Ya desde el nombre, el riesgo país, gran regulador de la angustia colectiva que supo tener en vilo a multinacionales y a mercerías de barrio, era un indicador explícito. Lo de ahora es un poco más sutil. “Además del nivel de las reservas hay que mirar día por día la brecha”, enseñan economistas a quienes se les reclama inútilmente el pronóstico extendido (por lo menos que digan cuánto durará el dólar oficial a ocho).
La brecha a la que se refieren, desde luego, es la cambiaria. Un porcentaje que eufemísticamente informa si el dólar paralelo se escapa o si el Gobierno logra adueñarse, por fin, de la situación.
Pues bien, en lo político existe otra brecha, tanto o más importante que el intersticio entre los dos verdes (uno de ellos, el negro, tontamente rebautizado azul).
Es aquella en la que el relato K se distancia de los sucesos terrenales. Mide cómo evoluciona la escasez de sentido común.
Muchos gobiernos a lo largo de la historia argentina negaron la posibilidad de devaluar el peso antes de devaluarlo, pero éste es el primero que niega haberlo hecho después de hacerlo. Desde luego, llegada la emergencia no cabe recomendar que para anunciar una devaluación un gobernante ponga la fanfarria de Also Sprach Zarathustra, de Richard Strauss.
Podría aceptarse que el mandamiento “no devaluaré” constituye una mentira blanca de uso universal.
Si ni siquiera hay demasiada diferencia entre la única frase que se recuerda de Lorenzo Sigaut -“el que apuesta al dólar pierde”- y la que pronunció hace poco Cristina Kirchner cuando dijo que “los que quieran una devaluación tendrán que esperar otro gobierno” (en el mismo discurso, dicho sea de paso, aseguró que el suyo “no es un gobierno de sorpresas”).
Lo nuevo es la decisión política de no hacerse cargo de la criatura, con el propósito de ser fiel, antes que nada, al relato. Esfuerzo que empujó al Gobierno a una contradicción superior, la de sostener que fueron las presiones especulativas contra los países emergentes las que concibieron el dólar oficial a ocho, para celebrar, en un mismo acto, ese nuevo valor.
El kirchnerismo ya había exhibido su gusto por la retórica enrevesada, épica, siempre unidireccional, magistralmente ambigua, para decorar otros golpes de timón como la ley antiterrorista, la designación del general Milani, la “sintonía fina” (supresión de subsidios que arrancó con impronta patriótica y naufragó) o el acuerdo para indemnizar a Repsol.
Sólo que ahora se trató del dólar, que a la vista de todo el mundo lleva años controlado por el Banco Central, a su vez controlado, en forma consecutiva, por Néstor y Cristina Kirchner. La bulla sobre los malditos especuladores que querían el dólar a trece -de cuya existencia no hay por qué dudar, siempre sucede en ambientes devaluatorios-, a quienes la Presidenta quiso acusar, sin éxito, en el documento final de la Celac, en verdad intentó disimular la decisión de devaluar.
Relato y realidad chirriaron también en el debut del plan dólares para el pueblo, cuando gracias al Gobierno los bancos recuperaban el negocio cambiario y se ofrecían a estacionar los dólares que vendían. A esa hora, los pulgares de la Presidenta volvían a la gimnasia tuitera para decirnos que la culpa de todo la tienen los bancos.