Ella siempre le pedía que cerrara la ventana.
Cada noche, cada mañana, ella insistía en que él cerrara la ventana. Y él volvía a rechazar amorosamente la idea. Paulatinamente los jazmines llegaron a su máximo esplendor. Luego empezaron a marchitarse. Al fin murieron.
Ella siempre le pedía que cerrara la ventana.
Entonces él, riéndose, la estrechaba entre sus brazos y le repetía que era hermoso estar juntos y ver los jazmines bajo los tilos. Entre besos y caricias calmaba su frío y sus miedos.
Cada noche, cada mañana, ella insistía. Y él volvía a rechazar amorosamente la idea. Paulatinamente los jazmines llegaron a su máximo esplendor. Luego empezaron a marchitarse. Al fin murieron.
Con la primera lluvia de otoño él no tuvo a quién abrigar. Recién entonces comprendió que ella nunca había tenido frío ni miedo. Solo se resistía por amor al llamado natural que sienten los pájaros por la libertad.
* Beatriz Baudizzone. Escritora.