En un último esfuerzo para detener un diabólico plan, los recuerdos, secretos y habilidades de un agente de la CIA son implantados en un impredecible y peligroso convicto condenado a muerte (Kevin Costner) con la esperanza de que él pueda completar la misión que este tenía pendiente.
A pesar que en apariencia se parece mucho a las películas de acción de hoy, "Mente implacable", del israelí Ariel Vromen (con experiencia en documentales, cortos y videoclips y que se visualizó en la industria estadounidense con el thriller "The Iceman") es una suerte de publicidad que esponsorea a Costner como el antihéroe desbordado y duro a la usanza de Liam Neeson, una figura de acción ahora taquillera en Hollywood.
Pero a diferencia de las historias de violencia de un personaje oscuro, intimidante y pragmático, como los que Neeson encarnó en la saga "Búsqueda implacable", o el de "Caminando entre las tumbas", el convicto Jericho Stewart de Costner encaja mejor en los roles de los villanos de los años noventa, al modo John Travolta, Nicolas Cage o John Malkovich, aunque con un aire más sentimental.
En este intento de reinventar la carrera del sesentón que supo reinar en popularidad como galán de "Robin Hood" y "El guardaespaldas", "Mente implacable" recupera de esa imagen el formato cursi y de seudo ciencia ficción que también reinó en los noventa.
Es así: un investigador, el doctor Franks (Tommy Lee Jones) ha desarrollado un proceso para trasplantar recuerdos de una persona fallecida en el cerebro de otra viva.
Cuando surge la necesidad de recurrir a este experimento para sacarle los recuerdos al agente de la CIA Bill Pope (Ryan Reynolds), el Dr. Frank ya tiene al candidato perfecto; un asesino psicópata prisionero en una cárcel de máxima seguridad.
Es que el jefe de la CIA Quaker Wells (Gary Oldman) necesita los recuerdos de Pope para encontrar a un hácker holandés (Michael Pitt), que se ha introducido en el sistema de lanzamiento de misiles nucleares y que está a punto de vender sus claves a un anarquista español (Jordi Molla).
Ariel Vromen sale bien parado. Su cámara avanza hacia el movimiento y sortea los obstáculos absurdos de la trama, incluso cuando están fuera de control o se inmiscuye en enredos psicológicos relacionados con la interferencia de los recuerdos propios del prisionero y los del agente de la CIA.