No le he prestado demasiada atención al presidente de Francia, François Hollande, desde que quedó en claro que él no iba a romper con la destructiva ortodoxia de la política de mentalidad de austeridad de Europa. Sin embargo, ahora él hizo algo verdaderamente escandaloso.
Por supuesto, no estoy hablando de su presunta aventura con una actriz, que, incluso si es cierto, no causa sorpresa (oigan, es Francia) ni resulta perturbador. No, lo que es impactante es su aceptación abierta de desacreditadas doctrinas económicas de tendencia conservadora.
Es un recordatorio de que los presentes pesares de Europa en la economía no pueden atribuirse exclusivamente a las malas ideas de la derecha. Sí, conservadores insensibles y obstinados en el error han estado impulsando la estrategia, pero han sido inducidos y facultados por políticos débiles y atolondrados en la izquierda moderada.
Justo ahora, Europa parece estar saliendo de su recesión de doble caída y creciendo un poco. Sin embargo, este ligero ascenso llega tras años de un desempeño desastroso. ¿Cuán desastroso? Consideremos: Para 1936, a siete años de la Gran Depresión, buena parte de Europa estaba creciendo a grandes pasos con el PIB real per cápita alcanzando nuevas cimas de manera constante. Marcando un contraste, el PIB real de los europeos per cápita actualmente sigue estando muy por debajo de su pico y, en el mejor de los casos, sube lentamente.
Estar peor de lo que se estaba en la Gran Depresión es, pudiera decirse, un logro notable. ¿Cómo lo lograron los europeos? Bien, en los años ‘30, la mayoría de los países europeos abandonaron con el tiempo la ortodoxia económica: salieron de la norma del oro; dejaron de tratar de equilibrar sus presupuestos; y algunos de ellos empezaron con grandes acumulaciones militares que tuvieron el efecto secundario de proporcionar un estímulo económico. El resultado fue una firme recuperación de 1933 en adelante.
Europa en tiempos modernos es un lugar mucho mejor moral y políticamente, así como en términos humanos. Un compromiso compartido con la democracia ha traído paz perdurable; redes de seguridad social han limitado el sufrimiento a raíz del alto desempleo; la acción coordinada ha contenido la amenaza del colapso financiero.
Para mala fortuna, el éxito del Viejo Continente para evitar el desastre ha tenido el efecto secundario de permitir que gobiernos se aferren a políticas ortodoxas. Nadie ha dejado el euro, aun cuando es una camisa de fuerza monetaria. Sin necesidad de impulsar el gasto militar, nadie ha roto con la austeridad fiscal. Todos están haciendo lo seguro, lo supuestamente responsable; y la crisis persiste.
En este deprimido y deprimente panorama, a Francia no le está yendo particularmente mal. Obviamente, ha estado a la zaga de Alemania, que ha sido apuntalada por su formidable sector de exportaciones. Sin embargo, el desempeño francés ha sido mejor que el de la mayoría de las otras naciones europeas. Y no solo estoy hablando de los países en la crisis de la deuda. El crecimiento galo ha superado el paso de pilares de la ortodoxia del nivel de Finlandia y Países Bajos.
Es cierto que los datos más recientes muestran a Francia incapaz de compartir el ascenso general de Europa. La mayoría de los observadores, incluido el Fondo Monetario Internacional, atribuyen mayormente esta reciente debilidad a políticas de austeridad. Sin embargo, Hollande ya habló claramente sobre sus planes de cambiar el rumbo de Francia; y es difícil no abrigar una sensación de desesperación.
Para Hollande, al anunciar su intención de reducir impuestos sobre los negocios, al tiempo que recorta gasto (no especificado) para compensar el costo, declaró: “Es sobre la oferta que necesitamos actuar”, declarando después que “la oferta de hecho crea la demanda”.
Ay, no. Eso hace eco, casi letra por letra, a la falacia desbancada hace largo tiempo atrás, conocida como la Ley de Saw: el alegato en el sentido que la carencia general en la demanda no puede ocurrir, debido a que la gente tiene que gastar su ingreso en algo. Esto sencillamente no es cierto, y sigue siendo nada cierto como un asunto práctico al comienzo de 2014.
Toda la evidencia dice que Francia rebosa de recursos productivos, tanto laborales como de capital, que están ociosos porque la demanda es insuficiente. Para una prueba, solo hace falta echarle una mirada a la inflación, que está bajando rápidamente. De hecho tanto en Francia como en Europa en general se están acercando peligrosamente a una deflación al estilo japonés.
Entonces, ¿cuál es el significado del hecho que, en este de todos los momentos, Hollande haya adoptado esta desacreditada doctrina?
Como dije, es una señal del desafortunado centro-izquierda de Europa. Durante cuatro años, Europa ha estado en las garras de la fiebre de austeridad, con resultados mayormente desastrosos es revelador que el ligero ascenso de ahora esté siendo acogido como si fuera un triunfo de la estrategia.
Dada la penuria que estas políticas han infligido, pudiera haberse esperado que políticos de centro-izquierda argumentaran hasta el cansancio por un cambio de rumbo. Sin embargo, en todas partes por Europa, el centro-izquierda ha ofrecido (por ejemplo, en Reino Unido) en el mejor de los casos algunas críticas débiles a medias, y con frecuencia simplemente se rebajaron sumisamente.
Cuando Hollande se convirtió en el líder de la economía del euro en segundo lugar, algunos de nosotros esperábamos que él pudiera asumir una defensa. Más bien, él cayó en el servilismo usual: servilismo que ahora se ha convertido en colapso intelectual. Y la segunda depresión de Europa sigue y sigue.