En política internacional es difícil “ganar con la camiseta”. El gobierno kirchnerista no para de constatarlo en su tardía gesta patriótica contra los fondos buitre.
En política internacional es difícil “ganar con la camiseta”. El gobierno kirchnerista no para de constatarlo en su tardía gesta patriótica contra los fondos buitre.
Quiso alarmar al planeta con el cataclismo financiero que podría desatar otro default argentino, pero descubrió que el vértigo sólo le entraba a sí misma. Después de un mes de buscar apoyo en cancillerías de todo el mundo para que influyeran en dar vuelta una sentencia firme de la Corte norteamericana, la presidenta Cristina Kirchner apenas cosechó muestras de solidaridad formales de los países de América Latina y de un grupo de naciones emergentes de limitada influencia. Intentará arrancarles un apoyo explícito al ruso Vladimir Putin y al chino Xi Jinping cuando visiten Buenos Aires. Un consuelo, quizás a cambio de algunos buenos negocios.
Estados Unidos fue el primero en hacerse a un lado. Intentó influir ante la Corte Suprema para que revisara el juicio que los bonistas le ganaron a la Argentina. Cuando supo que no prosperaría, se encargó de advertir que el país debía prepararse para negociar. Si la embajada kirchnerista en Washington no lo supo con suficiente antelación, al menos el dato circulaba desde meses antes en el Vaticano; las grandes potencias empiezan a canalizar por la Casa Santa Marta mensajes relevantes hacia la Casa Rosada.
A los países de la Europa Central el Gobierno intentó involucrarlos con el argumento de que el fallo en Nueva York podía hacer naufragar el acuerdo reciente con el Club de París para saldar deudas impagas a Alemania, Francia, Holanda, Italia y otros Estados. La respuesta fue el silencio. España también se excusó de entrar en la dialéctica kirchnerista y por eso se postergó una visita del canciller Héctor Timerman a Madrid en la que se iba a negociar un viaje del presidente Mariano Rajoy a Buenos Aires.
El problema del kirchnerismo es que mientras se pasaba años haciendo apología de lo imprevisible, aplicando la diplomacia del desplante y regodeándose de las crisis ajenas, el mundo se encargaba de reducir el “riesgo Argentina”. Si en 2001 la deuda privada del país representaba 20 por ciento del total de bonos soberanos del mundo, hoy no llega a 1,5%. Con el tiempo, grandes multinacionales se han ido o limitaron al mínimo sus inversiones.
¿A quién más que a la Argentina podría desestabilizar un posible default? Ni siquiera la megadevaluación de enero llegó a golpear a los mercados emergentes más allá de 24 horas de desconcierto. Para bien o para mal, analistas financieros y políticos de los países desarrollados ven detrás de la batalla épica que plantea el kirchnerismo contra los fondos buitre una pantalla de humo para tapar el posible giro dramático que dará para, al final, pagarles. “Argentina es como un tipo que amenaza suicidarse con una pistola de agua. No asusta”, resumía esta semana un influyente diplomático europeo.
La euforia del Mundial le dio a la Presidenta un oxígeno vital para atravesar un mes de incertidumbre financiera, zozobra judicial y focos incipientes de tensión sindical. Pero cuando se barran los papelitos de la fiesta le tocará zambullirse en la compleja gestión de su propia herencia.