"Qué es la belleza": un recuerdo de Luis Alberto Spinetta, en el Día Nacional del Músico

Cada 23 de enero se celebra el Día Nacional del Músico, recordando el nacimiento de Luis Alberto Spinetta, una de las figuras más relevantes de la cultura nacional. Su legado y trascendencia.

«O se está ocupado en nacer o se está ocupado en morir» Bob Dylan, It's Alright, Ma (I'm Only Bleeding), 1965.

La figura más grande de la cultura nacional, y en particular de la música argentina, es él. El paso de los años comienza a hacer justicia para con una obra de un universo lírico y sonoro como no hay otro igual, siquiera parecido, en el mundo entero. El caos en el que un oyente puede sumergirse cuando él suena es una alerta, un llamado ejemplar, pero también es una forma sutil, piadosa, de tomarse el entendimiento, olvidándose de uno mismo. No es difícil, como siempre se dijo. Hay algo que sucede. No sé en qué va. La marca “spinetta” es una cicatriz, un tajo rojo en el cielo tipo "Stranger Things", la vincha Miyagi Do, azul y blanca, de Daniel-San.

Siempre trascendente, dirigiéndose hacia un ideal, desde su primer grupo a principios de los setenta (más bien a fines de los sesenta), dando letras en tono explorador: “gabinetes espaciales”, “figúrate que pierdes la cabeza”, o “vete de mí, cuervo negro”. Hay una conclusión que doy al principio, y es la entrega total, el desarrollo de nociones antes lúdicas que cognitivas, y que, en contrapunto, nunca terminan por completarse, porque el tiempo en las periferias siempre estuvo corrido de foco. Qué tonto es decir nuestro “Abbey Road” (1969), nuestro “Let It Be” (1970), porque incluso es mucho más que eso.

Hay una traducción y una antena que hace volar por el aire la planicie de vivir, y se le ocurre a él, y a algunos de sus amigos (como reflejo de él). Es cierto que hay un caldo de otras bandas, pero ni siquiera aún se ha publicado “La Biblia” (1971) de “Vox Dei”, eso será recién un año después. La tapa de “Almendra” no tiene vuelta atrás. Cuentan que la dibuja dos veces porque la discográfica no la quería y se la perdió. En una época en que en las tapas aparecían los músicos con instrumentos, sus caras juveniles, aparece el payaso alargado, rosado y blanco, con la sopapa, con la lágrima, con el delirio de mirar así, de frente y deforme. Una Mona Lisa sin Louvre. Cómo es la vida, cómo son los desenlaces, porque en el último álbum que escuchamos de él, póstumo, aparece en la tapa también la cara de un payaso, sólo que futurizado, con auriculares, todo rojo y con músculos cibernéticos, también hecho por él, pero en computadora, sin saber quizá que aquella ilustración serviría para rematar su cosecha: “Ya no mires atrás” (2020). Una flecha de hierro con letras fundidas que dice “cuando cruces la muralla donde cayó la luz”.

image

El proyecto siempre fue alargarse hacia el infinito. Volverse una aguja larga y fiel, brillando en la colina. Es la estrategia perfecta si las naves funcionan. Es cierto que existió “Pescado Rabioso”, y que ese nombre firmó el disco solista del que todos hablaron, el verde y amarillo, pero antes estuvo “Desatormentándonos” (1972). ¿Cómo es posible llamar así a un conjunto tan poderoso de canciones?, ¿qué clase de bicho fecundo ronda el ángel eléctrico con el que dispara semejante significado? “Serpiente viaja por la sal”, por ejemplo. Las canciones son listones de fantasía sobre los cuales interrumpirse. Nada más. Odio cuando dicen que la serpiente representa, o que la sal simboliza. Toda mala comunicación. Interpretación de la mala. Árboles dalinianos, bosques, peteribís, dibujos extraños, guiños íntimos, risas, y en el interior del disco, una foto antigua del pequeño Pescado Rabioso con cinco años.

Hay algunos videos en vivo del grupo que dan vueltas por internet y que son de una libertad inusitada para estos tiempos. La sirena roja en su espalda, Lebón en el bajo, la taberna sobre la cual explotará el riff de “Post-crucifixión”. Ningún humano puede salir ileso después de ver eso en el living de casa.

