Cuando uno se prepara para ver algo titulado "El agente secreto", espera lo habitual: un héroe con pistola y traje, intrigas geopolíticas, alguna persecución... Pero Kleber Mendonça Filho (ese virtuoso que regala historias mínimas como "Aquarius" o westerns psicodélicos como "Bacurau") no está interesado en cumplir nuestras expectativas, sino en brindarnos experiencias transformadoras.
"El agente secreto", que estrenó en salas el jueves pasado, es una película extraña y por momentos tan extenuante como un desfile de carnaval o una ruta interminable en el sertão. Está nominada al Oscar en Mejor Película, Mejor Película Extranjera y Mejor Actor Protagónico.
De qué trata la película
Ambientada en el Recife de 1977, en el corazón de la dictadura militar, la historia sigue a Marcelo (Wagner Moura), un ingeniero que se vuelve en una figura incómoda para un régimen corrupto. Su negativa a privatizar un centro de investigación lo convierte en una presa. Pero esto no es un thriller de persecución al uso. No hay épica, sino la cotidiana tristeza e incertidumbre de alguien que sabe que puede encontrar la muerte a la vuelta de la esquina. Escondido en una casa junto a otros perseguidos, se pasea como sombra en una sociedad convulsionada por el carnaval y la violencia. Y ciertamente, hay algo profundamente irónico y poético en la idea de un hombre que intenta desaparecer mientras su entorno sale alegremente a la calle.
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Por qué hay que verla
Moura está impecable en su actuación contenida. Su Marcelo es un hombre triste y paranoico. Es un gran papel, nominado al Óscar con justicia, aunque a veces uno desearía que el guion le permitiera explotar un poco más.
Lo que hace que "El agente secreto" sea una experiencia única (y para algunos, exasperante) es su negativa a ir al grano. Mendonça Filho se toma la historia con calma, y nos desvía por todas las digresiones que considere oportunas: desde una largo prólogo para adentrarnos en la violencia cotidiana y la corrupción policial, hasta los guiños a "Tiburón" de Spielberg o las leyendas urbanas de Recife, como la "perna cabeluda". El uso del realismo mágico solo vuelve más poderoso el mensaje: un Brasil donde lo maravilloso comparte escenario con la degradación más terrible.
Visualmente, la película es una belleza. Se aleja de la planicie digital que asola el cine contemporáneo para ofrecernos algo táctil, saturado, vivo. Sin embargo, hay que admitirlo: el viaje de 2 horas y 40 minutos tiene sus baches.
Hay momentos que parecen alargar innecesariamente la película, y otros que se echan un poco de menos, como un desenlace más convencional. Aunque hay que decirlo: la resolución narrativa del director es magistral. Pero al fin, todo se olvida cuando asistimos a una escena como la del registro civil, donde un simple nombre gritado hiela la sangre. Es un alivio comprobar que no hacen falta estrellas de Hollywood ni efectos especiales para que una escena sea una lección de cine.