El Estado es un espacio infinito que siempre está tentado de beneficiar a sus obsecuentes y seguidores cubriéndolos de las inclemencias de la realidad. Además, cuando se ocupa de perseguir a sus opositores es que elige el camino estalinista.
El Estado es un espacio infinito que siempre está tentado de beneficiar a sus obsecuentes y seguidores cubriéndolos de las inclemencias de la realidad. Además, cuando se ocupa de perseguir a sus opositores es que elige el camino estalinista.
Cualquier cargo dependiente del Estado termina siendo un espacio donde los beneficios son definitivos y las obligaciones tan sólo circunstanciales.
Entre la realidad que exige éxitos y obliga al esfuerzo y la burocracia que dice ofrecer trabajo cuando únicamente regala prebendas, entre ambos espacios hay un mundo de distancias.
El mundo de las izquierdas marxistas murió aplastado por la catarata de prebendas que aportaba su manejo de los beneficios estatales.
Y esos beneficiarios construían un aparato de persecución a sus enemigos, a los disidentes, -en rigor- a los seres libres.
La eterna excusa se asienta en que combaten a los ricos, la realidad es que los perseguidores terminan más ricos que aquellos a los que decían combatir.
Un peón de taxi tiene más de doce horas en la calle, y a veces apenas saca para vivir. Un empleado del Estado normalmente no transita esas angustias, y en muchos casos, además, organiza huelgas y manifestaciones para exigir mejoras.
En el Estado, los supuestos trabajos que el mismo otorga, en la mayoría de los casos están vinculados por la necesidad de dar cobijo a los seguidores del momento. O sea, muchos trabajos no surgían de la necesidad laboral sino tan sólo de la necesidad de darle un salario que beneficie al seguidor.
El menem-cavallismo se caracterizaba por achicar el Estado para permitir incrementar las ganancias de las empresas, casi siempre extranjeras.
En el jolgorio de venta del patrimonio nacional, la demencia de los muchachos de la Fundación Mediterránea llevó a traer obreros de España para hacer los pozos en esta Capital.
Las ideologías suelen ser fuentes de enfermedad mental, tanto las liberales como las estatistas.
Vendimos todo, achicando supuestos gastos que era lo mismo que destruir fuentes de trabajo. Los españoles se llevaban la ganancia y a nosotros nos quedaban los desocupados.
A Cavallo hay que dejarlo hablar hasta por los codos, es el enterrador de lo peor del liberalismo argentino. IDEA junto con la Fundación Mediterránea deberían haber desaparecido con su fracaso, sin embargo, como tienen plata ni siquiera se sintieron obligados a realizar una autocrítica.
Pero los burócratas de turno, los saqueadores del Estado, esos que hoy tiran manteca al techo como si tuvieran “la vaca atada”, esos son la contracara de los Cavallo, en rigor, son esencialmente del mismo palo.
Los Cavallo intentaban limitar la ganancia al admirado "inversor extranjero", los kirchneristas reparten las ganancias entre oficialistas y aplaudidores.
En ambos casos carecemos de un modelo de sociedad.
El Estado genera recursos para gastar alegremente en sus medios de comunicación, que son tantos como vocación de alcahuetes impere en la selva mediática.
Confunden micrófonos con audiencias, entonces convierten a Lanata en el centro del universo y lanzan sus perros ladradores a explicar que Lanata no trabaja para el Bien, que casualmente son ellos.
La cara del jefe de Gabinete amenazante, aclarando que si no apoyamos al gobierno caemos en el espacio de los “buitres”, es una simple convocatoria a la traición.
En la vida, en la realidad, sin estar protegido por el Estado, hay éxito o fracaso, no hay tiempo ni dinero para alimentar burócratas.
Pero en el Estado a nadie le molesta el gasto, es plata ajena y entonces gastan millones y millones para darles a los pobres un sistema televisivo de pobres, con pocas señales, todas oficialistas y con muy mala visión.
Somos una sociedad donde las ideas han sucumbido aplastadas por los beneficios. O simplemente tienen vigencia para justificar ganancias.
No existe una explicación para este amontonamiento de señores feudales sin limitaciones morales y supuestos progresistas muy sensibles a rechazar todo pensamiento que no surja del poder.
El Estado convertido en gran distribuidor de beneficios, y los beneficiarios convertidos en oficialistas de la primera hora.
Luego todo carece de coherencia, el pasado necesita ser inventado, suelen estar “flojos de papeles”. Y la década para ellos está “ganada”.
El gobierno agoniza carenciado de ideas y propuestas, la sociedad sólo se siente apabullada por el tiempo que falta para que llegue lo nuevo.
Y sin duda necesitamos que lo nuevo sea digno, capaz de convocar a los que piensan distinto, capaz de sacarnos de la mediocridad y los odios hoy imperantes.
El Gobierno tiene muchos candidatos, es la suerte de saber que no le sirve ninguno. Importa el resto, el espacio de la democracia: ese espacio obligado a debatir un nuevo proyecto de sociedad, nada pretencioso, parecido a una nueva forma de convivencia.
En nuestra crisis política una cuota de humildad es mucho más necesaria que el talento. O mejor dicho, hoy la humildad es la expresión superior del talento. Y eso, tan sólo eso es lo que necesitamos.
El mundo de las izquierdas marxistas murió aplastado por la catarata de prebendas que aportaba su manejo de los beneficios estatales. Y esos beneficiarios construían un aparato de persecución a sus enemigos, a los disidentes, -en rigor- a los seres libres.
La eterna excusa se asienta en que combaten a los ricos, la realidad es que los perseguidores terminan más ricos que aquellos a los que decían combatir.