Después de tantos años de atril diario, de tanta verborragia inoculada por cadena, el análisis acompasado del discurso kirchnerista parecía estar ya en extinción. Sin embargo, la fatiga pública con el género no debería ser causa suficiente para dejar pasar así nomás el discurso de la Presidenta en su homenaje del lunes a la Selección, una pieza histórica.
Sucede que en ese discurso, por primera vez, Cristina Kirchner dejó sus artes al desnudo, como una ilusionista que, de súbito, en un truco revela los efectos artificiales que hilvanan su magia. En su caso no se trató estrictamente de una revelación, más bien fue una verificación.
Se ignora por qué dijo en el comienzo del discurso que durante el Mundial no había visto ningún partido. Ese sinceramiento, lejos de mostrarla como alguien sometido a la verdad cualquiera fuere, sonó a desliz involuntario, acaso un segundo con la guardia baja. Tal vez hubiera podido no mencionar el asunto. Como nunca se expone a preguntas espontáneas, nadie le habría preguntado qué partidos vio o no vio.
Su comentario franco, en todo caso, llamó la atención por dos motivos. Primero porque, pese al contexto, al clima y el momento ultrafutbolero y al intenso involucramiento del Gobierno en el negocio del fútbol, no fue acompañado de una explicación.
Pocos días antes, en una carta dirigida a la presidenta Dilma Rousseff, Cristina Kirchner sí había explicado puntillosamente por qué no iba a la cancha -es decir, a Río- a ver la final. Dio cuatro razones (su laringofaringitis, la inminente visita de Vladimir Putin, el cumpleaños del nieto y el viaje, dos días después del partido, a la cumbre de la Unasur y los Brics), sin mencionar lo que para ella significaba mirar un partido de fútbol en el que la Selección del país que gobierna se jugaba el campeonato del mundo. Por su confesión del lunes podría concluirse que ese partido no es de su incumbencia, o por lo menos no amerita robarle ni un minuto a su valioso tiempo.
Pero resulta que no necesitó ver nada. Indiferente y todo, se emocionó hasta las lágrimas al abrazar a los muchachos, se dijo orgullosa, mencionó los colores de la patria, le aplicó al rubro la cosmovisión kirchnerista de que todo se hace para taparles la boca a los demás y acto seguido comenzó a recordar escenas de la cancha. Dos penales que atajó Romero, Mascherano agarrándose la cara al arengar al arquero, Higuaín golpeándose la cabeza, cada cosa acompañada por el respectivo análisis y por enseñanzas del tipo “se gana cuando se juega en equipo”.
¿Cómo supo tanto sin ir al Maracaná ni encender la tele? Son las ventajas de tener decenas de asesores (sólo en los equipos de propaganda de Presidencia trabajan 150 personas) que producen carpetas, fichas, ayudamemorias, hasta sugieren chascarrillos y apostillas. Como de costumbre, antes de salir al ruedo Cristina Kirchner memorizó los puntos principales de lo que iba a decir. Y lo dijo. Sabía todo sin haber visto nada.