¿Qué pasa cuando una clase universitaria deja de ser un espacio de transmisión de saber y se convierte en un territorio de exposición, fragilidad y riesgo? En Pundonor, el monólogo escrito e interpretado por Andrea Garrote y codirigido con Rafael Spregelburd, esa pregunta no se formula de manera abstracta: se encarna. En escena, una profesora universitaria vuelve al aula después de una licencia prolongada para dictar una introducción al pensamiento de Michel Foucault. Pero algo se ha quebrado. La clase se desarma, la teoría se contamina de biografía y el discurso académico se vuelve un campo minado.
Estrenada en 2018 y convertida con los años en un verdadero clásico de la cartelera porteña, Pundonor lleva más de una década interrogando, con humor corrosivo y una notable potencia actoral, los vínculos entre saber, poder y subjetividad. No es casual que haya recibido el Premio Konex al mejor unipersonal de la década ni que haya recorrido escenarios de Argentina, Latinoamérica y Europa: la obra trabaja sobre un “particular universal”, ese punto íntimo donde la crisis de una docente resuena como espejo de una época.
En tiempos de redes sociales y vigilancia difusa, Pundonor propone una experiencia teatral que es también un simulacro de clase, una confesión pública y una reflexión política sin consignas. Pundonor se podrá ver el viernes 9 y sábado 10 de enero en Teatro en Casa, Delgado 272 de Ciudad (con entradas anticipadas al 2616481664). La llegada de la obra a Mendoza no sólo amplía su itinerario geográfico: reactiva una conversación urgente sobre la educación pública, la cultura y el valor de la palabra como espacio de resistencia. Estilo conversó esta semana con la dramaturga, actriz y docente Andrea Garrote, quien anticipó aspectos y alcance de su obra.
—Hablemos de Pundonor, el monólogo que vas a hacer acá en Mendoza.
—Es una obra muy especial para mí, porque la escribí en 2016, la estrené en el 2018 y la sigo haciendo hasta ahora. Vamos a hacer la décima temporada en Buenos Aires el año que viene.
La obra tuvo varios premios de dramaturgia y actuación, obtuvo el Konex a mejor unipersonal. Viajamos con ella por muchísimos lugares. E hicimos dos temporadas en España. Una semana después de estar en Mendoza, la vamos a estrenar en Italia, en una versión en italiano, en el Teatro Duetto, de Parma. Así que es una obra que me ha dado muchas satisfacciones.
—¿Y qué tiene Pundonor que ha logrado este reconocimiento?
—Me parece que las obras que funcionan así es porque tienen un “particular universal”, algo que por más que sean imágenes muy específicas —de esta profesora de sociología, que tuvo un incidente, que vuelve a dar clase— todos se pueden sentir identificados con sus problemas existenciales.
Entonces es una obra que produce mucho humor y que también emociona. Me parece que por eso del “particular universal” la gente se identifica. Y además de reírse creo que produce una empatía y una emocionalidad importante.
—El monólogo suele ser una prueba de riesgo para cualquier actriz. ¿Dónde sentís que está el mayor desafío en Pundonor?”
—Sí, como monólogo, tiene una característica que busqué como dramaturga, que es que pasara algo en ese presente. Ella viene a dar una clase después de mucho tiempo y eso la tiene nerviosa y entiende que tiene que empezar a explicarse y ahí se va embarrando cada vez más. Eso produce cierto humor y cierto riesgo.
—¿Hay una reflexión sobre la educación o sólo es la crisis existencial de una docente?
—Es una obra que tiene mucho cariño por la educación pública, por la universidad, por los profesores que con tanta generosidad dan esos teóricos extensos y tienen que estar pensando en voz alta en una sociedad que cada vez se ha vuelto más policíaca del pensamiento. Porque están las redes sociales, están los teléfonos, los celulares, ahí siempre dando vuelta…
—La obra también es oportuna por lo que viven en este momento la educación, el teatro y la cultura argentina.
—Sí, sí, la verdad. A veces es difícil quejarse desde la cultura, desde el sector cultural. Uno siente que habiendo tantos problemas de salud, con los discapacitados, con gente que está tan mal, niños sin sus necesidades básicas cubiertas... Uno dice: no me voy a andar quejando yo por el teatro, por el cine. Pero la verdad es que todo es importante, todo construye una nación, un país, y todo dinamiza la economía y da prosperidad a un pueblo. Y la educación es fundamental. Me parece que no es gratuito el ataque a la cultura y a la educación, y tiene que ver con un país menos productivo.
—Has sido y sos este docente, ¿qué hay de tu propia experiencia en la obra?
—Nada de la anécdota me ha pasado a mí, sin embargo tiene mucho de mis pensamientos y de lo que yo pensé leyendo a Foucault. Porque la clase que ella va a dar es de introducción al pensamiento de Michel Foucault, aunque después se desvíe y lo aplique a su propia historia. Entonces creo que también uno de los atractivos que tiene el monólogo es que el espectador entra en una suerte de simulacro de clase universitaria y revive unos temas que conmueven. Porque que alguien te explique un pensamiento es atractivo, y además si lo hace con cierto humor, mejor.
—Ha colaborado con vos en la puesta Rafael Spregelburd…
—Él vino a codirigir, porque yo necesitaba ayuda para pensar un poco el final. Una mirada de afuera siempre aporta. Al haberla escrito, yo tenía mucha idea del personaje y de cómo tenía que hacerla, lo que eran los ritmos y el humor. Trabajo con Rafael desde que somos chiquitos. Hicimos toda una trayectoria con el Patrón Vázquez, un grupo con el que viajamos muchísimo e hicimos varias obras en colaboración. Y entonces para mí la de él era una mirada muy cómplice. Y no quería un director que viniera a poner una mirada ajena al material. Rafa fue muy generoso en ese sentido. Así que eso fue como llamar un hermano teatral para que colaborara.
—¿Es tu primera presentación de una obra en Mendoza?
—No. Creo que vine como directora de La Madre, con Cecilia Roth el año pasado. Y también con Prima Facie, creo. Porque esas dos obras que dirigí anduvieron de gira y creo que vinimos a Mendoza.
—Pero con Pundonor es la primera vez, ¿no?
—Es la primera vez, sí. Sé que es una fecha un poco extraña, pero ojalá se puedan llenar esas funciones, porque es una obra que se volvió un clásico de la cartelera porteña y es hermoso poder llevarla a otros lugares. Ojalá el público teatrero de Mendoza la pueda disfrutar.