Zuhair Jury, la mitad secreta de varias de las grandes obras del cine argentino

Hermano de Leonardo Favio y autor de una obra propia tan silenciosa como decisiva, el artista habla de la niñez, la pobreza, la creación y el realismo como una forma de mirar el mundo sin perder la capacidad de asombro.

¡Qué paisano!, elogia Zuhair al recordar a su hermano, Leonardo Favio, y dice que siempre estuvo en lo alto, como si reconociera que hablar de él son palabras mayores. El Negrito y el Chiquito, así los llamaban de chicos en Las Catitas y luego en Luján de Cuyo, donde ambos recorrieron sus crianzas. Años después, de la iluminada colaboración entre ellos surgieron varias de las mejores películas del cine argentino: El romance del Aniceto, El dependiente, Gatica, el Mono… Sin embargo, Zuhair Jury siempre fue la mitad silenciosa y elusiva de esa dupla creativa. No sólo escribió los guiones de las grandes películas de Leonardo, sino que puede dar constancia de su solidez creativa con varios libros y películas de cuño propio.

A los 89 años y en conversación con Estilo, Zuhair habla con la misma intensidad con la que escribe o filma: la niñez como fundación del mundo, la adolescencia como estado de revelación, la pobreza como escuela sentimental y la realidad como un territorio donde lo fantástico ocurre todos los días. Su voz, torrencial y lúcida, ofrece un testimonio raro: el de alguien que nunca dejó de mirar el mundo con asombro.

—Usted y su hermano hallaron inspiración en sus infancias acá en Mendoza ¿Qué vigencia tienen hoy esos recuerdos para usted?

—Realmente es conmovedora su primera pregunta. La niñez es para mí el fundamento primero. Las primeras voces que se escuchan como música, los primeros encuentros con la existencia, como si el mundo estuviese formándose, creándose a medida que uno da los primeros pasos y avanza. A medida que avanza se va construyendo el Universo. Y así se fantasea uno con este suceso inconcebible que es existir. Es la existencia. Y depende de quién lo rodea y de qué lo rodea es el hombre que va a ser mañana. Es fundamental no perder el niño hasta el último instante de nuestra vida, para poder aprovechar lo fantástico que llevan los niños naturalmente, en estado de virginidad total y sus almitas están volando ante todo lo que los asombra. Como dijo un sabio hindú hace 5.000 años: cuando se pierde el asombro sobreviene el desastre.

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—¿Y esos recuerdos funcionan como mitos personales?

—Sí, claro. Porque uno viene alimentado de atrás. No es que nació a los 34 años. No, no, uno puede tener 70, pero también aquello fue valedero en tanto magia, en tanto mundo fantástico, en donde el realismo mágico y lo fantástico sublime son estadios de la niñez más que de la adultez. Pero no hay que perderlos, para llevarlos con uno y embellecer los instantes con esos recuerdos. Yo respeto mucho a la niñez. La he vivido por todos los costados, del Cielo y del Infierno.

—¿Y tiene algún recuerdo que vuelva a su memoria con más insistencia?

—Hay un recuerdo hermoso, que he contado en alguno de mis libros, de una noche en el rancho de piso de tierra donde vivía con mi madre, mis hermanos y mi abuelo. Llovía y entraba agua. Menos en la cocina, que estaba hecha de adobe. Ahí llevábamos las camas para no mojarnos. Mi madre encendió un brasero de fierro y calentó agua para el mate. No teníamos nada que hacer. Mi madre agarró la Biblia y se puso a leer a Job, que había cometido una desmesura con Dios. Era una historia conmovedora, de rebeldía. Sin darnos cuenta empezó a clarear. Cuando amaneció, mi abuelo dijo: ‘Nunca pasé una noche más hermosa’… Esa noche fue puntal en mi existencia. Esa noche valoré todo lo que es el sentimiento. Esa noche me di cuenta de la ternura que tiene la pobreza.

—¿Eso ocurrió en Luján?

