10 de mayo de 2014 - 21:39

Espejitos de colores para ocultar la crisis

Firme en su convencimiento de que esconder la verdad es menos costoso que asumirla, el Gobierno de Cristina Fernández enfrenta las consecuencias de la crisis de la economía con una peligrosa tranquilidad.

Cree la Presidenta que los problemas actuales no son tan graves, que están bajo control, y confía en que la sociedad se dará cuenta de que todo está magnificado por los medios de comunicación y, de ese modo, la gente no tomará nunca una dimensión exacta de lo que pasa.

Esa idea forma parte de la obsesión enfermiza del kirchnerismo por adjudicar a los medios el rol de constructores de una realidad imaginaria, con intenciones conspirativas y desestabilizantes. Pero la teoría se derrumba cuando aparecen las evidencias incontrastables. Son los propios trabajadores de las fábricas de automóviles, de la industria de la construcción o de otros varios sectores, sin intervención mediática, los que reciben en sus hogares los telegramas de suspensiones temporarias.

Hoy esos trabajadores se cuentan por miles, y hasta los informes oficiales hablan de un aumento en la cantidad de empresas que tienen previsto reducir sus nóminas de personal en los próximos meses, o las horas de producción. Se basan en que las ventas han caído de forma notable y que hacia el futuro nada hace prever que haya una mayor certidumbre económica.

El otro país

Como consecuencia de las suspensiones y despidos, y también de la degradación de los salarios por el aumento del costo de vida, hay un deterioro de la situación social que se va haciendo más visible en las grandes concentraciones urbanas. Ésa es otra de las realidades que el Gobierno niega, pero tampoco puede demostrar lo contrario.

El ejemplo de esa contradicción lo dio el miércoles en el Senado el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, quien prefirió hacer un papelón inolvidable antes que responder la simple pregunta del senador Ernesto Sanz sobre cuál es hoy el índice de la pobreza en el país.

Nadie discute la inserción social de la Iglesia en los barrios más humildes, y el conocimiento directo que tienen los curas que conviven en esos sectores. Por eso la información suministrada por Cáritas, acerca de que la demanda de alimentos y artículos de primera necesidad, que hacen las familias carenciadas, ha aumentado en los dos últimos meses, es un buen termómetro que remplaza a los datos que debería dar el Indec.

En ese marco, que a la vez presagia un inevitable incremento de la conflictividad social, el Gobierno quiere demorar, hasta límites extremos, la suba del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias. Con la actual escala, el aumento logrado por algunos sindicatos en las comisiones paritarias se ve muy afectado y esto agrega malhumor a los sectores de ingresos fijos.

Esta situación, pese a las marchas y contramarchas en declaraciones del oficialismo, no se ha modificado hasta ahora por dos razones: una es la necesidad recaudatoria del fisco y la otra porque la Presidenta quiere tomar la medida motivada por sus tiempos políticos y no presionada por los gremios, la oposición y los anticipos mediáticos. De cualquier modo, la indefinición no iría más allá de la próxima liquidación del medio aguinaldo.

La otra gran preocupación social es la inseguridad, terreno donde el Gobierno también sigue desorientado y negando su gravedad.

Vengan todos

Los tiempos políticos de la Presidenta no sólo tienen que ver con las decisiones sobre la gestión de gobierno. Su orden de contener a la mayor cantidad de dirigentes del peronismo alineados bajo su conducción, se cumplió sin objeciones en el Congreso Nacional del PJ. Ahora, esa estructura presidida por el jujeño Eduardo Fellner, tiene 70 cargos directivos, un recurso para que nadie, medianamente representativo, se vaya a las filas de Sergio Massa.

La invitación para que se integren los disidentes como José Manuel de la Sota y los gobernadores de San Luis y Santa Cruz, se interpreta dentro del propio pejotismo como un gesto irónico. El cordobés ya no podrá contar con respaldos internos en ese aparato si sigue con la idea de ser precandidato presidencial. Eso lo obligará a convertirse en el sparring de Massa o buscar nuevos horizontes políticos que lo contengan, con lo cual sus aspiraciones deberán ser más modestas.

A nivel de la superestructura política, la Presidenta y el Partido Justicialista hicieron una importante demostración de fortaleza y de sus pretensiones de seguir gobernando en 2015. Pero antes de eso, deberán resolver las fuertes contradicciones internas que están bajo la superficie y en especial la relación con la sociedad, que exhibe un agotamiento inocultable.

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