“Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y absorta en sí”, agregó el Papa.
Si bien la Iglesia católica apostólica y romana ha estado perdiendo seguidores en Europa durante varias décadas, lo que el Papa dice sigue teniendo peso. Su discurso, el cual describió como un “mensaje de esperanza y aliento”, equivalió a una crítica en verdad directa del trastorno de Europa, viniendo del primer pontífice que no es europeo en más de un milenio.
John Thavis, escritor estadounidense sobre la Iglesia y autor de “Los diarios del Vaticano”, dijo que Francisco tenía una perspectiva muy diferente sobre Europa que sus dos predecesores inmediatos, un polaco y después un alemán, para quienes “Europa era el centro del Universo”.
Marcando un contraste, Francisco ofreció escaso aliento a llamados por “más Europa”, haciendo eco más bien de algunas de las quejas de políticos en surgimiento que consideran a la UE como una fuerza entrometida que inhibe, en vez de promover, la ambición y el crecimiento económico.
“En años recientes, conforme la Unión Europea se ha expandido, la desconfianza ha crecido por parte de ciudadanos hacia instituciones consideradas distantes, comprometidas en aplicar reglas percibidas como insensibles hacia pueblos individuales, si no categóricamente nocivas”, dijo Francisco, vestido con hábito clerical blanco mientras se dirigía al salón repleto.
La inconformidad popular hacia la burocracia de la UE, considerada derrochadora, elitista y acomodaticia, contribuyó a darle impulso al partido de la extrema derecha Frente Nacional y varios otros grupos en otra época nacionalistas de tendencia extrema hasta firmes logros en las elecciones de mayo por el Parlamento Europeo. En Francia, el Frente Nacional superó a todos los demás partidos.
El Parlamento Europeo, que mantiene descomunales instalaciones y personal tanto en esta ciudad francesa cerca de la frontera alemana como en la capital belga, Bruselas, se ha convertido en sí en un emblema del derroche y desinterés de las inquietudes de la gente común que ha drenado el apoyo de un impulso de medio siglo por mayor integración, así como contribuido al ascenso de los nacionalistas antieuropeos.
Sin embargo, en su discurso, el Papa también apuntó a estos populistas -muchos de los cuales exigen marcadas reducciones a la inmigración y denuncian a inmigrantes como zánganos- suplicando por más compasión hacia los inmigrantes.
La petición ha sido una característica habitual de la agenda del Vaticano desde que Francisco se volvió papa, tras el sorpresivo retiro de Benedicto XVI el año pasado.
En su primer viaje fuera de Roma tras su elección, el nuevo papa denunció la “globalización de la indiferencia” durante una visita a la isla italiana de Lampedusa, cerca de donde veintenas de inmigrantes se han ahogado mientras intentaban llegar a Europa desde África en endebles lanchas.
“No podemos permitir que el Mediterráneo se convierta en un vasto cementerio”, dijo el Papa este martes. “Los botes que atracan a diario en las costa de Europa están llenos de hombres y mujeres que necesitan aceptación y ayuda”.
Y agregó que, a falta de una respuesta en común por parte de la UE al flujo de inmigrantes desesperados, se ha dado origen a que países individuales adopten sus propias medidas, “lo cual no alcanza a considerar la dignidad humana del inmigrante y, por tanto, contribuye al trabajo forzado y la continuación de tensiones sociales”.
Guy Verhofstadt, líder de la Alianza del Parlamento de Demócratas y Liberales, dijo que coincidía con el Papa en el sentido de que Europa sufría de una “falta de dinamismo” y aprovechó esto para impulsar sus propias demandas estancadas por un “nuevo salto adelante”, hacia mayor integración europea.
Dijo que Europa necesitaba “una nueva visión, una nueva ambición, exactamente igual que en 1992”, cuando los 12 miembros de lo que es actualmente un bloque de 28 naciones aplicaron acciones para abrir sus economías a la competencia trasfronteriza, como parte de esfuerzos por crear un denominado mercado único para diciembre de ese año.
De cualquier forma, algunos de los partidarios más firmes del Papa en Europa no son liberales de mercado libre como Verhofstadt, sino miembros de la izquierda como el líder opositor de Grecia, Alexis Tsipiras, quien se describe como un ateo que visitó el Vaticano en setiembre y aclamó a Francisco como el “pontífice de los pobres”.
El Papa se ganó un aplauso particularmente fuerte este martes, tras comentarios que parecían desafiar una política guiada en su mayoría por alemanes, que tiene sus raíces en la austeridad, como la cura para los males económicos de Europa.
“Ha llegado el momento de promover políticas que creen empleo”, dijo, “pero, sobre todo, se necesita restablecer la dignidad al trabajo asegurando condiciones laborales que sean apropiadas”.
En un segundo discurso del martes ante el Consejo de Europa, otra asamblea de Estrasburgo con un edificio palaciego pero escasa resonancia entre personas ordinarias, Francisco dijo: “Abrigo la profunda esperanza de que se sienten las bases para una nueva cooperación social y económica”.
El Pontífice notó que la Iglesia católica ha desempeñado un importante papel a lo largo de los siglos para suministrar caridad a los pobres de Europa, pero agregó: “¡Cuántos de ellos están en nuestras calles! Ellos no solo piden la comida que necesitan para sobrevivir, que es el más elemental de los derechos, sino también una apreciación nueva del valor de su propia vida, que la pobreza ensombrece, y un redescubrimiento de la dignidad conferida por el trabajo”.
Cuando Juan Pablo II se dirigió al Parlamento de Estrasburgo en 1988, denunció el alejamiento constante de Europa de sus raíces cristianas, advirtiendo que la “exclusión de Dios de la vida pública” ponía en peligro el futuro del continente.
Su discurso, si bien animado en general con respecto al acercamiento de Europa Oriental y Occidental, generó fuertes críticas de secularistas que insistieron en que la religión no tiene cabida en instituciones europeas.
Francisco, marcando un contraste, no enfrentó dicha oposición y más bien suscitó repetidas rondas de aplausos por parte de miembros del Parlamento. Además, se refirió a la herencia cristiana de Europa y los peligros de perderla, pero se centró en temas actuales como pobreza, inmigración y desempleo.
El Parlamento Europeo ha evadido por lo general temas de fe, considerando que son divisivos y disruptivos para el objetivo de una “unión cada vez más estrecha” establecido en el Tratado de Roma de 1957.
Martin Shulz, el presidente del Parlamento Europeo y anfitrión de Francisco este martes, ayudó a encabezar -en 2004- una exitosa campaña para obstruir a un nominado italiano al brazo ejecutivo de la UE por haber expresado su apoyo personal a las enseñanzas católicas sobre el aborto y la homosexualidad.
Al mismo tiempo, Europa sigue imbuida en el cristianismo, su paisaje tachonado de antiguas iglesias -actualmente, en su mayoría vacías- y los himnos de muchos países rinden homenaje a Dios.
Incluso la bandera de la UE -un círculo de 12 estrellas amarillas en un fondo azul- tiene un mensaje cristiano codificado. Arsene Heitz, católico francés que diseñó la bandera en 1955, originalmente para el Consejo de Europa, se inspiró en iconografía cristiana de la Virgen María usando una corona con 12 estrellas. Sin embargo, las relaciones oficiales de la bandera hoy día no hacen referencia a esto.