21 de septiembre de 2014 - 00:00

El próximo gobierno tendrá que ser de coalición

¿Es posible construir una coalición de gobierno en la Argentina luego del estrepitoso fracaso de la Alianza y del hegemonismo kirchnerista?

A 12 meses de las PASO, 14 de las elecciones y 16 de finalizar el mandato de Cristina Kirchner, cuatro alternativas políticas surgen en las encuestas, de las cuales ninguna es dominante -por encima del 40%-, ni ninguna está por debajo del 15% -en el caso del FAU-UNEN sumando todos sus candidatos- y por ende ninguna es descartable como próximo gobierno.

Todo puede cambiar en el lapso mencionado, sobre todo en la crítica situación económica y social que hoy vive Argentina y que probablemente se agravará en los próximos meses.

Además, las elecciones presidenciales recientes en América del Sur -la ya realizada en Colombia y las que en octubre tendrán lugar en Brasil y Uruguay- mostraron o vienen mostrando fuerte volatilidad. Sólo la de Bolivia, que se realiza el mismo mes, muestra una tendencia consistente hacia una nueva reelección de Evo Morales.

La cuestión es que probablemente el gobierno argentino que asuma en 2015 tendrá que gobernar en coalición, ya que la conformación del Congreso será la consecuencia de la relación de fuerzas de la primera vuelta, donde el voto estará más disperso. Además, al renovarse sólo un tercio del Senado y la mitad de la Cámara de Diputados, el oficialismo puede quedar con una fuerza realmente importante, sobre todo si quien gana no es justicialista.

La Argentina tiene poca cultura de gobierno en coalición, como sí la tienen en el ámbito regional Chile, Brasil y Uruguay: los tres países son gobernados por coaliciones de centro-izquierda que están integradas por diversos partidos.

En nuestro país no hay experiencias nacionales de coaliciones políticas exitosas en el gobierno. Hay que remontarse a los años treinta, cuando la Concordancia, articulada por Agustín P. Justo, reunió a demócratas (conservadores), radicales antipersonalistas y socialistas independientes.

En la política argentina contemporánea hay una experiencia provincial de coalición gobernante exitosa, que es la “Alianza por Santa Fe”: reúne a socialistas, radicales, la Coalición Cívica y la Democracia Progresista y ha gobernado la provincia durante casi 7 años y Rosario durante casi dos décadas. Pero es una experiencia que, aunque exitosa, la política nacional no la quiere registrar demasiado, aunque su matriz está detrás del Fau-Unen que compite en esta elección presidencial.

El problema es que el último intento nacional de coalición gobernante fue la Alianza constituida en 1997 por el radicalismo y el Frepaso, que ganó la elección legislativa de ese año y la presidencial de 1999. Su breve gobierno de dos años terminó en un gran fracaso, que fue la crisis de 2001-2002.

Ello ha dejado la percepción en la política argentina de que no se puede gobernar en coalición. Frente a ello, el peronismo viene apareciendo como la alternativa de gobierno casi inevitable.

Desde que surge en la política argentina en 1946, ninguno de los cuatro presidentes no-peronistas electos (Frondizi, Illia, Alfonsín y De la Rúa), logró terminar su mandato por diversas causas. En cambio, el peronismo ha terminado cinco: el primer gobierno de Perón, los dos de Menem después y los recientes del matrimonio Kirchner.

Hay una clave para comprender este fracaso del no-peronismo: su incapacidad de compartir el poder con la oposición. Si en la Universidad de Harvard un profesor plantea a sus alumnos un caso: en un país X (Argentina) gana la elección una coalición; pero la oposición tiene mayoría en ambas cámaras del Congreso (se trata de un país federal); el 80% de la población vive bajo gobiernos provinciales del partido opositor a dicha coalición; la “maquina electoral” -en nuestro caso el Gran Buenos Aires- está controlada por esa misma fuerza que ha quedado en la oposición y en este país, donde el sindicalismo es una fuerza poderosa, este decisivo actor social también está controlado por el partido opositor.

Pero resulta que la coalición gobernante a ese partido opositor, que controla todos los niveles del poder político, no le da ni un subsecretario. ¿Cuánto dura ese gobierno? La respuesta de los alumnos de Harvard será que sólo algunos meses, dado que sin asociar al partido opositor al poder, no se podrá gobernar.

En el hipotético caso -hoy poco probable- que el kirchnerismo ganara la elección, también necesitaría de una coalición. Renueva la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado, electos en 2011, cuando obtuvo el 54% de los votos. Si ahora ganara, sería a partir de una segunda vuelta y las bancas que obtendría serían, por ejemplo, por el 30% de la primera vuelta, con lo cual perdería la mayoría que hoy tiene.

La jefa del gobierno alemán, Ángela Merkel, tiene 70% de popularidad en su país, pese a que la economía en los últimos meses no ha crecido. Ella encabeza una “gran coalición” de su partido: el Demócrata Cristiano, que es de centroderecha, y el Socialdemócrata, de centroizquierda.

Es un buen ejemplo de un líder político contemporáneo capaz de generar una coalición. En cambio Obama, en los EEUU, ha fracasado en tender puentes con la oposición republicana y su popularidad es una de las más bajas de un presidente norteamericano al promediar un segundo mandato.

En conclusión, el gran desafío político del próximo presidente será tener la capacidad y la habilidad de saber gobernar en coalición y las experiencias históricas, como los modelos contemporáneos, son un buen antecedente para comenzar a discutir sobre el tema.

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