8 de marzo de 2020 - 00:00

Estamos perdidos - Por Jorge Sosa

Ya lo hemos repetido hasta el cansancio: la esperanza es lo último que se pierde, lo primero es el encendedor. Es más, hay algunos optimistas que dicen que la esperanza es lo último que se perdió.

Pero, aparte de la esperanza, hay algunos objetos que irremediablemente se pierden. Para algunas de estas pérdidas se puede recurrir al auxilio. Por ejemplo, si se pierde un hijo entre la muchedumbre de un festival, uno recurre a la Policía. Si perdemos un portafolio en la vía pública, recurrimos a la Policía. Pero para otros casos la Policía no sirve. Por ejemplo, no podemos ir a la Policía a decirle que hemos perdido la virginidad, y más cuando tenemos cara de que no es cierto.

Hablamos de perder algo, algún objeto porque también puede referirse a otros asuntos. Uno pierde cuando pierde su equipo favorito, ése que desvela a nuestros sueños deportivos. Uno pierde fuerzas a medida que se cansa y eso es algo que lleva un tiempo recuperar. Uno pierde la memoria cuando se olvida de cosas, de hechos que han ocurrido o que antes detectaba claramente.

Pero ahora quisiera referirme a las pérdidas minúsculas, domésticas. Por ejemplo, las llaves. Pueden ser las llaves del auto o las de la casa. Son las más usadas. El problema no es tanto la pérdida sino el descubrimiento. Es decir, el momento en que uno descubre que las ha perdido. Porque pueden estar perdidas de hace un día, o varias horas, pero uno se da cuenta cuando ya llega tarde a algo. Cuando se le hizo tarde, cuando ya no llega, cuando está por salir rajando, ahí descubre la perdida. Los chinos dicen que cuando se pierde algo lo primero que hay que buscar es la paciencia. Pero ¡Qué cuernos va a tener paciencia uno si pierde el presentismo, si llega tarde a la consulta del médico, si ya debe estar por empezar la película, si se le va el micro a Buenos Aires, si hace media hora que el nene salió de la escuela! Es entonces cuando la tipa o el tipo entra en estado de desesperación. Recorre la casa removiendo todo, cajones, estantes, macetas, artefactos eléctricos, arriba de la heladera que es donde se guarda lo que no sirve para nada. Recorre todo y revisa todo en actitud frenética mientras va virtiendo opiniones sobre la vida de su madre que es precisamente la que lo parió. Se autoinsulta, se pone histérico, se le hinchan las venas del cogote, los ojos se le salen para afuera como yo en televisión y repasa los mismos lugares revolviendo lo revuelto, metiendo la mano donde ya la ha metido, escarbando lo escarbado.

Incluso llega a buscar en los lugares más insólitos: adentro del inodoro, en el tanque de agua, en el freezer y en el medidor de la luz. No tiene método para buscar. No se da cuenta de que debe empezar por los lugares obvios porque, después de haber dejado la casa como si hubieran entrado los de la CIA a buscar documentos secretos de Al Qaeda, se da cuenta de que las llaves están en su bolsillo, o puestas en el auto, o en la camisa que se sacó al mediodía. El tipo debería adoptar una postura más positiva en su búsqueda porque, si no encuentra unas míseras llaves, mirá si va a encontrar la felicidad.

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