—En Luján yo he estado desde la adolescencia, desde los 15 años en adelante. De Luján tengo el embrujo de la adolescencia, que es otra cosa que tampoco se debe perder. La inocencia y las presunciones que se tienen, que te gritan las hormonas, sensaciones inefables, que no son explicables en palabras. Cuando se tienen 15 años hay un estado sensorial, es un escándalo de belleza. Sí que tengo recuerdos y tengo esos recuerdos en los que tenía un solo interrogante: ¿qué haré con mi existencia? Y las pasiones chimanguitas de la adolescencia. Ese mundo de muchachitos y muchachitas de 14, 15 años, con gente de los míos, de los pobres, los de abajo. No era extraño que hubiese un romance. Yo lo tuve. Pero lo tuve porque los muchachitos que me rodeaban, como yo, eran también un poquito alejados de las normas establecidas. Y eran pobres, muy pobres.

—Ese es otro punto en la obra de usted y de su hermano, la cuestión de cómo reflejaron la vida de los trabajadores y de las clases bajas, sin romantizar y con mucha autenticidad…

—¿Y a quién le vamos a cantar si no a esa clase social, a la de los trabajadores y proletarios? Si la clase media es el colchón donde mueren todos los buenos intentos de cambio. Andá a decirle a la clase media que le vas a cambiar el nombre a la calle, te matan. No le pidas transformaciones internas, espirituales, porque te dicen qué es eso. Así votan también, por su propia destrucción. Pero, bueno, eso es arena de otro costal.

Y habrá quien diga "Pero este tipo es un propagador de la necesidad." No, de ninguna manera. Sí sé que el venir de una familia humilde nos enriqueció. Hasta hoy me dura. Si tengo mate cocido, no puedo tomarlo si no es hundiendo un pan duro en el mate cocido, porque así me crié. No hay cosa que sea más rica que un mate cocido cuando se tiene hambre y mojar un pan duro, mientras más viejo mejor. Y ese placer ninguna masita fina de panadería puede igualarlo. No hundiría ni loco una masa de panadería en ese maravilloso líquido proletario que es el mate cocido, el yerbiado.

—¿Y cómo es su forma de escribir?

— Cuando encaro un trabajo narrativo hago crítica, autocrítica y crítica comparada analizándolo antes de que lo vea nadie. Cuando considero que lo hizo otro y me siento en agrado es porque la obra ha cumplido el primer paso: la razonabilidad armónica en el contenido. Y lo entrego. Considero que todos mis trabajos, esto esto va a sonar un poco a pedantería, pero han sido tan masticados que algunos por lo volado tienen apariencia de desmadre de lo terrenal a lo fantástico. Todo lo que yo manifieste es porque me ocurrió a mí o algún entrañable amigo de mi misma laya. No puedo escribir haciendo ficción. Puedo ficcionar, por ejemplo, si veo que dos personas envejecen juntas; uno teniendo 13 años y el otro 70 en una ferretería. Envejeciendo día a día tras un mostrador. De pena escribí entonces “El dependiente”, que es la sojuzgación máxima. Dos personas de tal mediocridad existencial que no conocen otro mundo que vender tornillos y dar el vuelto, vender tornillos y dar el vuelto. Y cuando quieren acordar, uno envejeció como el viejo y el viejo hace tiempo que murió. Nada más, eso.

—Maravillosa película, Zuhair…

—Pero no es una ficción, es que yo lo vi. Vivir y morir. Trabajo sobre el realismo, porque la vida me encanta por el realismo. Y porque nos rodea lo fantástico que no tiene nombre. De dónde venimos, por qué estamos viajando en la Vía Láctea a millones de kilómetros por segundo mientras nos acompaña una luna maravillosa constantemente a través de la eternidad. Esto es muy misterioso y maravilloso, entonces volemos donde se nos dé la gana. Luego está la cosa mediana y terrestre, que también tiene sus maravillas porque son sudores vividos, de gente pisando la tierra.

—Igual “El dependiente” tiene algunas secuencias que parecen sobrenaturales o surreales.

