Los alemanes, por supuesto, ya discurrieron una palabra compuesta para designar el fenómeno: "Handyüberwachung", algo así como vigilancia del teléfono celular.
La vigilancia telefónica en cuestión fue la practicada por Estados Unidos en el teléfono de la canciller Angela Merkel. O al menos ella está tan convencida de que así fue que le habló al presidente Barack Obama para expresarle su indignación ante tan "grave violación de la confianza" y declarar que es "completamente inaceptable" tal conducta entre aliados.
La declaración de la Casa Blanca de que Estados Unidos "no está" ni "estará" monitoreando las comunicaciones de la jefa de gobierno alemana equivalió a confirmar por omisión que sí lo hizo en el pasado.
Merkel es una mujer mesurada. Que levante el teléfono y haga críticas en público no deja duda de que está furiosa. Como dijera en julio, "No todo lo que es técnicamente factible debe de hacerse". Esto, a la luz de las amplias evidencias proporcionadas por el ex contratista de la Agencia de Seguridad Nacional, Edward Snowden, no es la opinión de la NSA, cuyas furtivas escuchas han suscitado la indignación de París a Brasilia.
Obama, con su tranquilo desapego, no es muy bueno para la diplomacia mediante relaciones personales, pero Merkel es una amiga confiable como no tiene otra en Europa. Irritarla y tocar la sensible fibra de los alemanes afectados por las prácticas de la Stasi, la policía política de Alemania comunista, representa una torpeza que lesiona la influencia de Estados Unidos de manera permanente. Poner el foco en Asia no quería decir dejar irritados a los europeos.
Pero toda Europa está irritada. Aquí la percepción es de unos Estados Unidos en los que la seguridad está por encima de la libertad, las agencias de servicios secretos están desbocadas (recabando información de amigos y enemigos por igual) y el otrora admirado sistema de "controles y contrapesos" incorporado en la administración estadounidense y estudiado por los niños europeos, se ha convertido, en el mejor de los casos, en reseñas secretas de actividades clandestinas en las que los argumentos en contra no tienen cabida.
El desasosiego de Snowden que lo llevó a revelar todo esto ahora encuentra una simpatía abrumadora. Hay mucha impaciencia con las declaraciones de que el gobierno de Obama está revisando sus métodos de vigilancia. Una de las repercusiones podría ser que Europa limitara la trasferencia de datos financieros y de otro tipo a Estados Unidos o que impusiera fuertes multas a empresas estadounidenses de telecomunicaciones que pasaran datos de usuarios europeos. El término "aliado" empieza a sentirse como una noción del siglo XX que ha perdido su relevancia.
Nada de esto conviene a los intereses estadounidenses. La cooperación en materia de servicios secretos, antiterrorismo y militar con Alemania y Francia, los dos países más ultrajados por las recientes revelaciones, es muy importante. El poder relativo de Estados Unidos y Europa está declinando, por lo que la cooperación es doblemente importante. Por supuesto que va a continuar habiendo cooperación, pero Obama se enfrenta a una crisis de confianza en las relaciones transatlánticas que no calmará con vagas promesas de buscar el equilibrio entre la libertad y la seguridad. Merkel quiere detalles y no es la única.
Aún antes de este escándalo, Alemania ya estaba irritada por lo que sentía una actitud desdeñosa de Estados Unidos. Un alto funcionario allegado a Merkel recientemente me reveló la "muy dolorosa" saga de la respuesta del gobierno de Obama al uso de armas químicas en Siria.
Empezó con Susan Rice, la asesora de seguridad nacional, que el 24 de agosto le dijo a la cancillería alemana que Estados Unidos tenía pruebas de que el presidente Bashar Al Assad había usado armas químicas, por lo que tendría que intervenir en cosa de días. Alemania pidió que se esperara al reporte de Naciones Unidas y recordó el caso de Irak, a lo que Estados Unidos puso oídos sordos. Seis días después, el viernes 30 de agosto, Alemania se enteró por Francia de que el ataque militar contra Siria estaba listo y podría ocurrir ese mismo fin de semana. Pero al día siguiente, Obama cambió de curso y anunció que le dejaría la decisión de atacar al Congreso.
Las cosas estuvieron peor en la cumbre del grupo de los Veinte en San Petersburgo, Rusia, a la siguiente semana. Ahí también, Alemania encontró a Estados Unidos secamente desdeñoso. Washington quería la firma de Berlín en la declaración conjunta sobre Siria, pero Merkel quería esperar un día más para que estuviera lista la declaración conjunta de la Unión Europea y se negó. "La sensación que dio Rice es que Estados Unidos no estaba interesado en la opinión de Alemania o de la Unión Europea", señaló el funcionario. "Nos regresamos de San Petersburgo muy ofendidos. No es así como queremos que sea nuestro mejor aliado".
Para Alemania, la atmósfera de la reunión en San Petersburgo fue terrible. El presidente ruso, Vladimir Putin, insistió en que había sido la oposición siria la que usó las armas químicas. Comparó este hecho con el incendio causado por los nazis en la sede del parlamento en 1933, a fin de acusar a los comunistas y perseguirlos. Para los alemanes, Putin se vio más poderoso que Obama.
Su postura internacional, reforzada con las vacilaciones de Estados Unidos en Siria, le preocupa a una Alemania interesada en atraer a acuerdos de asociación con la Unión Europea a las naciones del este de Europa, como Ucrania y Moldavia. Putin se opone fuertemente a ese acercamiento europeo, pues desea una unión euroasiática que tendría una espeluznante semejanza con la Unión Soviética.
La geopolítica no ha muerto en este continente. Se impone que Estados Unidos vuelva a dirigirse hacia Europa, así como que haga un acto de equilibrio entre la seguridad y la libertad. Lo último que necesita Estados Unidos es la "Handyüberwachung" de la dirigente más poderosa de Europa.
