnica debería ir en cana -le suelto como para decir algo, casi con ganas de pelearlo si llegara a contradecirme, pero con un gesto, el chofer me dice que sí, que tengo razón. El taxi de Carlos hace años que se cae a pedazos y a esta altura, ni siquiera logra dejar afuera las nubes de polvo que se levantan en las calles de tierra y que se cuelan por los burletes resecos de las puertas.

De ahí venimos, de una calle polvorienta y vamos con los zapatos, la ropa y los pelos llenos de la tierra que se fue metiendo, pegoteados por la humedad.

Vuelvo de cubrir un homicidio que ocurrió de madrugada; una historia pasional a mitad de la noche, en una casa rural de Santa Rosa. Alguna vez leí que en verano la gente está más propensa al enojo y al crimen; también escuché que en las noches de luna llena hay más trabajo para médicos y policías.

El primer dato es de un sociólogo alemán del siglo pasado y el segundo, probablemente un mito. De todos modos hace un calor bárbaro y el almanaque dice que estamos en luna llena.

- Oiga Carlos, y este calor no afecta su problemita de salud -le pregunto en un momento.

Me dice que no, que se siente bien, que este verano no toma los remedios del hospital porque le dan náuseas y que mejor así, porque las pastillas le van a durar más.

Lo miro de reojo y calculo que sin remedios ni controles, Carlos es casi una bomba de tiempo pero él jura que se siente bien: “Estoy joya, si hasta volví a los asados con los muchachos”, insiste y vuelve a secarse el sudor con el antebrazo.

Afuera y adentro del Corsa el calor no afloja, ya falta menos, solo 40 kilómetros.

LAS MAS LEIDAS