—La realidad contiene muchos más misterios que la más alucinada fantasía. El instante previo a su muerte Moreira dice mirando la ventanita “Con este sol. Sé que voy a morir con este sol”. Esa frase es tan fantástica, porque está diciendo ¿por qué existe este mundo y en razón de qué?, ¿por qué me dieron la sensación de la pasión, el amor, el agrado interno de mi cuerpo gozando con un amor supremo, teniendo amigos, ejerciendo un suceso que se llama amistad, para que al final me paguen con esta finitud patética y vergonzante, porque entre cuarenta me van a bayonetear miserablemente. Y no lo hacen de noche, que podrían haber tenido ese pudor. Sin embargo, me matan cuando hay sol, la infamia más grande que le puede ocurrir a alguien que va a morir. Y lo hacen con el sol en su cara. Por eso le digo que en lo natural, lo cotidiano, en este mismo momento en que usted y yo estamos hablando, están ocurriendo maravillas inconcebibles.

—¿Con su hermano tenían algún método de trabajo o se entendían sin necesidad de método?

Sin necesidad de método. Teníamos los dos la misma forma de sentir. Y por momentos él me superó allá por lo alto. Dijera Draghi Lucero: se subió por una escalinata al cielo. ¡Dios mío! ¡Qué paisano!

—¿Y qué diría usted que les agregó Leonardo a sus cuentos?

—No. Son dos mundos opuestos, no. Mi narrativa es muy privada, muy mía. Él se sintió consustanciado, porque conoció a los personajes que nombro en mis cuentos y el clima. Y lo agradeció y valoró. Yo le llevaba tres años, y eso es una buena diferencia entre muchachos. Cuando yo iba a las milongas, él todavía estaba terminando de dejar los pantalones cortos.

—Pero él hizo una interpretación cinematográfica de sus cuentos...

—Eso de tal suerte que ni que los hubiera escrito él. Cuando él diseña cómo va a ser la piecita, no necesitamos ni hablarlo, ni él ni yo, porque hemos vivido en ese tipo de piecita. Todo era tan natural a nosotros, tan familiar y lo contamos como cosas naturales, que quizás a otros les llame la atención, pero al que está habituado y conoce ese mundo, cree que el mundo es así y no le interesa otro superior tampoco.

—¿Hay lugares donde se puedan conseguir sus libros actualmente?

—No, mi amor, soy tan desparpajado que nunca me interesó nada de nada, y lo único que trato es de vivir. Tengo ediciones, las tengo, pero los libros están acá, apilados.

—Le pregunto por sus libros, porque es una pena que, incluso en Mendoza, no se hayan hecho reediciones…

—Mire, cualquier obra de arte no la termina quien la creó, ya sea pintura, escritura, en fin, de todas las artes, su ciclo virtuoso concluye en la opinión del otro. Si no, no existe la obra. Obviamente, si no la muestro, si no es para el otro, si la tengo retenida, es una obra muerta.

La obra de Zuhair

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Como Narrador

1969 – El Dependiente y otros cuentos... – Editorial Galerna.

1973 – Había una vez un General – Editorial Orión.

2010 – Romance del Aniceto – Editorial Mil Botellas. (Material elegido por la CONABIP para todas las bibliotecas populares del país)

2013 - Edita su último trabajo "El Glorioso Velorio de la Juana Pájaro y otros cuentos".

Como Guionista

1964 – Crónica de un Niño Solo

Primer Premio de la Crítica en el VII Festival Internacional de Mar del Plata.

1965 - Romance del Aniceto

1967 - El Dependiente

1972 – Juan Moreira

1974 – Nazareno Cruz y el Lobo

2007- Aniceto

Guionista y Director

1978- El Fantástico Mundo de la María Montiel

Primer Gran Premio a la Mejor Película , Festival internacional de Karlovy- Vary, Checoslovaquia

1995- El Largo Viaje de Nahuel Pan

2010- El Piano Mudo (filme documental sobre sobre el pianista MIguel Ángel Estrella)

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