6 de enero de 2015 - 00:00

Empieza otra década

La principal tarea que deberá afrontar el próximo gobierno será cerrar la brecha que hay entre los políticos y la sociedad y construir puentes entre todos los sectores para sepultar las trincheras que armó la intolerancia de Cristina y asociados. Un país

Desde el punto de vista político hoy comienza un año clave. Hay elecciones presidenciales que van a definir el perfil de país que los argentinos vamos a elegir para los próximos diez años. Todavía falta mucho para octubre. Pero ya hay algunas cuestiones bastante claras que tienen que ver con el tipo de liderazgo que se viene. Todos los candidatos presidenciales con posibilidades serias son la contracara de Cristina.

Tal vez por hartazgo de una conducción agresiva, conflictiva, autoritaria y mandona, los que pueden sucederla en el sillón de Rivadavia tienen características exactamente opuestas. Tanto Scioli, Massa, Macri, Cobos o Sanz ejercen liderazgos dialoguistas, moderados, pacifistas que suelen convocar a todos los interesados en el tema a la hora de tomar decisiones.

Claro, también hay una diferencia de edad y matriz ideológica. Con Cristina se termina la generación del ’70, y eso es bueno. Lo digo con dolor porque es la generación a la que pertenezco. Pero reconozco que además de los sueños igualitarios y emancipadores que todavía defiendo y reivindico, nuestro desembarco a la militancia se desmadró en muchos casos hacia la violencia, a esa concepción militarista de Montoneros y del ERP que pensaron que el poder nacía de la boca del fusil y que apostaron a la lucha armada como instrumento político. Eso fue parte de la tragedia que desataron el terrorismo de Estado con sus crímenes de lesa humanidad.

Tanto Scioli, Massa, Macri, Cobos o Sanz son hijos de la democracia. Por edad fueron paridos políticamente en 1983, cuando de la mano de Raúl Alfonsín recuperamos la libertad y las instituciones republicanas.

Hay que decir que esas nueva formas de conducir el Estado que se vienen, potencian esperanzas y expectativas en mucha gente y multiplican la posibilidad de que vengan importantes inversiones. Porque confían que habrá reglas del juego claras y que el autoritarismo se irá diluyendo en favor del respeto por la división de poderes. Con toda sinceridad, no tenemos que engañarnos. Entre los posibles presidentes, por ahora, no hay estadistas ni caudillos providenciales.

Eso es malo por un lado porque tal vez carezcan de estrategias novedosas y creativas. Pero es bueno por el lado de que esa carencia de líderes carismáticos obligará a darles más lugares a los ámbitos colectivos de las decisiones. A los integrantes de gabinetes de lujo o a equipos técnicos donde, ojalá, estén los mejores y no los más amigos o los más dóciles como ocurre ahora.

Nadie parece ser protagonista de un huracán de votos como fue en su momento Perón, Alfonsín o Menem. Eso implica que ningún partido tendrá mayorías absolutas en el Congreso y eso también es positivo. Será necesario la apuesta a los acuerdos entre distintos, la búsqueda de consensos y el diálogo democrático y maduro que fue tan ninguneado por la era del hielo del kirchnerismo. Los pactos de gobernabilidad a la luz del día no son aspectos negativos. Todo lo contrario, potencian el ejercicio del buscar denominadores comunes que satisfagan a la mayoría de los representantes del pueblo.

En Alemania, la locomotora del crecimiento de Europa, Angela Merkel es socialcristiana y su ministro de Economía es socialdemócrata. No hay que estigmatizar al que piensa distinto. Hay que enriquecerse con el pensamiento del otro. Ver en el pluralismo de colores una variedad de respuestas a tantos problemas graves que tenemos. Todos podrían convocar a colaborar a especialistas y expertos en algunos temas aunque esas personas no tengan la misma camiseta partidaria que el futuro presidente.

Está claro que Cristina va a dejar un camino minado. Una cantidad de bombas que pueden explotar en cualquier momento. Pero hay algunos males que deberán ser atacados con contundencia en los primeros 100 días de gobierno. Hablo de la inflación, el cepo cambiario, la corrupción de Estado que debe ser castigada sin protección ni impunidad para nadie, el ingreso de los jubilados y trabajadores en negro, la asignación universal, la educación de calidad, la matriz energética que supere el agujero negro que dejará este gobierno. Estos son solo algunos de los temas urgentes a resolver.

Se sabe que no habrá soluciones mágicas ni resultados de un día para el otro. Pero el 2015 debe cerrar la brecha que hay entre los políticos y la sociedad. Debe construir puentes entre todos los sectores para sepultar las trincheras que armó la intolerancia de Cristina y asociados y, sobre todo, debe cerrar la grieta en la sociedad, tal como la bautizó Jorge Lanata.

Yo creo que esta es la principal tarea. Enyesar la fractura social expuesta que el odio del oficialismo produjo en nuestra comunidad. Un país que no está cohesionado no puede crecer ni alimentar ni educar ni cuidar a sus habitantes. Brindo por eso para este 2015. Por una Argentina recuperada en lo moral, donde haya más paz que violencia y donde la justicia social sea producto del esfuerzo y la superación.

Para que realmente la Argentina sea la casa de todos. Y para que todos los argentinos sean iguales ante la ley y tengan igualdad de oportunidades. Una Argentina más seria y más justa. Una Argentina más libre. Hay que trabajar un año para eso. Vale la pena.

Por Alfredo Leuco - Periodista

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