La creación del BID en 1959 fue la culminación de un largo período de discusiones y negociaciones entre diplomáticos, políticos, economistas, banqueros, hombres de negocios y muchos otros vinculados a la problemática del desarrollo latinoamericano.
La creación del BID en 1959 fue la culminación de un largo período de discusiones y negociaciones entre diplomáticos, políticos, economistas, banqueros, hombres de negocios y muchos otros vinculados a la problemática del desarrollo latinoamericano.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial habían ocurrido una serie de acontecimientos que anunciaban un nuevo estado de ánimo en las relaciones entre las naciones del hemisferio, especialmente entre las latinoamericanas y Estados Unidos.
Muchos países exigieron ser tenidos en cuenta en la paz tal como habían sido convocados en la pasada guerra y que se definieran reglas nuevas para el acceso a los recursos financieros necesarios para mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos.
Hasta ese momento, las instituciones financieras, especialmente los grandes bancos internacionales, habían tratado de bloquear la participación del gobierno de Estados Unidos en un banco regional, debido a que eso se interpretaba como una interferencia en los mercados financieros mundiales que traería efectos muy negativos.
Sin embargo, el recuerdo de la Gran Depresión de los años 30 y la inestabilidad política que se generó durante la guerra fría, crearon un ambiente propicio para la nueva visión de Washington.
El espíritu de cooperación para el desarrollo de América Latina se fortaleció aún más con el programa Alianza para el Progreso que auspició el presidente Kennedy.
Ello se ha reflejado en el diseño institucional del Banco.
Los firmantes iniciales del Convenio Constitutivo del BID fueron representantes de 19 países latinoamericanos y Estados Unidos. Felipe Herrera, de Chile, fue elegido presidente de la nueva entidad. Él había sido uno de los principales promotores y diseñadores de las características propias de la institución.
No solamente se trató de distinguir al BID respecto del Banco Mundial que ya existía desde más de quince años antes, sino que por ser el primer banco regional de desarrollo fue también fuente de inspiración institucional y operativa para los otros que siguieron, por ejemplo el Banco Africano de Desarrollo (1964) y el Banco Asiático de Desarrollo (1966).
La primera operación de préstamo del nuevo BID fue aprobada en febrero de 1961 para financiar un sistema de agua potable, alcantarillado y tratamientos cloacales en Arequipa, Perú.
Se mostraba allí una novedad: lo que sería una de las áreas de acción más importantes del Banco fue el apoyo al progreso económico y social de la población de las Américas financiando proyectos de educación, salud, vivienda y, por supuesto, de infraestructura económica.
Vale la pena refrescar algunas de las características institucionales y del gobierno interno del BID para entender mejor su naturaleza única entre los organismos multilaterales de financiamiento.
A modo de comparación y como una simplificación, se puede decir que el BID es una cooperativa de préstamos.
En la actualidad hay 48 países miembros (26 de América Latina y el Caribe y 22 de América del Norte, Europa y Asia) aunque solamente los socios latinoamericanos y del Caribe pueden ser prestatarios de las operaciones.
Por una parte, los prestatarios mantienen una proporción del 50,02% del capital accionario del banco, es decir una mayoría pequeña pero decisiva para las resoluciones.
Sin embargo, a modo de balance, el mayor accionista, Estados Unidos, tiene un porcentaje del 30%. Es decir, si ese país y algunos otros deciden bloquear una cierta decisión, pueden ejercer un poder de veto.
Otro aspecto complicado es la diferencia en el tamaño de las economías de los prestatarios. Hay países muy grandes (p.ej., Brasil, Argentina o México) y otros pequeños (p.ej., Belize, Haití o El Salvador) que tienen problemas de desarrollo muy diferentes.
De modo que se debió establecer reglas muy cuidadosas para el control de la institución y la definición de cuánto, cómo y a quiénes se puede otorgar créditos.
Además, existen condiciones concesionales diferenciadas para los diferentes países reconociendo así las distintas capacidades de los socios para afrontar sus compromisos.
En los primeros tiempos del BID hubo en algunos sectores del establishment mucha preocupación por las condiciones financieras, los riesgos y las seguridades a los mercados que existían en una institución con estas características.
Muchos se preguntaban si era razonable y sostenible un banco donde algunos países en su carácter de dueños se otorgan préstamos a sí mismos y así, son al mismo tiempo deudores.
Esto es especialmente delicado si se considera que los países son entidades soberanas. Podría existir allí un conflicto de intereses que podría llevar a la institución a su quiebra.
Sin embargo, el arreglo institucional que se acordó para el BID ha sido extraordinariamente estable y la prudente gestión profesional de su administración le otorgó en esos casi 60 años un reconocido sello de integridad.
El banco mantuvo siempre la calificación AAA, o levemente inferior en algunos períodos críticos, para sus bonos que se ofrecen a inversionistas en los mercados y son la fuente de los fondos operativos.
Por supuesto que en gran medida esa calificación descansa en la garantía implícita que otorga la presencia como socios de Estados Unidos y otros países industrializados.
Pero, además, el carácter solidario y de apoyo mutuo entre prestatarios ha permitido que frente a situaciones de insolvencia o falta de liquidez transitoria de algún país miembro otros hayan contribuido para cubrir los baches financieros temporales y evitar que la mora haga rebajar la calificación del BID y por lo tanto aumentando el costo financiero para todos.
Por otra parte, se ha evitado la concentración de la cartera en pocos países para reducir el riesgo financiero.
Todo esto ha evitado que el BID tenga problemas de mora o default, como ha ocurrido con otros organismos multilaterales de crédito.
Como resultado, el crecimiento del banco ha sido sostenido y se refleja en las cifras: el capital original fue de U$S 1.000 millones y hoy tiene un capital autorizado de U$S187.000 millones.
Hubiera sido difícil imaginar en 1959 que en 2016 se hayan aprobado préstamos por U$S 11.325 millones y que el acumulado de préstamos en estos casi 60 años sea de U$S 258.394 millones destinados al desarrollo.
Realmente una trayectoria destacable, para orgullo de las Américas.