26 de noviembre de 2018 - 00:00

En el país del no me acuerdo - Rosa Guaycochea de Onofri

1918.11.11.

Hace cien años se firmó el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, la denominada Gran Guerra. No obstante  su importancia para América, el aniversario no ha tenido espacio en los medios, salvo algunas líneas con motivo de las ceremonias europeas. Los Andes hace 100 años venía marcando los sucesos finales de la conflagración.

¿La fascinación de los ´60?

Este año se le dio acogida preferencial a la celebración de los 50 años del Mayo francés, leído, junto con otras manifestaciones, como simpática "rebelión juvenil", no obstante la presencia de personas maduras y de sus viejas ideas. No se dijo mucho de los sindicatos, cuya huelga general paralizó a Francia durante más de un mes y fue el hecho más importante.

Se llega así  a meter en la misma bolsa a la agitación universitaria, la nueva Unión Europea, y la invasión soviética que puso fin a la "Primavera de Praga".

Algo para recordar

La Primera Guerra, así como los sucesos previos y posteriores a ella fueron claves para la historia nacional. La pobreza de vastas poblaciones, el hambre, la falta de empleo, los heridos de guerra, movilizaron a millones hacia América sobre todo. EEUU, Canadá y Argentina fueron los destinos principales. El fenómeno es conocido en nuestro país como la Gran Inmigración, que provino de toda Europa -Rusia incluida- y Medio Oriente.

Se inició a fines del siglo XIX y tras la interrupción del flujo por la prohibición de salida durante la guerra, se reanuda a su término. El armisticio de 1918 fue, como se ha dicho, una "paz armada" entre Francia, Alemania y los restos de Imperio Austro Húngaro. La guerra se instala en la periferia. La revolución rusa  y la consecuente guerra civil  que culmina con el triunfo bolchevique y la creación de la URSS en 1922 provocan 8 millones de muertos, entre ellos 5 millones por hambre (otras fuentes elevan la cifra a 11 millones), persecuciones y ocupación de países.

La guerra de recuperación  de territorios que emprende Turquía con el liderazgo de Kemal Ataturk es otra causa de expulsión y exilio de grandes masas de población mediterránea oriental.

Está también la atroz "guerra del Rif" en Marruecos que libran juntas España y Francia.
Como corolario de la Gran Guerra hubo otro suceso devastador: la gripe española. Cifras actuales hablan de 50 millones de muertos sólo en Occidente.

Argentina fue el principal destino, considerando todo el continente americano, de la emigración española. También de la italiana durante varios años, reemplazada luego por EEUU.

La revisión de los números es por demás elocuente: para abreviar, señalo que entre 1915 y 1939 tenemos 721.758 inmigrantes italianos y 652.495 españoles. Entre otros orígenes: 187.892 polacos y 107.658 alemanes. De tal suerte que de una población total (1939) de  10.227.000 de habitantes, 2.535.000 eran extranjeros. Al inicio las cifras son aún más contundentes: en 1914 de un total de 7.950.000 habitantes, 2.376.000 son extranjeros.

La proporción en el primer ejemplo se explica  por la nacionalización de los hijos de los extranjeros que se afincan en el país.

De estos pocos datos se deduce que un gran porcentaje de los argentinos de hoy proviene de la Gran Inmigración hasta  la década del ´20.

Ya no te acuerdas, Marqués

Un fenómeno tan determinante puede resumirse en el hecho de que todos los presidentes constitucionales electos desde 1983 son hijos de extranjeros. Algo seguramente único en el mundo. Un poco hacia atrás, podemos  agregar a A. Frondizi, A. Illia y A. Justo (Giusto).

Lo notable es que muchos de estos y otros dirigentes definen su postura política a partir de la feroz crítica a la Argentina anterior, o sea, la que recibió a sus padres. Así "aquel país", -ya no sabemos cuál- debe responder a los reclamos de este otro que le presenta continuamente facturas al cobro.

No es de extrañar que tal filosofía perdure y la nueva gran inmigración, la del siglo XXI, forme rápidamente en las filas de los demandantes.

Todo ello explica la realidad actual de una nación despedazada, como una colcha vieja hecha de retazos. Es que a los diversos orígenes étnicos se agregan los reclamos de infinidad de grupos, mayormente prohijados en Buenos Aires, los llamados "colectivos", que también tironean por su tajada, lo que tarde o temprano se refleja en el presupuesto del Estado.

En esta invitación a la memoria cabe señalar, paradojalmente, que cuando consideramos las realizaciones materiales o intelectuales destacadas, las grandes epopeyas nacionales, y las actitudes que nos enorgullecen, las fechas mayormente nos llevan a "aquella" Argentina.

En este sentido mencionaré la generosa ayuda enviada a la Europa en guerra por nuestro país, y, tocando a Mendoza, la donación de un hospital por parte de la nieta de San Martin, que Francia, país en el que residía, agradeció honrándola con homenajes y distinciones.

La visita a Mendoza del príncipe heredero italiano Humberto de Saboya en 1924, agasajado por el Gobierno y la sociedad local junto a los ricos bodegueros italianos es otro ejemplo.

En esos años nuestro país era tierra de libertad y prosperidad, cuando los inmigrantes  "dejaban atrás un continente donde aún no se habían cicatrizado las heridas de la Primera Guerra Mundial y ya se empezaba a temer seriamente que podría estallar otra, una Europa con serias carencias económicas.

Llegaban a un país alejado de aquellas conflagraciones y las tensiones, que ofrecía la promesa de fuentes de trabajo al parecer inagotables, salarios mejores, posibilidad de acceso a la educación para todos y gran movilidad social. En otras palabras, llegaban a un país de paz y progreso."

La cita es del libro "El Jesuita", de Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, una biografía de Jorge Bergoglio, Papa Francisco, hijo de inmigrantes.

¿No será hora de un poco de patriotismo para empezar a saldar la deuda de "esta" Argentina?

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