2 de noviembre de 2019 - 00:00

El suicidio político argentino - Por Lucas Alan Galla

Una vez más nos encontramos todos los argentinos frente a una nueva crisis. Desde 1983 a la actualidad hemos atravesado 5 crisis profundas económicas, como la hiperinflación, el corralito, etc. Todas crisis recurrentes que generan inflación, desempleo, marginalidad y pobreza. Estas calamidades socioeconómicas tienen una sola víctima: la ciudadanía argentina. A la vez, un gran culpable: la clase dirigente argentina.

Es que si por quinta vez volvemos a estar padeciendo en menos de 45 años una misma crisis extrema que pone en jaque la estabilidad del país y la paz social, es que como pueblo no hemos aprendido nada. Nada hemos aprendido porque  más que víctimas, más bien parece que somos masoquistas, ya que nos vuelven a golpear las mismas calamidades como el sobreendeudamiento, la constante e incontrolable inflación, el virtual o real default, una potencial hiperinflación, una posible conspiración contra el gobierno de turno, la inoperancia oficialista, el mal endémico-político argentino, etc.

Todos estos fantasmas presentes o potenciales son producto de que lógicamente no hemos sabido elegir o cambiar de rumbo. Sólo hemos tenido triunfos electorales de las élites políticas, pero ellas no han aprobado el examen de la gobernabilidad y gobernanza del país. Siguen anclando a la Argentina en el subdesarrollo.

La Argentina supo a fines del siglo XIX y principios del XX estar entre los países más desarrollados del mundo, y desde hace más de cuatro décadas hemos tenido la vocación o la testarudez de promover el “desdesarrollo”, ya que no sólo hemos multiplicado exponencialmente la pobreza (de 4% en los 70 a un 35% en la actualidad) sino que hemos sometido a la ciudadanía a una permanente espiral de estrés social que es una constante cíclica, cuando la constante cíclica debería ser el desarrollo institucional y económico.

En las elecciones pasadas la dirigencia política nacional se estuvo jugando el poder y qué parte de él va a ocupar. Esta imprudencia política y cortoplacista, es un pecado mortal, ya que no sólo está en juego el bien común de los argentinos, sino que también está en juego el derecho ciudadano ya que nos están llevando cada vez más al borde del abismo, exponiendo a la sociedad a reacciones viscerales que pueden atentar el orden social producto del mal endémico-político argentino.

La dirigencia argentina vuelve a demostrar su falta de vocación real por gobernar y hacer grande a esta patria. En momentos como los actuales en los que debe primar la república, el derecho y la prudencia, la coyuntura visibiliza el fallido republicanismo que está ejecutando desde hace años nuestra élite política, sus constantes atropellos a la Constitución y su sanguíneo maquiavelismo y cinismo disfrazado detrás de eslóganes vacíos de contenidos y repetidos cantos de sirenas.

Es que hoy se evidencia el suicidio político argentino.

Ese suicidio de la dirigencia es, primero, un repetido cavar cada vez más profundo su propia tumba, ya que, si no salen de la espiral cortoplacista de su visión y sólo buscan el poder, no van a tener que repartirse porque no habrá qué gobernar. Además, gobernar será cada vez menos posible, pero sí más imposible.

En segundo lugar este suicidio político es un homicidio “societatis” porque nos ancla de por vida en el subdesarrollo y en el vacío institucional. No sólo se mata la democracia hoy por desgobierno, sino también que la república corre su peligro por la falta de vocación institucional.

El institucionalismo es la base y cimiento real para que la Argentina pueda, primero, en los próximos años crecer y, después, desarrollarse. Si no, seguirá cayendo en una trampa de “enriquecimiento-empobrecimiento”. La economía sólo será viable si la República es posible, y esta viabilidad institucional en el marco de la república sólo es posible con una dirigencia política potable, que mire al largo plazo y que consensúe un plan programático posible y viable que asegure la dignidad del país y su verdadero desarrollo. Por eso es que no necesitamos el mejor equipo económico. Lo que necesitamos de la élite política es un gran equipo de estadistas. Si no, esta trampa ciega de “desdesarrollo” no la vamos a superar jamás.

Hoy la política nacional se juega la vida y nosotros, con ellos, el futuro. Debe elegir entre descolgarse de la soga que la ahorca y la frena para que pueda consensuar un verdadero proyecto de país, o elegir ahorcarse cada vez más en su visión cortoplacista y ambiciosa de poder.

Una Argentina posible sólo se hace con buena institucionalidad y un republicanismo eficiente. Ahí juega un papel preponderante nuestra élite política, y está en ella hacer de su vocación un bien posible y no un mal endémico. Abandonemos este suicidio institucional y abracemos la república como vocación.

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