Nos enteramos de mucho a partir de ese gran informe del Comité de Inteligencia del Senado estadounidense sobre tácticas de la CIA para interrogatorios después del 11 de setiembre. Fue lo que pudiera haber sido la primera vez en la historia estadounidense que el término “hidratación rectal” apareció en periódicos familiares a lo largo del país.
Una de las partes más inquietantes involucra el hecho de que el ahogamiento simulado, baños de hielo y golpes contra paredes fueron conducidos bajo la dirección de un contratista externo.
No es la primera vez que el gobierno ha recurrido a la empresa privada y termina con un desastre de derechos humanos: digamos Abu Ghraib. O Blackwater. Sin embargo, este parece un lugar excelente para exigir un cese.
Los nombres de los especialistas son James Mitchell y Bruce Jessen. Al igual que muchos contratistas que trabajan para el gobierno, ellos mismos son ex trabajadores del gobierno; en este caso, psicólogos militares.
Y como prácticamente todos los contratistas que trabajan para el gobierno, estaban ganando mucho más de lo que habrían obtenido como empleados federales. En este caso, alrededor de 80 millones de dólares.
Mitchell y Jessen habían adquirido su experiencia enseñando a oficiales de la fuerza aérea a resistir los brutales interrogatorios al estilo de la Guerra Fría. Visualicen pilotos que son derribados detrás de líneas enemigas y son torturados por comunistas.
Y para lo que sabemos, ellos bien pudieran haberse desempeñado muy bien enseñándoles a sus pupilos a soportar la presión de registrar una declaración denunciando a Estados Unidos cuando se desploman en suelo norcoreano.
Sin embargo, no es precisamente lo mismo que intentar lograr que un presunto operador de Al Qaeda te diga dónde se oculta Osama bin Laden. Además, Mitchell y Jessen no tenían experiencia como verdaderos interrogadores, no hablaban el idioma de uno solo de los detenidos y tampoco tenían conocimiento particular sobre el Islam o Al Qaeda.
Ellos sí tenían algunas teorías sobre el trabajo de otros psicólogos sometiendo perros a choques eléctricos al azar, hasta que les rompían por completo la voluntad de resistir. Quizá, pensaron ambos hombres, podían atormentar a seres humanos hasta el mismo estado de “impotencia aprendida”.
Vale la pena probarlo, ¿cierto? Mitchell y Jessen se propusieron aplicar la teoría a prisioneros que la CIA había reunido. Algunos de ellos ya habían estado cooperando con interrogadores. Resultó que otros no estaban involucrados con Al Qaeda de manera alguna.
Otros, indudablemente, eran malas personas con información que la CIA necesitaba, quienes se habían resistido a hablar bajo interrogatorios sin violencia. La pregunta entonces se convierte en si ellos cooperaban mejor bajo “impotencia aprendida” o meramente inventaban historias para aplacar a sus torturadores y enviar a la CIA en la dirección equivocada.
Hay muchos precedentes para el enfoque de inventos. Durante la II Guerra Mundial, un piloto estadounidense fue derribado sobre Japón tras el ataque de Hiroshima y fue torturado repetidamente para extraerle información sobre la bomba atómica, de la cual él no tenía la más mínima información.
Amenazado con la decapitación, el piloto les dijo a sus captores que Estados Unidos tenía 100 bombas atómicas y que Tokio era la siguiente en la lista de objetivos. La información espuria fue compartida de inmediato con el ministro de Guerra y el Gabinete japonés.
El informe del Comité de Inteligencia concluye que toda la tortura produjo muy poca información útil y posiblemente buena parte era inventada.
Si bien nos encantaría creer que el ángulo de los derechos humanos sería más efectivo para perturbar al pueblo estadounidense, las encuestas muestran que cuando se trata de sospechosos con posible involucramiento en terrorismo, la actitud popular hacia la tortura es más bien de indiferencia. Así que, de manera prudente, el gran punto del comité fue inútil y contraproducente.
“Ya es bastante malo hacerlo, punto. Pero, equivocado e inútil, es una dura combinación”, dijo el senador Sueldan Whitehouse de Rhode Island. Él estaba en el Comité de Inteligencia cuando el informe estaba siendo preparado y ahora encabeza un subcomité del Poder Judicial sobre delincuencia y terrorismo.
¿Y por qué los contratistas privados? Quizá porque los interrogadores del gobierno en sí tampoco creían que la tortura funcionara. Algunos se quejaron de que, después de la llegada de Mitchell y Jessen, prisioneros que cooperaban fueron repentinamente brutalizados bajo la teoría de que el enfoque original había sido demasiado “mariconizado”.
¿Qué hizo que la CIA decidiera que estos tipos eran un buen plan? ¿Qué no han visto la serie “Homeland” esta temporada? (desde que Saul dejó la CIA para convertirse en consultor privado, ha sido un desastre.)
“Efectivamente ,creo que hay algo sobre la cultura de compra: ‘No tenemos una respuesta, pero podemos comprarla’”, dijo Baher Azmy, el director legal del Centro de Derechos Constitucionales.
Tim Shorrock, el autor de “Espías a sueldo”, cree que es solo una manera de esconder cosas: “Las actividades de contratistas son ocultadas con mucha facilidad en presupuestos”.
Como es natural, defensores de la CIA se están levantando para desafiar los hallazgos en el informe. Prensa Asociada (AP) se puso en contacto con el mismo John Mitchell, quien dijo que el informe era “tan solo factual y demostrablemente incorrecto”, negándose después a precisar las inexactitudes.
Aduciendo un acuerdo de confidencialidad con la CIA, Mitchell no compartió mucho más, con la excepción de que el ahogamiento simulado seguía siendo mejor que ser muerto por un dron.