5 de agosto de 2017 - 00:00

El Vaticano incurrió en un papelón diplomático

El Papa argentino ha cometido el peor papelón diplomático de sus más de cuatro años de pontificado, una gaffe exaltada por el apurón de querer romper su silencio sobre el régimen venezolano prácticamente a tiempo vencido. La declaración de la Santa Sede reclamando al gobierno del presidente Nicolás Maduro que suspendiera la Asamblea Constituyente sólo unas horas antes de que comenzara en Caracas la ceremonia de instalación y juramento, tiene un fondo de torpeza que parece increíble en la diplomacia vaticana, considerada la mejor del mundo por su fineza y experiencia.

No se le puede echar la culpa al secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, que fue nuncio (embajador del Papa) en Caracas durante años, antes de ser llamado por Jorge Bergoglio al cargo de “primer ministro” en el gobierno de la Curia Romana, el gobierno central de la Iglesia. Parolin ha hecho un trabajo de alto nivel y en los últimos tiempos ha tenido que dedicarse a parar los golpes por la oleada de críticas hacia el silencio del Pontífice. Hace dos días dijo que la diplomacia vaticana “no ha fracasado” en el caso venezolano.

El tropezón diplomático recuerda que la condición jurídica de Estado soberano que tiene la Iglesia Católica no siempre la beneficia. Ser un Estado reconocido por 200 naciones que tienen sus embajadores en el Vaticano ha sido siempre una cómoda duplicidad para la Santa Sede. En muchos sentidos, el pequeño Estado de la Ciudad del Vaticano es una superpotencia diplomática que da al Papa una formidable ventaja. Pero que también obliga a la Iglesia a aceptar las reglas en las relaciones con los otros Estados.

El silencio del Papa se producía mientras la Iglesia venezolana acusaba al régimen de dictatorial, comunista, marxista y opresivo. Los que critican la mudez pontificia no atacan una presunta debilidad de Francisco para proponer una seria mediación o “facilitación”, como dice la Iglesia, sino su omisión de denunciar la naturaleza antidemocrática y violenta del gobierno de Venezuela. El Papa no podía cometer esta transgresión como jefe de Estado. Un dilema mal resuelto que costará caro a Bergoglio.

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