En 1992 presenté un trabajo con ese título en el marco de mis actividades docentes en la Universidad de Georgetown en Washington DC. Era un debate con las ideas del reconocido filósofo Francis Fukuyama que en su libro “El Fin de la Historia” pronosticaba un mundo sin debates de grandes ideas sobre la base de una pax americana en el plano estratégico y del triunfo definitivo de las democracias capitalistas como modelo global.
En mi opinión, la generalización superficial de esa ideas implicaba errores y riesgos. Por un lado, ignorar el proceso histórico del Siglo XX en Occidente. Por el otro, desconocer los emergentes cambios que en Asia y particularmente en China se venían gestando desde mediados de los años 80.
Ese mismo año, terminado mi semestre académico en Washington, estuve 30 días visitando centros académicos y reconociendo China. No sólo en Beijing sino también Shanghai y otras ciudades emergentes.
El triunfo de las flexibles y dinámicas sociedades democráticas de Occidente sobre el rígido y dictatorial régimen de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no fue producto del capitalismo salvaje y de las democracias restringidas, sino justamente del surgimiento de sistemas políticos liberales más inclusivos y economías de mercado articuladas con nuevos derechos sociales, instituciones y mecanismos antimonopólicos.
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Casi tres décadas después es claro que en muchos espacios de Occidente esta visión ahistórica se generalizó. Muchos líderes desoyeron las reflexiones que grandes intelectuales como Joseph Nye, Manuel Castells y Anthony Giddens efectuaron para advertir sobre los desafíos estratégicos, políticos, económicos y sociales que la Nueva Sociedad Global del Conocimiento y la Información implicaban. La guerra comercial actual, la crisis del Brexit en Europa, el drama escatológico del cambio climático, la continuidad de los sangrientos enfrentamientos en Oriente Medio, el surgimiento de irresponsables populismos de derecha e izquierda que en algunos casos devienen en dictaduras, la creciente inequidad en la distribución del ingreso que se produce en la mayoría de las economías desarrolladas y en desarrollo, las grandes y caóticas migraciones y las explosiones sociales que deslegitiman y debilitan instituciones y representatividad política, son un extenso e insuficiente muestrario de la realidad.
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¿Qué pasó en Chile? Es imposible entender esta crisis y otras muchas en la región y el mundo sin al menos analizar este contexto. En estos días se generalizó una frase para explicar la crisis: “No son 30 pesos son 30 años”, articulando el último aumento del 5% en el pasaje del metro chileno con los 30 años de democracia en Chile. Refleja falta de rigor histórico. Cuando la Concertación chilena asumió el gobierno, la inflación y la pobreza superaban el 30%. El país estaba aislado del mundo. Hoy está articulado a pleno con la Región, EEUU, Europa, China, Japón y toda el Asia Pacífico. Una pobreza tres veces menor, 2% de inflación, y una nueva y amplia clase media. Si bien el índice de Gini mostró un mejoramiento en la distribución del ingreso, sigue siendo uno de los más regresivos en el mundo.
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Entonces, todos los que sinceramente reconocimos que no esperábamos una reacción de este calibre, magnitud social y extensión: ¿estábamos imaginando un Chile perfecto y sin tensiones? No. En mi caso no y tampoco en personalidades como la del ex presidente Ricardo Lagos. En estos momentos existe un incipiente y esperanzador diálogo entre oficialismo y oposición y desde ellos con la sociedad para buscar una salida con consensos básicos, sin eliminar el sano pluralismo que permita superar, con medidas de corto plazo, la parálisis del país y plantear una agenda más inclusiva y sustentable, reconociendo los logros de estos 30 años pero también las demandas que las nuevas clases medias reclaman y el espacio que necesitan importantes sectores de la sociedad excluidos, pese al importante proceso de movilidad social ascendente y modernización que vivió Chile en estos años.
No es menor la necesaria renovación del sistema económico. Se viene planteando en los últimos dos gobiernos (Michele Bachelet y Sebastián Piñera), aunque con propuestas aún no coincidentes, que el actual perfil social y productivo de Chile es insuficiente para defender los logros, disminuir la inequidad y mejorar la situación social. Ambos han hablado de la necesidad de una mayor competitividad aunque con diagnósticos y propuestas distintas.
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Finalmente no puedo dejar de mencionar la impresionante, alegre y pacífica movilización de más de un millón de ciudadanos en las calles de Santiago. También en otras regiones. Una amplísima gama social y de edades. Lo viví caminando 15 cuadras, cuando apuntaba el atardecer desde occidente, y me trasladaba desde la embajada en la zona céntrica hasta el consulado y nuestra residencia que está a 100 metros de Plaza Italia. “El hoyo del Queque” de los festejos y protestas como dicen los chilenos. En este caso, desbordado por la multitud. También los seguí hasta tarde desde la ventana. Exigentes y críticos, pero pacíficos.
Cuando se retiró el pueblo chileno, tras una demostración de ciudadanía, volvieron las minorías violentas antisistemas a destruir bienes públicos y privados valorados por la comunidad.
Por suerte cada día que pasa estos disminuyen y las manifestaciones ciudadanas crecen y les ponen limites.
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¿Corre peligro la democracia en Chile? Tengo la convicción de que no: un dirigente que preside un joven partido de centro que forma parte de la coalición de gobierno twitteó: “Una jornada pacífica que marcará la historia. Chile no es lo mismo que era ayer. No lo cambió la política. Es la política la que debe cambiar”.