Es inolvidable la felicidad que disfrutábamos los mendocinos que convivimos la adolescencia en las gloriosas décadas de los años '40 y '50 del pasado siglo XX. Entonces la ciudadanía, laboriosa y respetuosa, no sufría la falta de tiempo, aún con menos confort, pero llevando una vida en paz, moderada, sin complicaciones.
Se producían entonces encuentros ocasionales y después del saludo de ocasión, se disponía de tiempo para conversar sobre la salud de la familia o cómo iban los chicos en la escuela. Teníamos la ventaja de vivir épocas sin inflación, con comerciantes prudentes con los precios de las mercaderías. Tal es así que había productos que no aumentaban de un año al otro o la diferencia eran centavos. Ropa, muebles y artefactos hogareños no sufrían casi incrementos. Un pasaje de tranvía o de micro valían $ 0,10 y la combinación $ 0.15; el kilo de carne, $ 0,25 y el litro de leche, $ 0,10. Por un café con leche con medialunas había que pagar $ 0,15 y el ejemplar de diario Los Andes costaba $ 0,10.
Las compras se hacían con mucha facilidad porque los valores se convenían en pagos semanales o mensuales con una libreta o un cuaderno, donde el comerciante anotaba cada entrega. No había cheques ni tarjetas de compras, así de sencillo.
En materia de medios de comunicación, nos servíamos de las informaciones de los boletines radiales y de un par de diarios, de manera que las noticias nos ocupaban poco tiempo. Salvo acontecimientos mayores, como fue el asesinato del político mendocino Carlos Washington Lencinas, senador nacional que fue herido de muerte mientras pronunciaba un discurso desde los balcones del Círculo de Armas, en la calle España, entre Gutiérrez y Necochea. Un delincuente contratado le disparó un tiro desde un árbol de la plaza San Martín.
Otro hecho que conmocionó en aquellas décadas fue la muerte en Medellín (Colombia) del cantor de tangos Carlos Gardel, ocurrida en un accidente aéreo cuando regresaba al país.
Esas eran las noticias que daban lugar a largas charlas en la calle, en el hogar o en el café.
Recuerdo como algo anecdótico que en aquellos tiempos la mujer no ingresaba a los bares y el hombre no lo hacía en lencerías o casas en las que se vendían prendas íntimas para la dama. Si alguna vez una mujer se le ocurría usar pantalones cuando acompañaba al marido, se la consideraba una "machona" y si fumaba lo hacía en la intimidad o en el hogar, pero nunca en la calle o en público.
Las relaciones de chicas y muchachos no prosperaban si el varón no tenía la aprobación de los padres que se obtenía pidiendo permiso para visitar a la hasta entonces amiga. La autorización era para verse en el living de la casa o en el zaguán, pero a la vista de todos, y sólo los jueves y domingos, entre las 18 y las 20 aproximadamente. Ah, y no podían tutearse hasta que no se formalizara el noviazgo. El paso siguiente era el pedido de la mano de la jovencita, en reunión familiar y fijando la fecha de compromiso con entrega de anillos. Cuando esto ocurría había una fiesta familiar en la casa de los progenitores de la novia.
Pasado el primer año de noviazgo se acostumbraba fijar la fecha de casamiento. La tradición era que el enlace se produjera "después de la cosecha", claro que previamente había que cumplir con la entrega de la participación de la boda, con la invitación a la fiesta y las consabidas recorridas por la casa de familiares y amigos. Los paseos que más disfrutaban los novios eran por las plazas públicas, donde ellos, y las familias, se reunían para caminar y disfrutar de la música que emitía la radio municipal, especialmente los domingos a la tarde hasta la noche.
Otro festejo que entusiasmaba mucho eran las retretas en las plazas y que se iban realizando en los paseos públicos de Luján de Cuyo, Maipú, Godoy Cruz, Chacras de Coria. Había música y baile y la concurrencia se divertía con sana alegría, y la juventud no caía en el flagelo de las drogas y el alcohol.
Cerraré esta narración con la evocación de los carnavales, que eran las fiestas más populares. Todos se divertían sanamente, aplaudiendo el paso de las murgas con sus atractivos disfraces, y los payasos, las serpentinas, el papel picado, la espuma y las bombitas de agua
Llamaba mucho la atención el desfile de carruajes, sulkys, chatitas y autos modelos 1920. Las municipalidades y asociaciones vecinales se encargaban de elegir una calle ancha para desarrollar el evento. Por ejemplo, en la Capital se cerraban las arterias comprendidas entre Necochea y Sarmiento y en Guaymallén se utilizaba el espacio que enfrentaba al municipio. La iluminación era reforzada, había banderas y banderines de distintos colores y se "alfombraba" el piso con flores e hinojo.
La verdad que eran fiestas familiares y divertidas que se repetían varios días y por eso eran muy esperadas, con una asistencia que crecía año a año, con entrada libre y gratuita.
Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.