Decir: "Mi terapeuta dice" está pasado de moda. En cambio decir: "Mi entrenador dice", es omnipresente, al menos en los consentidos recintos de las ciudades más cosmopolitas de una costa a otra.
Las tropas de entrenadores se multiplican y la adulación por ellos crece, aunque su función precisa cada vez sea más vaga; o más variable de un entrenador a otro, y de un cliente a otro. Los entrenadores son los sacerdotes de nuestra era. Son los acompañantes de nuestros días.
Son escuchas a sueldo, platicadores pagados; amigos por contrato que cobran por hora, sin incluir el agua. Y son los emblemas y las metáforas ridículamente aptas para esta particular coyuntura de Estados Unidos, en la que la gente de recursos parece pensar que no hay ningún problema -desde las calificaciones del niño hasta una panza desparramada- que no pueda resolverse echándole dinero y un presunto experto. Cualquier cosa se puede delegar. Cualquier tarea puede subcontratarse por fuera, incluso la sudoración.
Como me dijo una vez David Zinczenko, director editorial de la revista Men's Fitness: "Hay quien nos organiza el armario, pasea nuestro perro, crea nuestro perfil en los medios sociales. Estamos evolucionando hacia una cultura del servicio personal." O involucionando, como fuera el caso.
Los entrenadores personales son un lujo que ilustra lo diferente que puede ser la vida de los estadounidenses acaudalados y la de los menos afortunados. Pero gente que está muy lejos del 1%, e incluso del 5% del estrato superior, le hace lugar en su presupuesto a su entrenador personal y eso evidencia la intensidad particular de nuestra obsesión por la salud y la belleza, por no hablar de las contradicciones de Sísifo en nuestra búsqueda de ambas.
Yo también pertenezco a la optimista tribu de los entrenados personalmente, a la que me incorporé allá en 2002, cuando necesitaba perder unos 25 kilos. Así que puedo dar testimonio de que lo más notable de todo esto es la rareza misma de un ecosistema de entrenamiento personal, lo cual he observado a través de una serie de gimnasios y de la secuencia de mis propios entrenadores: Aaron, después Ari y ahora Andrew. Parece que tiendo a poner mucho interés en la primera letra del alfabeto.
Andrew, de apellido Ginsburg, también hace comedia en vivo y, tanto en el escenario como fuera de él, comenta que el auge del entrenamiento personal ha permitido que actores en ciernes, atletas fallidos e incluso ex presidiarios se reinventen como entrenadores, con credenciales sin ningún valor expedidas por fábricas de certificados: "Si tienes 400 dólares y pulso, puedes ser entrenador", me dijo en una sesión reciente, refiriéndose a la cuota de la licencia de una de esas empresas.
Hay un entrenador en mi gimnasio que sistemáticamente les da a sus clientes detalles gráficos de sus aventuras libidinosas. Otro entrenador viaja con sus clientes, que no pueden pasársela sin él. Hay una clienta que se ejercita, si a eso se le puede llamar ejercitarse, bajo una capa completa de maquillaje, jamás corrido por una sola gota de sudor. Hay adolescentes los que vienen a traer sus padres, que al parecer piensan que a sus hijos no sólo les deben una buena educación sino también unos abdominales como de lavadero.
¿Cómo pasó esto? ¿Y cuándo? Hace quince años yo no conocía a una sola persona que tuviera un entrenador personal. Ahora, de pronto, uno de cada tres amigos tiene al suyo. Los entrenadores personales son como los cajeros automáticos: de no haber ninguno, de pronto estuvieron en todas partes y todo el mundo los consideraba indispensables.
De acuerdo con la Oficina de Estadísticas Laborales, en 2012 había 234.000 personas empleadas en la categoría de "entrenadores de acondicionamiento físico e instructores de aeróbicos", lo que representa un aumento de 40% con respecto a diez años atrás. Y una sólida excepción en un mercado laboral estancado o en caída junto con la mayoría de los demás vectores de la vida en Estados Unidos. Éste es el futuro de nuestra gran nación: un ejército de hombres y mujeres con ropa deportiva de última moda, ladrando sobre la importancia de una "base fuerte" y refiriéndose al músculo, no al carácter.
Pero además hay un extraño grado de misticismo que rodea al entrenamiento personal y a los semidioses que lo han impuesto, buen número de los cuales se han vuelto celebridades, como Jillian Michaels y Bob Harper de la serie de televisión "The Biggest Loser"; o como Tracy Anderson, que alguna vez se atribuyó la responsabilidad de los tríceps de Madonna. Es un misticismo que estos días se extiende a todo el mundo del ejercicio, que tiene más de religión que de faena, y a sus numerosas sectas.
Creo que el auge del entrenamiento personal le debe mucho, como aventuró Zinczenko, a una fe totémica y ligeramente perezosa en la experiencia, por muy dudosa que pueda ser. Ahora hay tutores privados, asesoras de lactancia y nutricionistas donde antes prácticamente no había nada.
Esta explosión también le debe algo a la creciente estratificación de los privilegios y las comodidades. La inscripción en un gimnasio es la clase turista. Un entrenador personal en el gimnasio es un asiento con más espacio para las piernas. Un entrenador personal con su propio gimnasio y unos seguidores devotos: ¡eso es primera clase!
Y el entrenador personal se beneficia de la amplitud y diversidad del macizo de necesidades que satisface, de la facilidad con la que pueda personalizarse: es el Sr. Cabeza de Papa de los proveedores de servicios. Como el terapeuta, el entrenador puede desafiarnos o afirmarnos. A diferencia del terapeuta, el entrenador puede tocarnos. La conversación puede desviarse a cualquier dirección. Igual que la relación.
