13 de noviembre de 2013 - 01:10

Espejos

A la espera de la presidenta titular, pispeamos el fixture suramericano.

"Quiero discutir con los titulares, con los directores técnicos, no con el banco de suplentes que me ponen en las listas", dijo la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK) el 14 de agosto pasado, tres días después de las primarias que anticiparon la derrota del oficialismo en las elecciones legislativas de octubre.

Entonces no se sabía del hematoma ("colección subdural") y la arritmia cardíaca que mantienen a la Presidenta hace más de un mes fuera del campo de juego. Pero hay que reconocer que dejó flor de relevo. No cualquier suplente se anima así nomás a la jugada de Amado Boudou que, de un plumazo (Decreto de Necesidad y Urgencia 1757, del 7 de noviembre), aumentó en 80.735 millones de pesos el gasto del gobierno central.

Es cierto: desde el banco seguramente le dijeron (¿habrá sido Zannini, Máximo Kirchner, la propia CFK?) "andá y hacelo", pero no hay que negarle coraje al vice en ejercicio de la presidencia, porque apenas 10.000 millones se financiarán con un aumento de la recaudación. El resto será emisión monetaria pura y dura, de la que se ocupará, por encargo del Banco Central, la ahora estatizada Ciccone, otra de las fulgurantes intervenciones del muchacho de las motos y la guitarra.

Las especulaciones en torno del retorno de la Presidenta, los posibles cambios de gabinete y las medidas económicas son la comidilla de estos días, pero otra forma de apreciar la situación argentina es intentar verla en el espejo sudamericano. Dos posibilidades polares vienen a la mente.

Una es Venezuela, donde el sucesor de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, enfrenta lo que él mismo y su gobierno definen como una "guerra económica". La otra es Chile, donde el próximo domingo Michelle Bachelet, según marcan todas las encuestas, será elegida otra vez presidenta, cuatro años después de haber dejado el poder en medio de una inédita ola de prestigio (atributo noble y duradero) y popularidad.

El experimento "bolivariano" que hasta su muerte, en marzo pasado, lideró Chávez en Venezuela, está llegando a un fin anunciado.

Tras 14 años de ejercicio ininterrumpido del poder, el "socialismo del siglo XXI" fue incapaz de garantizar la provisión de bienes tan básicos como harina, azúcar, café y papel higiénico, llevó la inflación a un nivel que este año rozará el 60% anual, consumió las reservas que arrimó la larga bonanza petrolera y generó una especulación cambiaria tan feroz que el dólar cotiza hoy en el mercado negro a casi diez veces su valor en bolívares en el mercado "legal".

Amén de que Caracas es hoy la capital más insegura y de más alta tasa de homicidios de América Latina.

Maduro hizo bastante por acelerar la decadencia. Sus comentarios sobre el pajarito en que reencarnó Chávez, su creación del 0-800-Sabotaje (para recibir denuncias de conspiraciones en el marco de la "guerra económica"), su iniciativa del Viceministerio de la Suprema Felicidad Social, su decisión de adelantar la Navidad ("la mejor vacuna contra los bochinches y la violencia"), sus críticas a la mala onda de Ricky Martin y a la violencia del Hombre Araña, por no mencionar su furcio acerca de "la multiplicación de los penes", quedarán en la antología del disparate, pero no son la causa última del fracaso del chavismo.

El principio del fin puede fecharse en 2010, cuando Chávez decidió una maxidevaluación, a su vez inevitable, por las presiones acumuladas. Hoy, las discusiones intrachavistas (que pueden seguirse a través de la oficialista agencia Aporrea) son un torneo de reproches y pases de facturas antes que una búsqueda de soluciones.

El jauja que decretó Maduro el fin de semana pasado, cuando obligó a varias de las principales cadenas de electrodomésticos a vender sus existencias a precios ficticiamente bajos, al igual que su decisión de adelantar el pago de aguinaldos para atenuar la sangría de votos que prevé el oficialismo en las elecciones municipales del 8 de diciembre, marcan la desesperación más que la fuerza de un gobierno decadente.

La escena política chilena marca un contraste casi perfecto. La Concertación gobernó 20 años consecutivos, del 11 de marzo de 1990 al 11 de marzo de 2010, en los que realizó lo que, con las licencias del lenguaje político, puede considerarse el verdadero "milagro chileno": lograr, en un marco de retorno y consolidación de la democracia, una mejora gradual, sostenida y sostenible de la situación económica y social.

De haber sido candidata, Bachelet hubiera seguramente ganado las elecciones de 2009, pero en ningún momento cedió a la tentación personalista. La democracia le daría, si no a ella, ciertamente a la Concertación, nuevas oportunidades.

Bachelet ni siquiera necesitó que su sucesor, Sebastián Piñera, de la Coalición de centroderecha, hiciera un gobierno particularmente malo. De hecho, en los últimos cuatro años la economía chilena creció a un ritmo superior al de la Argentina, sin por ello perder lo que los economistas llaman "estabilidad macro", concepto que no se come pero que, bien entendido, facilita comer y que permite incluso plantearse objetivos superiores, como el reclamo que jaqueó la presidencia de Piñera, de una educación universitaria al alcance de las clases populares y de las clases medias.

¿Cuál de esos dos espejos refleja mejor a la Argentina crisnerista?

Para bien o para mal, la cuestión dependerá más de lo que a su retorno decida hacer la presidenta titular que de lo que ocurra en otros campos de juego. A no desesperar, que para el Mundial 2014 probablemente tengamos la respuesta.

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de diario Los Andes.

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