7 de diciembre de 2025 - 07:00

John Lennon: Imagina un mundo, pero no este

Mañana se cumplen 45 años de la muerte del integrante más revulsivo e icónico de The Beatles. Un puñado de impresiones inciertas en torno a la fecha.

Alguien pensó o escribió —por desgracia el que suscribe no recuerda quién— que las muertes de las figuras importantes suelen quedarse grabadas en nuestra memoria con el recuerdo de aquello que estábamos haciendo justo en el momento de enterarnos. La observación es opinable, aunque este redactor puede dar fe de que en su caso ese mecanismo se ha cumplido al pie de la letra en varias ocasiones.

La muerte de Maradona, por ejemplo. Quien suscribe puede recordar con precisión detallista dónde estaba y en qué circunstancias en el momento en que circuló, como la onda expansiva de una explosión, la noticia de la muerte del Dios del fútbol. Y algo similar le ha ocurrido con otros personajes: Fellini, Marcello Mastroianni, la Negra Sosa, Spinetta… Seguramente cada quien tendrá su propia lista —si es que la vaga hipótesis es compartida— porque, como quedó planteado unas líneas más arriba, todo el planteo resuena subjetivo y opinable.

En fin, todas esas figuras a las que parece no caberles la muerte. Mientras están vivos, uno se resiste a creer que a ellos también los alcanzará el zarpazo. No te mueras nunca, se dice en el barrio. Y es un poco peor cuando la muerte los alcanza en juventud.

Con nitidez insólita, después de tantos años, este redactor se acuerda de que esa mañana de diciembre de 1980 viajaba junto a un amigo, ambos parados, en un bondi que hacía el trayecto Avellaneda-Capital. Íbamos tal vez a nuestros precarios trabajos. La dictadura parecía acomodarse a sus anchas, aún le faltaban unos cuantos meses para darle otra vuelta de tuerca a la pesadilla, con la incursión diabólica a las Malvinas. La noticia nos había golpeado temprano. Y sentíamos la muerte de Lennon como otro despojo.

Tal vez podríamos barruntar que hasta ese 8 de diciembre vivíamos aún en un mundo John Lennon, o al menos en un tiempo en el que alguien como él era posible. Un mundo en el que cantar “Imagine all the people / sharing all the world”, como dice el himno del Beatle, aún no era del todo una ingenuidad. Pero tras ese funesto día, hace 45 años, es posible que hayamos pasado a vivir en un mundo que se parece más a las pesadillas de Mark Chapman que a los sueños de John Lennon.

Y quizá se trate nomás de la potencia de un disparo en el tiempo. O de cuatro, porque, según las crónicas, cuatro fueron las balas que impactaron en el cuerpo de Lennon.

Mark David Chapman tenía 25 años cuando acabó con la vida del Beatle más irreductible y cuestionador. También según las crónicas, no escapó tras el atentado. Dicen que se quedó en la vereda, leyendo un ejemplar de El guardián entre el centeno, la novela de J.D. Salinger con la que estaba obsesionado.

Y puede que no sea demasiado exagerado decir que hay un antes y un después de ese terrible asesinato con que empezaría la década de los ’80.

En el mundo Lennon aún deliberábamos asuntos como si los Beatles se habían separado por culpa de Yoko, si John era mejor artista que Paul, si Ringo era buen baterista, si los Beatles volverían alguna vez a juntarse. Algunos oíamos con una cierta desconfianza los temazos de Wings, porque al fin y al cabo al bueno de Paul le faltaba esa cosa revulsiva que John prodigaba. Y sus discos (todavía existían los discos) eran escuchados ceremonialmente, como se escucha una revelación: Imagine, Mind Games, Walls and Bridges, Double Fantasy. Y a unos cuantos ese ritual nos mantenía en contacto con algunas pulsiones más relevantes, como la idea de que la música o la poesía o el arte estaban ahí para cambiarlo todo. Lennon funcionaba un poco como propiciador de todas esas esperanzas.

Pero un balazo es un balazo.

Y tras esa detonación, el mundo post Lennon fue decantando sin prisa pero sin pausa. Se cayeron muros, se impugnaron las utopías, un japonés declaró el fin de la historia, espeso e incombustible se instaló ese tiempo al que se llamó “la posmodernidad”.

Todos hemos ido siendo colonizados al fin por la distopía. No hay utopía, bueno entonces por qué no explorar la distopía.

Eso sí: podemos tener en nuestros smartphones la música y los libros que se nos canten. Todos los días hay nuevas canciones, nuevos artistas, nuevos libros, nuevos autores. La industria y el mercado los producen sin parar y la calidad es lo de menos. Tenemos el rap, el trap, el pop, el reggaetón. Tenemos las fakes, las redes sociales, los vínculos virtuales. Tenemos las películas, las series, las plataformas. Y podemos sentarnos en la noche frente a televisores de 50 pulgadas a ver películas de zombis o que nos muestran las distintas variantes del fin del mundo. La verdad y hasta la realidad descendieron de categoría. Allá afuera ya no se puede hacer nada, porque hay Mark Chapmans por todas partes y algunos hasta han conseguido rango presidencial.

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