¿Qué esperar?
En 2015 la mayoría de los argentinos votó por un cambio. También quienes optaron por la fórmula oficialista. Esa mayoría asumió de una forma más o menos explícita el agotamiento del modelo político, económico y social del kirchnerismo. Pero a pesar de ese consenso general, no todos lo entendían igual. Unos aspiraban a que se diera en continuidad con las políticas del gobierno saliente. Otros querían un corte profundo, una reorientación radical.
¿Cuál era -parafraseando a Borges- el tamaño de nuestra esperanza? No hubo ni hay, con seguridad, una sola respuesta a esa pregunta. Podemos afirmar que existían dos criterios poco razonables para formarse expectativas imposibles de ser satisfechas, causa segura de frustración.
Uno es el propio deseo, una transformación que satisfaga tanto nuestras representaciones de lo que es bueno para el país como nuestras necesidades personales. Hay tantas versiones sobre esto como ciudadanos. Y aunque existen concepciones de la política que afirman definirse sólo por el deseo, es imposible que el poder realice las aspiraciones de cada uno.
Otro criterio erróneo es el de las promesas electorales. En culturas políticas como la nuestra, las campañas electorales no están destinadas a exponer el plan de gobierno sino una propuesta lo suficientemente atractiva como para imponerse a los rivales. Después, si se gana, se verá.
Tal parece que nuestra esperanza sólo puede ser razonable si conseguimos entender bien en qué estado se encuentra el país y qué posibilidades hay para operar cambios que supongan un verdadero progreso, un crecimiento.
¿Cómo saberlo?
Aparece el segundo grupo de dificultades. No era en absoluto sencillo enterarse en qué estado estaba el país a fines de 2015. No solo se venía ocultando deliberadamente esa realidad, alterando series estadísticas y datos cuantitativos, sino que además era la propia realidad la que presentaba un estado de distorsión monstruosa, insostenible.
Gobernar, para las nuevas autoridades, consistió en reconstruir una imagen ajustada de la realidad, determinar la magnitud del problema, la gravedad del mal.
Esta elemental tarea de diagnóstico sepultaba definitivamente la extendida e hiperoptimista idea de que el kirchnerismo era una especie de resfrío estacional o de salpullido que afectaba ocasionalmente a un cuerpo sano y vigoroso, y que su salida del poder bastaría para liberar la fuerzas productivas de la economía y restablecer la salud institucional del país.
Abusando de la metáfora clínica, el estado sanitario de la Argentina era comparable con un cáncer. Una enfermedad degenerativa cuya causa se encuentra principalmente en disfunciones del propio organismo y que puede avanzar de forma asintomática. El kirchnerismo, visto desde esta perspectiva, no era ninguna anomalía, como lo definiera Ricardo Forster, sino la versión actualizada de un mal antiguo, acumulativo, con relativamente buena diagnosis pero escaso tratamiento.
¿Qué se puede hacer?
La segunda tarea a la que debió entregarse el gobierno fue trazar una línea coherente de intervención: una terapia. Algo que por fuerza tuvo poco que ver con las promesas de campaña. A la labor de esclarecimiento previo hubo que sumar la inevitable curva de aprendizaje del nuevo equipo, extendida en virtud del largo periodo del kirchnerismo en el poder, que impidió que otras fuerzas políticas ganaran experiencia de Estado.
La lógica del cambio exigía una renovación sustancial del elenco de funcionarios: se optó, con dudoso criterio, por el perfil CEO, para llevar adelante un Estado inflado e ineficiente. Todo esto en un contexto de debilidad: minoría en ambas cámaras y coalición heterogénea de gobierno, dependiente de negociaciones y acuerdos internos. Debía tener dos precauciones.
Primero: justificar las medidas, dolorosas y desagradables como casi toda prescripción terapéutica de males graves, con una descripción más o menos realista de la situación, pero no al punto de desanimar al paciente respecto de sus posibilidades de curación. El factor anímico resultaba fundamental.
Segundo: la precaria condición del paciente no permitía terapias de choque, o medidas drásticas. En materia económica, el Gobierno optó por el gradualismo, que consistió en estabilizar el estado general del paciente mientras aplicaba con precaución las medidas necesarias para curarlo. Suponía mantener altos niveles de gasto público socialmente sensibles mientras ajustaba en otras áreas.
Para eso se vio obligado a incurrir en altos niveles de endeudamiento. Corrió el riesgo de repetir el implacable ciclo de la economía nacional y con ello, diluir las expectativas de cambio con las que llegó al poder. En compensación por los aprietos y dificultades que se producirían prometió una afluencia de inversiones como efecto del cambio de clima en el país.
Pero ni el plan fue ejecutado con la pericia necesaria (que debía ser extraordinaria) ni acompañó el escenario internacional, en fase de cierre y confrontación. Y es que no puede aspirarse a ganar la confianza de los mercados internacionales si previamente no se persuade a los escaldados argentinos. Eso demandará mucho más que tres o cuatro años.
El gradualismo no resultó. Al menos no lo hizo conforme a las expectativas. El gobierno no logra escapar de la lógica de ensayo/error, que es muestra de debilidad y desorientación, y se traduce en el dispendio del capital político. Es difícil creer que esté operando cambios fundamentales y profundos, con tan escaso manejo de la agenda diaria. Hace lo que puede, no lo que debiera. Y tampoco parece que lo tenga del todo claro.
¿Cuánto falta?
Mientras tanto los argentinos lúcidos se sorprenden día a día con las revelaciones en torno al verdadero estado de la situación, heredada y actual. El país es un organismo vivo pero sufriente, sometido a una terapia de incierto resultado. Como en el cáncer, resulta difícil eliminar el tejido sano del enfermo. Al igual que en las antiguas pestes, el mal afecta incluso al facultativo que prescribe la terapia, como se puede ver hoy en el caso de financiamientos ilegales de campaña y la corrupción en torno a los contratos de obra pública, que involucran a miembros del gobierno.
¿Era razonable esperar una bonanza inmediata con el inicio del nuevo gobierno?
Recientemente, Tomás Abraham dijo sentir a la vez miedo, bronca y tristeza al considerar el estado actual del país. Afirmó que el gobierno hizo casi todo mal. Son reflexiones de un intelectual con escaso sentido político. Aun si estuviera haciéndolo todo bien, es difícil creer que la situación social sería mucho mejor que la que tenemos.
Como Abraham, no voté a este gobierno. No creo que fueran ni que sean hoy un equipo a la altura de las circunstancias. Por otra parte, hace tiempo que decidí no ser cómplice de supuestos males menores.
Pero atribuirle al de Macri otra condición que un gobierno de transición, vacilante y débil, un discreto y difícil paso del extravío a la senda correcta -un gobierno mediocre o malo, para decirlo de una vez- es abrigar expectativas ciertamente desorbitadas. Sería como esperar resultados revolucionarios de un lento y dificultoso proceso reformista. O sobreestimar las siempre limitadas potencialidades de la política.
Si es cierto que la transformación necesaria llevará varias décadas, bien podríamos empezar por moderar nuestras expectativas en el corto y mediano plazo, con Macri o sin él. Algo que parece difícil concebir en estos tiempos que demandan satisfacción inmediata.