12 de noviembre de 2013 - 20:55

Esos alemanes deprimentes

Funcionarios alemanes están furiosos con Estados Unidos, y no sólo por el asunto del teléfono celular de Angela Merkel. Lo que los hizo enfurecer ahora es un (largo) párrafo en un informe del Tesoro estadounidense sobre políticas exteriores económicas y monetarias. En él, el Tesoro argumenta que el enorme excedente de Alemania en la cuenta corriente -una amplia medida de la balanza comercial- es dañino y crea “un prejuicio deflacionario en la Eurozona, así como en la economía mundial”.

Enojados, los alemanes declararon “incomprensible” a este argumento. “No hay desequilibrios en Alemania que requieran una corrección de nuestras políticas económica y fiscal, amigables con el crecimiento”, declaró un portavoz del ministerio de Finanzas de ese país.

Sin embargo, el Tesoro tenía razón, y la reacción alemana fue perturbadora. En primer lugar, fue un indicador de la persistente negativa de los formuladores de políticas en Alemania, en Europa más en lo general y, para el caso, en todo el mundo, a reconocer la naturaleza de nuestros problemas económicos. En segundo lugar, demostró la desafortunada tendencia de Alemania a responder a cualquier crítica a sus políticas económicas con gritos de victimización.

Primero los hechos. ¿Se recuerda el síndrome de China, en el cual la economía más grande de Asia tenía enormes excedentes comerciales gracias a una moneda subvaluada? Bueno, China sigue teniendo excedentes, pero ya se redujeron. Entre tanto, Alemania ha tomado el lugar de China: el año pasado ella, no China, tuvo el mayor excedente del mundo en la cuenta corriente.

Y medido como parte del PIB, el excedente de Alemania fue de más del doble del de China.

Bien, es cierto que Alemania ha tenido excedentes grandes durante casi una década, no obstante, al principio, cargaban con enormes déficits en el sur de Europa, financiados con gran afluencia de capital alemán. Europa en su conjunto siguió teniendo un comercio más o menos equilibrado.

Luego llegó la crisis, y se colapsó el flujo de capital a la periferia de Europa. Los países deudores se vieron obligados -en parte por insistencia de Alemania- a adoptar una austeridad dura, con la que se eliminaron los déficits comerciales. Sin embargo, algo salió mal. El estrechamiento de los desequilibrios comerciales debió haber sido simétrico, por lo que los excedentes alemanes debieron haberse reducido junto con los déficits de los deudores.

En su lugar, Alemania no hizo absolutamente ningún ajuste; los déficits en España, Grecia y otras partes se redujeron, pero no así los excedentes alemanes.

Eso fue algo muy malo para Europa porque el hecho de que Alemania no ajustara magnificó el costo de la austeridad. Por ejemplo, España, el país con el mayor déficit antes de la crisis. Era inevitable que ese país enfrentara años difíciles a medida que aprendía a vivir dentro de sus posibilidades. No obstante, no era inevitable que el desempleo español fuera de casi 27 por ciento y entre los jóvenes de casi 57 por ciento. Y la inflexibilidad de Alemania contribuyó en forma importante al dolor de España.

También ha sido algo negativo para el resto del mundo. Es aritmética simple: dado que el sur de Europa se vio obligado a terminar con sus déficits mientras Alemania no redujo sus excedentes, Europa en su conjunto maneja grandes excedentes comerciales, lo que ayuda a mantener deprimida a la economía mundial.

Funcionarios alemanes, como hemos visto, respondieron a todo esto con enojadas declaraciones de que la política alemana ha sido impecable. Lo siento, pero eso (a) no importa y (b) no es cierto.

Por qué no importa: cinco años después de la caída de Lehman, la economía mundial sigue deprimida, sufriendo de una escasez persistente de demanda. En este entorno, el país que tiene excedentes comerciales está, para usar la vieja frase, arruinando a sus vecinos. Está desviando el gasto en sus productos y servicios hacia los propios, con lo cual les está quitando empleos. No importa si lo hace maliciosamente o con la mejor de las intenciones, de cualquier forma, lo está haciendo.

Más aún, sucede que Alemania no está libre de culpa. Comparte una moneda con sus vecinos, lo que beneficia enormemente a los exportadores alemanes, quienes pueden ponerle precio en euros débiles a sus productos, en lugar de en lo que de seguro habría sido un marco alemán en aumento. No obstante, Alemania no ha cumplido su parte del trato: para evitar la depresión europea, tendría que haber gastado más conforme sus vecinos se veían obligados a gastar menos, y no lo ha hecho.

Los funcionarios alemanes, claro, no aceptan nada de esto. Consideran que su país es un resplandeciente ejemplo a seguir, al que deben emular todos, y el hecho incómodo de que no todos podemos tener excedentes gigantescos, simplemente no hace mella.

Y el asunto es que no son sólo los alemanes. El excedente comercial de Alemania está haciendo daño por la misma razón que reducir los vales de alimentos y las prestaciones por desempleo en Estados Unidos destruye empleos, y los políticos republicanos son casi tan receptivos como los funcionarios alemanes ante cualquiera que trata de señalarles su error.

En el sexto año de una crisis económica mundial cuya esencia es que no hay suficiente gasto, muchos formuladores de políticas todavía no lo entienden. Y pareciera que nunca lo entenderán.

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