3 de octubre de 2019 - 00:00

El monoteísmo político en la Argentina - Por Francisco Javier Guardiola

La idea del eterno retorno de lo mismo desplegada por Nietzsche, o la del mito de Sisifo tan bien recreada por Camus, me permiten hacer el ejercicio de pensar en hechos o procesos históricos que se repiten. No es aceptable adjudicar ideologías presentes o más cercanas, a personajes de la historia de tiempos anteriores. Resultaría un verdadero disparate decir que el dictador argentino Juan Manuel de Rosas fue peronista, o fascista.

Sin embargo, no parece un error cuando invertimos la idea y decimos que Perón tenía una simpatía evidente hacia el dictador Rosas o que se formó bajo el techo de algunas ideas fascistas.

Con estas ideas, me introduzco en el mundo de la contraposición que existió en la historia, entre la concepción politeísta y la monoteísta. Un mundo de diferentes cosmovisiones en el que la humanidad se enfrentó allende los tiempos, siendo finalmente el monoteísmo la fuerza vencedora indiscutida que rige hasta nuestros días.

Con la ayuda de algunos autores, como Jonathan Kirsch (“Dios contra los dioses”), de Juan José Sebreli (“Dios en el laberinto”) y Catherine Nixey (“La edad de la penumbra”), y de información adquirida a lo largo de lecturas dispersas, pretendo dilucidar la influencia de la concepción victoriosa -dijimos la monoteísta- en las ideas políticas.

La Licenciada Nixey, explica de manera documentada el período del imperio romano que abarca desde el 312 d.c. y el 532 d.c., desde Constantino hasta Justiniano, en el que la Roma Imperial adoptó al cristianismo como religión oficial del Estado y produjo la eliminación física y espiritual del mundo grecorromano, y de este modo, del mundo clásico, arrastrando hacia la impenetrable tumba del olvido y la hoguera, los escritos y las ideas filosóficas, científicas y artísticas que el ser humano consiguió desde la revolución neolítica hasta los siglos IV y V de nuestra era. En este período se produjo la mayor devastación de cultura jamás antes vista, en el que se derrumban a fuerza de martillazos los templos, estatuas y edificios paganos, incluida la biblioteca de Alejandría.

Es el período en el que se plasma el triunfo del cristianismo luego de perseguir hasta su eliminación, el más mínimo vestigio que representara la cultura clásica. El filósofo neoplatónico Damascio debe cerrar la Academia de Atenas y exiliarse en Persia para no ser degollado por no profesar la religión del Estado o por seguir explicando el mundo como lo concibió Demócrito, con la existencia del átomo como unidad primigenia y eterna, y no como la creación de un ser único y todo poderoso. Estas acciones de destrucción, fueron realizadas con éxito por hordas de cristianos, algo así como grupos de menesterosos y de asesinos voluntarios, totalmente ignorantes y guarangos imbuidos de brutal fanatismo religioso, deseosos de una eternidad en el paraíso o temerosos de una eternidad en el infierno. Pero fueron acciones que estaban avaladas e instigadas por el propio Papa San Melquíades, por los padres prestigiosos de la Iglesia, como San Agustín o San Juan Crisóstomo, y por otros santos que consideraban a estos hechos vandálicos, como actos de simple “crueldad misericordiosa”. Baste con recordar el linchamiento, violación y muerte de Hipatía, la filósofa y matemática neoplatónica del siglo IV a manos de una muchedumbre cristiana.

Ya sabemos que el mundo antiguo anterior al sistema imperial-monoteísta inaugurado por el cristianismo, tampoco fue un paraíso terrenal. Sin embargo, ese mundo anterior, igualmente cruel y devastador, fue un mundo de múltiples dioses y de rituales diversos, y en el que nadie era perseguido jamás por sus conductas religiosas ni por sus preferencias sexuales. Es a partir del cristianismo -continuador del judaísmo- cuando se universaliza la idea del monoteísmo absoluto, de la aversión extrema hacia el sexo y el rechazo al mundo dionisíaco en general. Empezaba así la etapa más larga de intolerancia religiosa, el monoteísmo había llegado al poder, y de este modo la “eliminación del otro” pasó a ser un mandato divino. Luego esta idea se verá perfeccionada con la llegada del Islam en su etapa tardía, y que aún perdura más rígida que nunca.

Como una gota de agua de mar contiene en sí a todo el mar, resulta inevitable hacer un ejercicio intelectual de libre asociación. Considerar a la cultura clásica como un pecado al que se debe castigar, se ha repetido muchas veces en la historia. Pasó en la Europa de la primera parte del siglo veinte, apareciendo por derechas el fascismo en Italia, el nazismo en Alemania, el falangismo en España, el estado novo en Portugal y el régimen de Metaxás en Grecia, y haciéndolo por izquierdas el comunismo de la Unión Soviética. Las democracias liberales se debilitaron y como le sucedió a la cultura clásica en el siglo IV, también fueron extinguidas. Tras la Segunda Guerra, Europa retomó la senda perdida y fortaleció sus democracias con la variedad del pensamiento político que va desde el eurocomunismo y la socialdemocracia hasta el conservadurismo democrático y el liberalismo político, y en donde las palabras “políticas de Estado, planificación, o liberalismo” no fueron consideradas de origen satánico.

La actualidad política de la República Argentina, me recuerda que los hechos de la historia universal pueden recrearse en menor escala en nuestro suelo y en nuestras vidas con claros episodios de similitud. Hablar de neoliberalismo y capitalismo -como si se tratara de una nueva forma de ser liberal y por lo tanto una nueva forma de adoración diabólica- resultará un pecado capital y perverso o por lo menos una idea ramplona, a partir de la década del cincuenta, del setenta y por supuesto, de los últimos tiempos regidos por el kirchnerismo. La concepción clásica de república, la división de poderes, la publicidad de actos de gobierno, la libertad de expresión y de prensa, la rendición de cuentas, y el respeto por los derechos individuales iniciados en la Constitución de 1853 se fueron sustituyendo por otras categorías, tales como la unidad de conducción, el sometimiento de los poderes legislativo y judicial a la voluntad del líder, el secreto de los actos de gobierno como prerrogativa exclusiva del jefe de Estado, la corrupción generalizada, el sometimiento de la prensa y la prioridad de los derechos colectivos sobre los individuales. Todos ejemplos de que estamos nuevamente frente a un monoteísmo político en la Argentina, o por lo menos a las puertas de su reincidencia.

Habrá que esperar que algún día pase la hora de las hordas, a que pase el Papa Francisco, -que en la similitud representa al Papa Melquíades del siglo IV- y a que pasen, por una cuestión de envejecimiento natural, los líderes de este monoteísmo político criollo. Habrá que mantener la esperanza viva de que algún día, renazca la república y se recuperen los axiomas del pensamiento libre, del pensamiento clásico.

LAS MAS LEIDAS