Así se consigue “Invisible”. Es un pasadizo deforme, pero llegás. El grupo favorito de tantos. El disco debut lleva el nombre de la banda. Van pasando los años y sigue sin firmar los álbumes con su nombre y apellido. El último track, “Lo que nos ocupa”, es esa abuela, la conciencia que regula el mundo, una afirmación del estado del arte de la época. No resiste la conciencia de la abuela que lo regula. No resiste lo viejo ni lo decadente: “esto es un sueño que pasa por nosotros”, dice en la letra. Ahí mismo canta la línea menos explicada por los críticos de su universo místico: “y si quiero más, nena me das cola”. Extraño. Nunca quiso ser el Borges del rock. La mosca blanca, como él decía. Pero no pudo evitarlo. Tal vez, en contra de su voluntad, lo fue. Por eso nadie se animó a explicar: “cuando triste estoy, dame la cola”, en medio de la crítica exquisita a la regulación fatal del mundo.

image

No voy a ir disco por disco, tranquilos, pero en pleno auge de la dictadura militar argentina, sangrienta, cachivache y demoledora, que desaparecía y ausentaba personas, él publica “El jardín de los presentes” (1976). En medio de un espanto sin corazón, filtra un cacho de luz: “mi boca besará toda la ternura de tu acuario”. Se convierte finalmente en una figura. Aparece Piazzolla, incluso el mismísimo Borges. Los dos quisieron conocerlo, pero él sentía que no estaba para tanto. El track cinco de ese álbum es “Ruido de magia”, nombre que eligieron para su biografía oficial, escrita por Sergio Marchi con ayuda de su familia.

El camino es múltiple y onírico y, asimismo, qué contradicción, toma razón al verlo completo. Tantas veces parece esporádico o disperso. A veces ni su propio creador tiene en las manos la posibilidad de abrirlo en su totalidad, sino por partes, por estancias de la vida. Hay algo del sonido que va mutando y también, por qué no decirlo, aparecen desaciertos, equivocaciones en la búsqueda, temas que no arrancan, pero están puestos allí como peldaños: es una manera de enseñar también. La publicación de una obra tan inmensa de tamaño, de gran relato, incluye un dorso, un fascículo de entrenamiento sobre la epopeya erigida, con todo lo que pasa en la noche antes de que inicie el alba. Eso es su obra también. La música de pe a pa es para principiantes, porque en verdad hay algo oculto en la pared, ligado al luchador que se expande y camina, y en ese ir hacia la luz deja huellas.

Cuando aparece “Alma de diamante” (1980), su álbum más directo respecto a las lecturas de Carlos Castaneda y sus enseñanzas, inaugura un manantial fresco de audio y palabra. Quizá el disco más “Spinetta” de toda su carrera. Firma con su nombre, aunque le agrega la piedra de jade atrás, como una combinación prístina, sonora, que devuelve al universo un ave blanca ya transformada, que se eleva hacia el sol con su mensaje. El jazz es la excusa de la música.

En los años posteriores aparecerán álbumes de “Spinetta Jade”: “Los niños que escriben en el cielo” (1981), “Bajo Belgrano” (1983), “Madre en años luz” (1984). Los menciono porque no se apreciaría el polvo de hadas sin conocer estos nombres. Ni siquiera hay que poner play. Si uno se mantiene humano, sólo con leer los títulos alcanza.

Hay discos flotando en la nada, sin gravedad, avanzando en el cosmos como libros que esperan ser abiertos. Hay que calzarse los auriculares. A esos cosos suspendidos los llamó, por ejemplo: “Kamikaze” (1982), “Solo el amor puede sostener” (1980), o “A 18 minutos del sol” (1977), una equivocación certera.

Todavía no aparecía Tangalanga ni "Peter Capusotto" y sus videos haciendo Luis Almirante Brown, cuando muchos años después, emulándolo, dirá cosas tales como: “Como artista participé en la banda de sonido de 'Eterno Atardecer', una película que permaneció apenas una mañana en cartel (‘Fuego Gris’, 1994); en cambio cuando compuse Juego al golf, me llamo Goyo y quiero embocarla en ese hoyo, nueve millones de espectadores”. Esa frontera entre lo poético y la grosería es algo que le va muy bien a su canasta de flores siempre en el cielo, que necesita ser vista por todos. La densidad del significado se mezcla con el asunto de tirarle los pies hacia abajo, hacerle cosquillas al mecanismo.

En una entrevista en "La Noticia Rebelde" (1987), espontáneo ante una pregunta de Jorge Guinzburg, responde con toda naturalidad que su música no tiende a lo depresivo o a la tristeza, como suelen mencionarle, sino que, por el contrario, “cuando se dice algo profundo, a la gente se le traba la risa, porque estamos acostumbrados a pensar en ese límite y no damos lugar para que eso ocupe también el terreno de la felicidad”. Nadie mejor que él para alertarnos de que no hay que ser un idiota veinticuatro siete.

