27 de diciembre de 2014 - 00:00

El pesebre K y sus límites

En esta larga década, el kirchnerismo ha demostrado una gran capacidad para reaccionar en forma pragmática frente a adversidades e imprevistos, como el reciente “olvido” del pesebre junto al árbol de Navidad frente a la Casa Rosada. En otros ámbitos, como

Las incidencias en torno del árbol de Navidad que este año se instaló en el frente de la Casa Rosada porque sigue en obra la trasera Plaza Colón, es toda una metáfora del kirchnerismo.

El hasta hace unos días secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, ahora secretario de Inteligencia, mandó emplazarlo sin reparar en la ausencia del tradicional pesebre. Fue el obispo porteño, monseñor Mario Poli, quien le observó el faltante a la Presidenta en la reunión de salutación por fin de año con el episcopado, el lunes pasado.

Ahí mismo, delante de los prelados, ella le ordenó al sucesor de Parrilli, Aníbal Fernández, cubrir el olvido de su predecesor. Menos de 48 horas después, el miércoles, a poco del momento del brindis de la Nochebuena, Cristina Fernández tuiteó: “Bueno, ya está. ¡Mirá qué lindo quedó (foto del pesebre)!”.

Puede parecer una nimiedad. La anécdota, sin embargo, pinta de cuerpo entero uno de los rasgos distintivos del kirchnerismo en esta década larga: su sorprendente capacidad de reaccionar de manera pragmática, no ideológicamente, ante las adversidades y los imprevistos del ejercicio del poder.

Tal vez el caso más elocuente sea el de la mutación de la relación con Jorge Bergoglio-obispo a con Jorge Bergoglio-papa Francisco; un viraje, a propósito, que este enero volverá a dar sus frutos, con otra visita presidencial al Vaticano, la cuarta en menos de dos años de papado del argentino, esta vez para recordar junto a Michelle Bachellet los 30 años de la mediación vaticana que permitió el acuerdo de paz por el Beagle.

Bachellet. ¿Es la chilena la que con su segunda presidencia inspira la estrategia de Cristina Fernández camino al octubre inminente: la vuelta en 2019 tras un interregno de un gobierno de centroderecha? Mauricio Macri sería en ese escenario el Sebastián Piñera argentino, aunque Cristina no es Bachellet; ni el peronismo, es decir el PJ, la Unidad Popular trasandina.

De ahí que como segunda parte de su estrategia, tal vez la menos deseada, Cristina da pasos permanentes en el condicionamiento de Daniel Scioli como “candidato cantado”.

Florencio Randazzo es en ese sentido una/la pieza clave. No porque el ministro del Interior y Transporte sea, al menos por ahora, una amenaza seria para Scioli en las PASO de agosto, a partir de una candidatura hecha a pura gestión y profesión de lealtad kirchnerista.

Sí, porque le permitiría a ella el poder necesario (“la Bic” de Néstor Kirchner) a la hora crucial del armado de las listas, vicepresidente incluido, en apenas seis meses.

Por eso los lugares que la Presidenta le da a Randazzo en cuanto acto público encabeza; el último, el mismo lunes pasado, cuando la flanqueó en el brindis con los diputados y senadores oficialistas con los que cerró un año pródigo en la aprobación de leyes clave para la preeminencia post diciembre 2015.

También esa ocasión, la del lunes pasado, sirvió para que quedara definido el compromiso de que Cristina llegue al final del mandato sin mengua de su poder.

Hubo en su despacho una reunión previa a la de los legisladores con las autoridades de las cámaras y de los bloques oficialistas en las mismas.

También participó el vicepresidente Amado Boudou. Significativo, aunque no determinante, sobre la suerte del a la vez presidente del Senado.

Pese a su procesamiento en una causa menor respecto de las otras que le pesan, Boudou seguirá en su puesto. “La Presidenta no le va a pedir que dé un paso al costado”, dijo a este cronista una fuente presidencial.

A diferencia de otros funcionarios designados por Cristina, si bien fue ella quien lo eligió para acompañarla, Boudou fue electo. No es el caso del general Julio César Milani, cuyo procesamiento fue solicitado esta semana por la fiscalía en la causa por la desaparición del soldado Alberto Ledo.

El flamante secretario general de la Presidencia se encargó de anticipar en nombre de ella cuál será el destino de Milani si finalmente es procesado: “Será destituido”, dijo Aníbal Fernández. Nada nuevo, de hecho.

Sucedió lo mismo cuando otros funcionarios, civiles o militares, fueron procesados: el almirante Jorge Godoy debió renunciar a la jefatura de la Armada procesado por presunto espionaje a civiles, y el general Roberto Bendini a la del Ejército por presunta malversación de fondo; del mismo modo que Felisa Miceli como ministra de Economía.

Aquella metáfora inicial sobre la particularidad del kirchnerismo difícilmente pueda aplicarse al ámbito de la Justicia. La pelea en ese ámbito es esencialmente política y en esos términos finalmente se resolverá.

El caso mayor en este terreno son las causas que impulsa el juez Claudio Bonadío, desde Hotesur a las que involucran al fiscal contra el narcotráfico y el lavado de activos Carlos Gonella.

“El objetivo no soy yo sino el Gobierno”, dijo estos días el fiscal declarado en rebeldía. Lo mismo, pero a la inversa, podría decir (y en privado lo dice) el mismo Bonadío; y con él, buena parte del estamento judicial, jueces más que fiscales.

Ante esto, de nada vale el “tocá madera, nena”, con el que la Presidenta, a una semana del fin de año, instó a una cronista la noche del lunes en la sala de periodistas de la Rosada, a propósito de una víspera de Año Nuevo sin incidentes, ni saqueos. Serán las urnas las que, ante esto, dirán qué.

LAS MAS LEIDAS