Es bien sabido que Mendoza es una provincia institucionalmente sólida, bastante más que el promedio del país. No nació a la vida independiente de la mano de un caudillo fundante como casi todas las provincias, sino de un héroe y de una gesta, de San Martín y la libertad de América. Y ello culturalmente la signó para siempre.
Salvo contadas excepciones, la provincia no tuvo hombres fuertes sino instituciones sólidas que siempre le pusieron un límite a las ambiciones de concentración del poder, ya sea político como económico.
No obstante, de cuando en cuando suele aparecer alguien que quiere quebrar ese estilo cultural y proclamarse el “dueño” de Mendoza, al modo de esos patrones de estancia que dominan en otras latitudes, sobre todo del norte y del sur argentinos.
Viene a nuestro recuerdo la figura del empresario Héctor Greco que a través de la vitivinicultura y las finanzas intentó crear un emporio en Mendoza de elevadísima concentración económica. Fue de alguna manera el primer capitalista de Estado que surgió del proyecto económico del proceso militar que quería tener un “capitalismo de amigos”. No obstante, Greco especuló tanto y tan mal que sus propios impulsores militares le bajaron el dedo a sus brutales desmanejos financieros. Meterse con Mendoza no era fácil ni siquiera para los milicos y sus aliados civiles.
Raúl Moneta pertenece a esa tradición de empresarios que deciden multiplicar al infinito su fortuna aliándose con el poder político de turno. En lo local fue el sucesor de Greco y a nivel nacional el antecedente menemista del capitalista amigo de los Kirchner, Cristóbal López (con el cual, en su decadencia, haría algunos negocios conjuntos).
Moneta se sintió atraído por las bondades mendocinas y quiso ver si desde aquí podía trascender devenido en uno de los hombres más poderosos del país. O sea, las alturas lo marearon, como suele suceder. Y entonces se creyó invulnerable.
Su proyecto tenía tres patas: la primera era simbólico, o sea aterrizar en la provincia con caballos, gauchos y vírgenes, con los cuadros pampeanos de Molina Campos y las canciones de Soledad Pastorutti tal cual una especie de rey mago cultural que venía a traer el gran país a la buena aldea. La segunda era financiera, y para eso compró los dos bancos estatales de la provincia en alianza con varios empresarios locales. Y la tercera, comunicacional, tratando de crear un imperio mediático que desde Mendoza compitiera con los medios de comunicación nacionales más tradicionales.
Claro que, como todo capitalista amigo, eso lo quería hacer con plata de los mendocinos. Contaba para eso con que el gobierno local le depositara todos sus recursos en los bancos privatizados, como si siguieran siendo del Estado, y a partir de allí triangular dinero de acuerdo a sus conveniencias con las instituciones financieras que él tenía en Buenos Aires. Pero como eso no ocurrió, a la postre el experimento terminó quebrando. Su gran imperio financiero, comunicacional y cultural se vino a pique en menos que canta un gallo. Mendoza fue su Waterloo. Como Greco antes, o Cristóbal López después, su destino estaba escrito.
Excepto que el “gaucho” Moneta no se dejó apresar por la justicia cuando ésta fue a buscarlo. Estuvo prófugo varios meses y luego se vengaría ferozmente de los que intentaron apresarlo. A la manera de un Conde de Montecristo vernáculo, Raúl Moneta compró consejeros de la magistratura para destituir al juez que ordenó su detención y creó diarios locales para difamar a todos los políticos, periodistas y empresarios que se le opusieron. Pero todo fue en vano. La institucionalidad mendocina lo terminó derrotando como a todos los que intentaron ser los dueños de una provincia que no admite ser propiedad de nadie.
Y entonces, ya muy golpeado, fue a probar suerte por otros lares.
Se lo recuerda aún cuando, en su ocaso, quiso sacar partida menor de la imprenta Ciccone presentándose falsamente como el financista que estaba detrás de Boudou y su bandita de malandras.
Su tiempo había pasado.