Avanzaba la democracia, llena de música y poesía. Los ochenta. Ganábamos el mundial en México (1986), con Charly (o sin Charly, “Privé”, 1986), con Fito Páez (“Lalala”, 1987), o solo, peleándola, y otra vez una cara en la tapa de un álbum, “Don Lucero” (1989), una especie de Doña Luz. Alrededor de su visión y sus leyes lo escuchamos cantar: “Hago un barco con el molde de tu cuerpo, quiero verlo en el mar”. Elementos que no pueden alcanzarse sino en su timbre, en su fonema. Sigue haciendo del espantapájaros un esqueleto que fuma, del pirata de juguete un piloto en el desierto. No sabe lo que va dejando, pero lo va haciendo. Un cuadro tres sesenta que se va a fundir al final. Eso sí, como no es yanqui ni europeo, como no tiene a Yoko, su talla se mantiene dentro de una burbuja apenas selecta, pero va pintando el Guernica. Nadie lo sabe, ni siquiera él. Nadie se lo encargó. Tampoco cayó una bomba. Pero lo hace.

image

Lo vi muchísimas veces en vivo, en Mendoza y en otras partes. Siempre experimenté lo infinito de su cabina compositiva. Siempre presentí que estaba delante de Picasso, de Dalí, de Borges, de Bruce Lee, de Lennon. Pasan los años y mi corazón lo confirma. Su música sirvió para sanar dolor. Todos los noventa de MTV, su “Pelusón of milk” (1991), su Unplugged “Estrelicia” (1997), su invisibilidad ante los medios, y al fin su álbum doble “Spinetta y los socios del desierto” (1997). Antes de tocar "Cheques" en pleno Teatro Independencia de Mendoza, anunció: “seguimos en la cerrajería” y de inmediato lanzó el riff con Marcelo Torres en el bajo. Un trío que retomaba la distorsión y los solos eternos. “Sauna de lava eléctrico” llamó al álbum en vivo grabado en Paseo La Plaza, “San Cristóforo” (1998). De pronto, en medio de la demoledora agrupación, también logró cantar: “mientras la luna brille y el sol no caiga, yo estaré feliz”.

El mundo es cuestión de días y de años, claro. Su obra extiende esos pasajes, no caben dudas. El mundo sin él, sin su presencia física, es mucho más indiferente. Cuando murió John Lennon, él dijo que entristeció mucho, que sentía desamparo de su energía en esta vida, de su fuerza noble y buena. Lo mismo que sentimos nosotros ahora sin vos. Ya estaba avanzada su alma cuando toda su última etapa creativa ingresó en anillos de excelencia, de gratitud, de una belleza y una altura monumental: “Silver Sorgo” (2001), “Para los árboles” (2003), “Pan” (2005) y “Un mañana” (2008). Se cerraba lo que había empezado allá, lejísimo. Llegamos a Vélez (“Spinetta y las bandas eternas”, 2010) sin noción de lo que eso era o de lo que iba a ser. Culminó el Cristo Redentor de Brasil, el David del Renacimiento, el Ejército de Terracota, la Estatua de la Libertad, la Esfinge del Cairo, la Venus de Milo, las llamadas telefónicas de Tangalanga, y asimismo su arquitectura no se pareció a nada. Ni al Guernica ni a la Fórmula 1. Su obra es un árbol lleno de raíces por debajo de la tierra y por encima del mundo, repleto de frutos.

En un audio con su voz, en una de sus últimas entrevistas, dijo: “quisiera no pensar demasiado en la muerte, y saber en última instancia que es un mundo de luz”.

Cuando todo en la actualidad es reducido a objeto, a consumo, a mercancías efímeras que esperan ser compradas o vendidas, él prefigura una conducta estética, una herencia diferente de ser. Hay una disposición sensible. Hay resplandor. Hay una actividad que no puede transferirse sino ingresando en su territorio. Hay equilibrio. Hay explosión. Una obra rítmica, pero no únicamente sonora. Tampoco estrictamente literaria. Son formas de orientar la antena en el lapso de la vida. Es un maestro yesero. Un karateca. Un lapidario epitafio hecho en chiste. Un horizonte lleno de elementos fluorescentes que sólo ocurren al amanecer.

Una vez lo vi de cerca. Aún tiemblo de sólo recordarlo. Lo abracé. Aquella vez me dijo: “vos sos fan mío como yo soy fan de Fito, los dos somos fans por amor”. Esta vez me llega su temblor desde los márgenes de la totalidad, con su proporción de belleza puesta en la cuchara, lista para servirla.

*El autor de la columna es sociólogo y escritor.

LAS MAS LEIDAS