Me asombran los enojos de muchos contra el Papa, tan solo porque recibe a los que no queremos, a los que imaginamos no debería recibir. Es difícil entender que se nos complique diferenciar nuestra mirada personal de la de quien es hoy la opinión más importante del planeta, o al menos una de ellas. La religión no está para seleccionar visitantes, “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.
Y en el fondo, todo individuo es respetable en sus intenciones cuando se acerca a los símbolos de la fe. Los ortodoxos sectarios y los ateos impíos se ubican en el lugar de la crítica fácil y ligera.
El Santo Padre no hace política en el sentido de manejos electorales, eso no implica que no se preocupe por la vigencia de las instituciones.
Y si lo pensamos con calma, es mucho lo que nos ha aportado su papado. Antes del mismo hasta el ateísmo reinaba junto al Gobierno entre los resentidos de siempre, los que imaginan avanzar cuando destruyen. Y la relación personal del Gobierno con el cardenal estaba al borde de la confrontación. Su ascenso al papado no sirvió para vengar afrentas sino para instalar diálogos y encuentros. Y en ese camino puede que se haya favorecido la imagen presidencial, pero mucho más el acercamiento entre los ciudadanos.
Tengo el honor de haber sido uno de los muchos que se acercaron al cardenal cuando no era receptor del amor oficial. A veces me molesta el uso que algunos hacen de la generosidad del Santo Padre, pero no se me ocurre hacerlo portador de mis rencores. Asumo que su mirada está muy por encima de la nuestra y, frente a sus gestos, trato de desarrollar mi comprensión, que suele ser escasa, antes que la condena, que me surge con excesiva naturalidad.
Los ortodoxos querrían una fe privada, algo así como una marca de superioridad espiritual. Y los impíos, ésos que se creen propietarios de la suprema verdad del ateísmo como si fuera una marca de los elegidos, ésos siempre siembran la duda como si la religión siguiera siendo “el opio de los pueblos”. Esos son los que asesinaron a Trotsky por miedo a que fuera el Mesías. Con Stalin y la KGB armados como un Torquemada, salieron a perseguir a creyentes desviados y enviarlos al infierno de Siberia.
Perón solía decir que Dios no bajaba a la Tierra porque sabía que siempre iba a haber alguno que a los pocos días le faltaría al respeto. Y con el Santo Padre la evolución es la lógica; los que festejaron al Papa argentino porque era opositor están un poco frustrados, los que creyeron que su ascenso al papado implicaba un cuestionamiento al relato revirtieron su discurso y hacen silencio con asombro. Era absurdo imaginar a un Papa argentino enfrentando a su propio gobierno, tanto como al gobierno no asumiendo que no tenía otra salida que armonizar la relación.
Pero los que aplaudieron la sorpresa de su elección hoy comienzan a criticar y los otros a peregrinar. Se me ocurre que es el lógico desarrollo de la relación entre Su Santidad y su sociedad.
Nos cuesta asumir que el Gobierno es primitivo y que la oposición se le parece. Es nuestra manera de hacer política. Somos los asesinos de la sutileza. Acostumbrados a la vigencia de la viveza, queremos la gambeta corta y el gol apurado. El Santo Padre logró ya mucho en la pacificación de nuestra sociedad, en principio ese logro implica la marginación de algunos extremistas de los rencores que se tuvieron que llamar a silencio. Y la Presidenta en este tema concreto, en su relación con el Santo Padre que es de su nacionalidad, supo estar a la altura de las circunstancias. Que alguno de los nuestros ocupe ese lugar en el mundo actual nos honra a todos.
Que Su Santidad se haya convertido además en una Meca que visitan muchos que nosotros consideramos pecadores, es tan sólo la incomprensión a la que nos somete nuestra arrogancia. Hay momentos en que la fe supera los límites entre lo sagrado y lo profano, momentos en que es capaz de llegar a todos, incluidos los no creyentes. Y en ese momento, creyentes y ateos tenemos que asumir que la religiosidad es inherente a la naturaleza humana y la sabiduría que permite la espiritualidad es un cuestionamiento profundo a un mundo en convulsión.
Soy de los que creen que el papa Francisco implica una presencia tan importante para la fe como para las relaciones económicas y políticas vigentes. Ha logrado instalar un poder de su palabra muy por encima de los esquemas vigentes. Uno recuerda a Stalin interrogando provocativo “¿Cuántas divisiones tiene el Papa?”, no hubiera imaginado que la Iglesia llegara al presente habiendo participado en la caída del Muro. El papa Francisco suele expresarse con gestos pequeños que logran gran trascendencia. Pareciera que se preocupa más por el futuro que por la coyuntura. Lo cierto es que la fe tiene hoy más vigencia que nunca y que lo espiritual recupera su lugar frente al dominio de lo material.
No me siento defensor del Santo Padre, que no lo necesita, únicamente intento reflexionar más allá de nuestro horizonte. Se me ocurre que ése es el espacio donde el Papa se mueve y que a nosotros nos cuesta entender. Y hasta me parece comprensible que así sea, es un conflicto profundo con la fe. Si los meses que le quedan al gobierno nos agobian y resultan infinitos no nos es fácil ubicarnos en la mirada de quien piensa en lo eterno. Son apenas dos dimensiones del tiempo.