Este sábado al mediodía (12 hs), en la esquina de Mitre y Bogado, donde la plazoleta Vélez Sarsfield parece un islote desprendido de la plaza Irigoyen y la ciudad todavía respira un aire barrial, la Municipalidad de Mendoza rendirá homenaje a Pocho Sosa, una de las voces más familiares de la cultura cuyana. No será un acto cualquiera: será, más bien, una escena de reconocimiento.
La iniciativa no nació en un despacho, sino en la vereda. Fueron los vecinos de la Cuarta Sección quienes impulsaron la idea de celebrar la identidad cultural y destacar a uno de sus referentes más queridos. En ese marco, el cantor será distinguido como Vecino Destacado de la Ciudad.
Del otro lado del teléfono, Pocho habla con la calma de quien ha cantado mucho y vivido más. “Estoy muy agradecido… de alguna manera he dejado mis huellas culturales en la capital”, dice. No suena a balance, sino a constatación: como quien reconoce sus pasos en una calle conocida.
La geografía no es un dato menor. A una cuadra del lugar del homenaje, en esa misma zona, vivieron sus padres. “Yo alcancé a vivir con ellos un tiempo… me une esa etapa de mi vida con el barrio”, cuenta. La escena, entonces, adquiere otra densidad: no es sólo un reconocimiento institucional, es también un gesto íntimo, casi doméstico, como si la ciudad le devolviera algo de aquello que él le dio en canciones.
El acto, previsto para el mediodía, tendrá música en vivo, con la participación de de la Orquesta, el Ballet municipal y artistas invitados. La idea es que no sea sólo un homenaje, sino una celebración abierta, un encuentro entre generaciones.
Pocho, sin embargo, no cantará. “No estoy en condiciones todavía”, aclara, sin dramatismo. Su presencia será otra: la del que recibe, agradece y observa. Una pausa en la voz, pero no en el vínculo.
Hablar de Pocho Sosa es, inevitablemente, hablar de una forma de entender la música cuyana. Dueño de un estilo sin estridencias, su canto ha sabido sostenerse en la memoria de su público. A lo largo de décadas, de la grabación de más de quince discos, de sus actuaciones con la Negra Sosa y de otros varios momentos brillantes de su carrera, su nombre se volvió inseparable de escenarios mayores como la Fiesta Nacional de la Vendimia, pero también de peñas, festivales y encuentros donde la canción circula como un bien compartido.
Integró proyectos colectivos fundamentales para la proyección del folclore regional y construyó una trayectoria que combinó repertorio clásico con composiciones propias, siempre con un fuerte anclaje en la identidad mendocina. Más que un intérprete, Pocho fue —y es— un transmisor: alguien que hace de la canción un puente entre generaciones.
Esa dimensión es la que explica, en parte, por qué el homenaje nace desde abajo. No es sólo reconocimiento a una carrera, sino a una presencia. A una forma de estar en la cultura. De ahí es que en la entrevista con Estilo, el Pocho declare que: “Me siento totalmente agradecido por este homenaje, pues de alguna manera he dejado también mis huellas culturales en la capital en otras épocas de mi vida artística.”
Como no podía ser de otra manera, en medio de la charla — el Pocho es ferviente hincha del Azul— se desliza el triunfo de la Lepra en el Maracaná el miércoles. “Estoy orgulloso de ese triunfo”, dice. Y recuerda que en su infancia y adolescencia vivió a una cuadra del club y que hasta pasó en algún momento por las divisiones inferiores. “¿Qué más puede pedir un leproso que ver a su Lepra querida ya en otro nivel deportivo?”, reflexiona. Y ante la pregunta de si vio el partido con mucho nervio, responde: “¡Y qué te parece! Pero hasta que pusimos el dos a uno, me las banqué…”
Quizás de eso se trate todo esto. De un artista que nunca dejó de ser parte de un territorio y de una comunidad que decide nombrarlo, señalarlo, agradecerle.
El sábado, a las 12, en esa esquina de la Cuarta Sección, Mitre y Bogado, donde está la plazoleta Vélez Sarsfield y casi enfrente la plaza Irigoyen, no habrá sólo un acto. Habrá algo más difícil de definir: una especie de círculo que se cierra sin clausurarse, como esas tonadas que parecen terminar pero siguen vibrando en el aire. Porque si algo queda claro en la historia de Pocho Sosa es que su voz —aun en silencio— sigue siendo una forma de pertenecer a la ciudad mendocina.