La vida del hombre, su “tiempo vital” si se me permite llamarlo así, posee dos dimensiones: una lineal y otra cíclica. Lo lineal implica un principio y un fin: el nacimiento, el crecimiento y la muerte. En algunas culturas no cristianas, esta concepción lineal no es algo evidente ni aceptado: a la muerte sigue una nueva vida y el proceso vuelve a iniciarse una y otra vez. En estas culturas el tiempo vital se concibe exclusivamente como cíclico.
En la visión cristiana, por el contrario, la vida del hombre encuentra un estado final y definitivo: la resurrección o la condenación. Si aceptamos la resurrección como un hecho, la frase de Borges sería incompleta: la muerte sólo es un paso a la inmortalidad.
Nuestra cosmovisión está transida por esta idea lineal (cristiana) del tiempo que concibe un estadio final. Aun la gran parte de quienes niegan la resurrección admiten que en un momento el tiempo acaba. Ese momento sería la muerte.
Pero por más que asumamos esta visión lineal del tiempo, la vida del ser humano se constituye también por un aspecto cíclico. El filósofo Yepes Stork explicaba que hay una serie de dualidades que se suceden: la vigilia y el sueño; lo serio y lo lúdico; el trabajo y el ocio; el hablar y el callar; la soledad y la compañía. A cada aspecto sigue su contrario y todo vuelve a empezar: al sueño sobreviene la vigilia y a la vigilia, el sueño. Su continua reiteración constituye un ciclo.
Aunque la vida humana se despliega como un todo y no es simple aislar los momentos en los que transcurre, propongo analizar dos aspectos, que me parecen particularmente fructíferos en esta época del año: el trabajo y el ocio.
La vida plena
En el siglo XIX Nietzsche se quejaba de la vergüenza que experimentaban los hombres cuando era encontrados tomando un paseo por el campo o disfrutando del tiempo libre: la mayoría se excusaba de que lo hacía por razones médicas o por cualquier otro motivo, como si el ocio fuese algo denigrante.
Lo cierto es que, desde la época de Nietzsche o quizá desde antes, la palabra “ocio” adquirió un sentido peyorativo que conserva hasta nuestros días. No ocurría tal cosa en la antigüedad: ocio era el tiempo del que disfrutaba el hombre libre. A la palabra “otium” se oponía el “neg-otium”: al ocio se opone el negocio. Ocio no era sinónimo de pereza, de pura inactividad: el ocio era la actividad más importante.
En nuestras sociedades esto puede sonar raro. No obstante, deberíamos repensar el modo en que entendemos la relación trabajo-ocio. Yepes Stork afirma que mientras en el trabajo “estamos en tensión hacia las cosas”, en el ocio, por el contrario, abandonamos ese esfuerzo para saborear las cosas que permanecen: los afectos, la contemplación de la naturaleza, la belleza, el conocimiento, el hecho religioso, conversación fructífera, el deporte, el silencio…
Esto, de ninguna manera, implica denigrar la actividad, la vida activa. Pero sucede que, hoy por hoy, el concepto de “actividad” se ve reducido a “actividad productiva”, es decir, nuestro hacer debe tener un efecto visible y mensurable. Actividad es sinónimo de trabajo y trabajar es únicamente hacer algo que reporte ganancia. Por supuesto que no sería posible según nuestra naturaleza humana vivir en un puro ocio o en un puro trabajo. Pero, quizá, nuestras vidas se hallan demasiado sumergidas en “ganar” y “poseer”.
Este afán de ganancia, muchas veces desmedido, tiene múltiples causas y muy variadas consecuencias. Sólo mencionaré una consecuencia: la pérdida del interés por lo comunitario.
Se me objetará, ¿no es a la inversa? ¿No son los hombres ociosos los más desinteresados por el prójimo, los más centrados en sí mismos, los más egoístas?
Aquí, nuevamente, nuestra visión moderna que identifica ocio con pereza y desidia nos juega una mala pasada. Como ya dijimos, el ocio bien entendido no tiene nada que ver con eso.
Hannah Arendt explica en “La condición humana” que lo político surge de modo pleno cuando los hombres disponen del tiempo y la libertad suficientes como para abandonar sus “negocios” y pensar en algo más importante: el bien común. Antes que Arendt, Aristóteles lo había visto con claridad: el esplendor cultural y político de las ciudades griegas surgió cuando los hombres tuvieron tiempo y recursos para ocuparse de algo más que de las necesidades inmediatas. Ese algo más, según el gran Filósofo, era “el ocio”.
Deberíamos, entonces, intentar recobrar ese valor como parte constitutiva de la vida plena, independientemente de su productividad. En primer lugar porque nuestra vida individual mejoraría cualitativamente: quien posee tiempo dedicado a la lectura, al silencio, al diálogo, al deporte, etc. vive de modo más humano.
En segundo lugar, porque posiblemente muchos de nuestros problemas comunitarios cobrarían mayor atención para nosotros: si lográramos, en la medida de lo posible, que las necesidades básicas no ocuparan el primer lugar en nuestra escala de valores, la realidad política sería un poco mejor.
Ahora bien, y según lo que hemos dicho, el ritmo de nuestros días nos impone un trabajo que deja poco lugar al ocio. ¿Cómo conciliarlos entonces? El problema no es sencillo, pero sucede lo mismo con las otras dualidades que enumerábamos al principio: ¿hay que pasar más tiempo sólo o más tiempo acompañado? ¿Más tiempo en silencio que hablando? Alguien me dijo una vez que debe buscarse el equilibrio y la armonía entre las dualidades de la vida, pero sabiendo que son “equilibrios inestables”.
Dar forma y sentido a esa inestabilidad es la tarea que todos tenemos que enfrentar. Comencemos, por qué no, por dar lugar al verdadero ocio.