El papa León XIV expresó, con toda razón, su preocupación por los efectos de la inteligencia artificial sobre los seres humanos. La IA razona a la velocidad de la luz y, acoplada a la naciente potencia de la computadora cuántica, podrá resolver problemas complejos que demorarían siete billones de años en tan solo diez minutos. Como él señala, explota la necesidad humana en detrimento de la dignidad humana. Desarrollada por potencias con ideologías opuestas e intereses creados, esta posibilidad se vuelve aún más probable; pero aun sin ellos, los riesgos ya existen.
En el mejor de los casos, la dependencia que genera puede tener efectos secundarios. La televisión acabó con la tertulia en las comidas familiares diarias; la computadora con corrección automática eliminó la necesidad de cultivar la caligrafía, la ortografía y la gramática. El resultado de la calculadora es sagrado para la mente no entrenada, que ya no detecta sus propios errores. La IA es todopoderosa, omnipresente, omnisciente y omnipotente, y tiene además la capacidad de entenderte y complacerte. Recién nacida, ya es utilizada como confesora, tutora, consejera y médica.
Unida a la robótica, su capacidad productiva no necesitará del esfuerzo humano. El ingreso universal alto proveerá abundancia con libertad y sin angustias económicas; todos seremos prósperos, sin envidias.
Pero la preocupación del Papa es premonitoria: ¿perderemos nuestra autoestima, nuestro pensamiento crítico, nuestra espiritualidad? ¿O será lo contrario: manipulación masiva, pérdida de capacidades, autocracia, ¿guerras automatizadas? La naturaleza del hombre y su historia nos enseñan que el mejor destino no se recibe, se conquista. Recemos, pero luchemos.
* Alejandro Isgut. Médico retirado.