Cuando el remedio interrumpe el bocado

Justo cuando uno levanta el tenedor, aparece en pantalla una catarata de publicidades de medicamentos decididas a arruinarle el apetito a cualquiera.

Hay un momento sagrado en la vida civilizada: sentarse a almorzar o a cenar con la esperanza de que el mayor sobresalto del día sea descubrir que la milanesa venía con poca sal. Sin embargo, justo cuando uno levanta el tenedor, aparece en pantalla una catarata de publicidades de medicamentos decididas a arruinarle el apetito a cualquiera. Lo que iba a ser una comida tranquila se convierte en un festival de síntomas, efectos, urgencias corporales y escenas innecesariamente gráficas, como si la sobremesa hubiera sido tomada por asalto por un comité de mal gusto.

No se trata de negar que existan problemas de salud ni de esconder los botiquines detrás de una cortina de terciopelo. Se trata, más bien, de reconocer que cierta publicidad parece convencida de que toda reunión familiar necesita, entre el pan y el postre, una detallada excursión por intimidades ajenas y asuntos escabrosos presentados con una alegría digna de un programa de concursos. A fuerza de repetir el mismo anuncio tres, cuatro o cinco veces en un rato, el mensaje deja de informar y pasa a invadir. Ya no es publicidad: es una visita insistente, ruidosa y sin modales.

La regulación argentina ya exige que la publicidad de productos de venta libre sea clara, veraz y orientada al uso adecuado y racional, como surge del marco actualizado de la Anmat en la Disposición 4059/2025, y también viene reforzando criterios de legibilidad y comprensión en la publicidad masiva con la Resolución 12/2024. Pero quizá haya llegado la hora de agregar una regla de simple sentido común: que este tipo de avisos no se concentren en las franjas de almuerzo y cena, y que además se limite su cantidad de repeticiones dentro de un mismo bloque horario (Noticieros). Porque cuando el mismo anuncio aparece una y otra vez en pocos minutos, ya no compite por atención: produce saturación, fatiga y una forma bastante doméstica de contaminación visual y auditiva.

Nadie propone censurar la información sanitaria, ni mandar a los anuncios al exilio. Alcanzaría con pedirles algo mucho más modesto: educación horaria, sobriedad estética y un poco de respeto por la mesa servida. Si podemos aceptar que hay sonidos, imágenes y temas para cada momento del día, también podemos admitir que el almuerzo y la cena merecen una tregua. Después de todo, bastante difícil es digerir la realidad como para que encima haya que hacerlo con un locutor apurado y una avalancha de avisos empeñados en convertir cada comida en una experiencia farmacológica.

* José Luis Elustondo. DNI: 14.667.800

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