Entrar a La luna en el agua es aceptar que no habrá una butaca desde la cual mirar pasivamente. Hay que elegir, caminar, abrirse paso, esperar, abandonar una historia para encontrar otra. Entre vino, tapeo y teatro, la experiencia propone un recorrido por algunas zonas íntimas de la vida —la infancia, el primer amor, el olvido, la revancha, la última voluntad— bajo la sombra persistente de una pregunta: ¿qué parte de aquello que vemos estamos dispuestos a creer?
Hay espectáculos que suceden en una sala y otros que necesitan de un espacio para existir. La luna en el agua, presentada en el marco de FESTIM (Festival de Teatro Inmersivo), pertenece a esta segunda categoría. Eviterna, la casona de Jesús Nazareno, en Guaymallén, no es un simple escenario: es parte de la dramaturgia. La galería principal, sus habitaciones, pasillos y sus rincones construyen un dispositivo que obliga al espectador a abandonar la comodidad de la butaca y asumir una responsabilidad poco habitual: decidir.
Y quizás no sea casual que la identidad gráfica de FESTIM parezca anticipar esa experiencia. La alusión directa al Op Art, con figuras casi hipnóticas, producen la sensación de que la imagen se mueve, se abre y nos absorbe hacia su interior. Mirar el banner es de algún modo empezar a entrar. Esa gráfica dialoga con una de las premisas fundamentales del teatro inmersivo: ya no se trata de ser pasivo sino de involucrarse en el juego.
Un mapa para La luna en el agua
En La luna en el agua, el mapa que recibe el público antes de comenzar parece, en principio, una herramienta para orientarse. Pero pronto se transforma en otra cosa: una suerte de cartografía emocional. Olvido, Revancha, Primer amor, Última voluntad, Infancia, Psico-cita. Seis nombres que podrían ser capítulos de una vida, habitaciones de la memoria o estados de ánimo. Y entre ellos, un hall que funciona como territorio de tránsito. No hay un único recorrido posible. Tampoco hay garantía de haber visto todo. La obra se completa, en buena medida, con aquello que cada espectador decide buscar.
La luna en el agua: este mapa se ubica al inicio del recorrido por la obra teatral.
Esa libertad es uno de los grandes aciertos de la propuesta. El público puede esperar, entrar, salir, cambiar de rumbo, quedarse en un lugar o aventurarse hacia otro. Mientras una historia sucede a pocos metros, otra comienza detrás de una puerta. La dirección de un equipo numeroso de intérpretes –ocho actrices y actores- está a cargo de Santiago Silva y Lucas La Rosa quienes junto a los técnicos se funden y confunden en el paisaje mutante. La supervisión afinada es uno de los méritos que hacen que el engranaje funcione con precisión y que el artificio respire en sincronía. Aunque la claustrofobia subterránea que genera el recinto Revancha y la presencia de un arma de fogueo podría ser revisada para que lo inmersivo no termine en intimidación.
La muerte como transición
Inspirada en el Bardo Thödol (el libro tibetano de los muertos), La luna en el agua trabaja con la idea del tránsito y con la dificultad de distinguir lo real de aquello que apenas es apariencia. De allí la potencia de su título: la luna reflejada sobre el agua puede verse con absoluta nitidez, pero es imposible tocarla. El reflejo existe y, sin embargo, engaña. Algo parecido sucede con el teatro: creemos durante un instante en aquello que tenemos delante para luego recordar que se trataba de una construcción.
Pero la experiencia encuentra también sus zonas menos convincentes. El dispositivo resulta, por momentos, más potente que las interpretaciones que lo habitan. Hay actuaciones que encuentran el tono y consiguen una relación muy divertida con el público, la experiencia vinculada al programa de una pretendida influencer conducida por Camila Vitoloni es particularmente eficaz. También resultan convincentes los roles de Lautaro Rivamar Fontana junto a su compañera de sala Carolina Chisari, que nos hacen padecer el fastidio real de completar formularios.
En cambio, hay algunas situaciones que se recuestan demasiado pronto sobre el melodrama. Algunos “episiodios” que podrían abrirse al absurdo, al juego o incluso a la incomodidad terminan conducidas hacia la tristeza. Acá aparece una pregunta que la obra habilita: ¿por qué hablar de la muerte obliga necesariamente a ponerse solemne? La muerte está presente de manera insistente y su aparición tiene sentido dentro del universo conceptual que propone el espectáculo. Sin embargo, justamente porque la puesta dispone de tantos ambientes, recorridos y registros posibles, se extraña a veces una mayor diversidad emocional. Frente a lo trágico podría aparecer lo disparatado; frente a la pérdida, la celebración; frente al miedo, el humor. La muerte también puede ser absurda, cotidiana, incómoda o incluso lúdica.
El papel del espectador
Quizás esa sea la tensión más interesante de La luna en el agua: propone un espectador libre, pero no siempre le concede la misma libertad para sentir. Cuando confía en el espacio, en el juego y en la curiosidad, la experiencia crece. Cuando intenta señalar demasiado claramente dónde está la emoción, pierde parte de esa magia.
Hay algo tan atractivo como inquietante en la posibilidad de atravesar el chalet español de principios del siglo XX con una copa de vino en la mano, probando un tapeo, escuchar una voz detrás de una puerta y preguntarse si nos animamos a entrar. En esa convivencia entre lo cotidiano y lo teatral, entre la gastronomía y la ficción, entre la intimidad sensorial y el desplazamiento en grupo.
Al final, acompañados por la voz serena de Sofía Balastegui quedan las imágenes de ese cuadernito y la advertencia de no dejarse atrapar por las ilusiones. Entonces todo parece volver al principio: la casa, las historias, los personajes, la luna reflejada, incluso nuestras propias emociones. Quizás el verdadero desafío que propone La luna en el agua no sea descubrir qué hay detrás de cada puerta, sino aprender a mirar aquello que aparece delante de nosotros sin obnubilarnos por su reflejo.
Porque la luna está ahí. Lo que nunca podremos atrapar es su imagen en el agua.
Texto: Silvia Lauriente
Ficha técnica
La luna en el agua
Dirección: Lucas La Rosa y Santiago Silva
Producción y técnica: Santiago Funes
Intérpretes de Impacto Sensorial: Juana Rivadineira; Camila Vitoloni; Keko Barrios; Nicolás Peralta; Mercedes Podestá; Lautaro Rivamar Fontana; Carolina Chisari; Sofía Balastegui.
Función: Sábado 5 de septiembre a las 20.30
@casaeviterna